Creo en Jesuscristo, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos

Vicente SeguraMons. Vicente Juan Segura     Proseguimos con las reflexiones sobre el Credo que estamos haciendo con motivo del Año de la Fe, y mes tras mes, os voy proponiendo los artículos de nuestra fórmula de fe para que conociéndolos mejor los valoremos más, los respetemos y asumamos y, como apóstoles del siglo XXI los transmitamos, con la palabra y sobre todo con la vida, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pues la nueva evangelización es el mayor y más grande servicio que se puede prestar al mundo, el más necesario y el que mejores frutos dará, inspirando todos los demás servicios.

El mes pasado os proponía la reflexión acerca de la ascensión de Jesucristo a los cielos. Allí, así como en la Iglesia, está ahora Jesús y en el Credo proclamamos que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. El Juicio Final es una verdad de fe expresamente contenida en la Sagrada Escritura y definida por la Iglesia de una manera explícita. Por ello cada vez que rezamos el Credo recordamos este artículo de fe cristiana: “(Jesucristo) vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su Reino no tendrá fin”.

En el Nuevo Testamento destacan, sobretodo, las referencias a ello en el Evangelio de San Mateo, cap. 24 y 24, el Evangelio de San Marcos, cap. 134, el Evangelio de San Lucas, cap. 17 y 21, y el Apocalipsis, además de las cartas paulinas.

San Pablo, en la Carta a los Romanos nos dice que “Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de vivos y muertos” (14,9). Jesucristo es Señor: es el Señor, porque posee la plenitud del poder en los cielos y sobre la tierra. Es el poder real “por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación… Bajo sus pies sometió todas las cosas” (Ef 1, 21-22). Como Señor, Cristo es la Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. Está claro lo que afirma el libro de los Hechos de los Apóstoles cuando nos dicen que Cristo “se ha adquirido” la Iglesia “con su sangre” (Hch 20, 28,)

Es verdad que Cristo siempre ha sido el “Señor”, desde el primer momento de la encarnación, como Hijo de Dios consubstancial al Padre, hecho hambre por nosotros. Pero sin duda ese señorío se ha manifestado plenamente por el hecho de haberse humillado, cuando ‘se despojó de si mismo’ haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Cf. Flp 2, 8). Exaltado, elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así toda su misión, permanece en el Cuerpo de su Iglesia sobre la tierra por medio de la redención operada en cada uno y en toda la sociedad por obra del Espíritu Santo. La redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia, como leemos en la Carta a los Efesios: “Él mismo ‘dió’ a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo… a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4, 11-13).

Siendo Señor ese señorío se extiende a la vida eterna. A Él pertenece el juicio último, del que habla el Evangelio de Mateo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria… Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre. Recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’” (Mt 25, 31. 34). Ante esas palabras de Jesús nos podemos preguntar: ¿Quién se salvará? Y la respuesta es clara: Aquél que tiene fe en Jesucristo, como nos dice el Evangelio. Pero tener fe en Jesucristo no significa solamente creer en El, sino que es indispensable vivir de acuerdo a esa fe; es decir, siguiendo a Cristo en hacer la Voluntad del Padre. Como decía el Beato Juan Pablo II para los que así hayan obrado, no habrá condenación. “Sólo quien haya rechazado la salvación ofrecida por Dios con su misericordia ilimitada, se encontrará condenado, porque se habrá condenado a sí mismo”. (7-7-99).

El derecho pleno de juzgar definitivamente las obras dé los hombres y las conciencias humanas pertenece a Cristo en cuanto Redentor del mundo. El, en efecto, adquirió este derecho mediante la cruz. Por eso el Padre “todo juicio lo ha entregado al Hijo” (Jn 5, 22). Sin embargo el Hijo no ha venido sobre todo para juzgar, sino para saldar. Para otorgar la vida divina que está en Él. “Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre” (Jn 5, 26-27).

Un poder, por tanto, que coincide con la misericordia que fluye en su corazón desde el seno del Padre, del que procede el Hijo y se hace hombre “propter nos homines et propter nostram salutem”. Cristo crucificado y resucitado, Cristo que “subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Cristo que es, por tanto, el Señor de la vida eterna, se eleva sobre el mundo y sobre la historia como un signo de amor infinito rodeado de gloria, pero deseoso de recibir de cada hombre una respuesta de amor para darles la vida eterna.

Os invito, queridos hijos de la diócesis de Ibiza, a proseguir con la lectura y reflexión de este artículo de fe recurriendo al Catecismo de la Iglesia católica. En este caso, son los números 668 a 682, de modo que puedan ser un buen y válido instrumento para conocer mejor lo que creemos y, en este mes, el señorío total de Jesucristo y el juicio que un día, lleno de misericordia y de verdad, de justicia y amor, nos hará.

Reflexión y estudio de la doctrina católica, oración y, después, apostolado. Que prosigamos así nuestra actividad en este Año de la fe.

Con mi bendición y afecto,

+Vicente Juan Segura,

Obispo de Ibiza

Mons. Vicente Juan Segura
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Nació el 22 de mayo de 1955 en Tabernes de Valldigna (Valencia) Realizó los estudios eclesiásticos en el seminario de Valencia y en el Real Colegio Seminario de Corpus Christi. Fue ordenado sacerdote el 24 de octubre de 1981. Es doctor en Derecho canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, en Roma (1988), y doctor en Derecho Civil por la Universidad de Valencia (1989). Realizó los estudios diplomáticos en la Pontificia Academia Eclesiástica de 1985 a 1988 e ingresó el 1 de Julio de 1988 en el Servicio Diplomático de la Santa Sede. Ha desempeñado, entre otros, los siguientes cargos: 1981-1985: Vicario Parroquial en San Antonio Abad, de Cullera, Archidiócesis de Valencia. 1988-1990: Secretario de la Nunciatura Apostólica de costa Rica; 1990-1991: Secretario de la Nunciatura Apostólica en Marruecos; 1991-1994: Secretario de la Nunciatura Apostólica en Mozambique; 1994: Consejero de Nunciatura; jefe de la sección de lengua española de la secretaria de Estado de Su Santidad. En los últimos años se ha desempeñado también como cooperador parroquial en la Parroquia de San Melchiade en Roma y Capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. El 22 de enero, la Santa Sede hizo público que el Papa Juan Pablo II le había nombrado Obispo de Ibiza. Fue ordenado Obispo y tomo posesión de la Diócesis el 14 de mayo de 2005.