Los misioneros capuchinos prosiguen las actuaciones iniciadas por Monseñor Labaka con los indígenas en la Amazonía

images (7)El año pasado se cumplieron 25 años de la muerte de Monseñor Alejandro Labaka y la religiosa Inés Arango lanceados en la selva amazónica ecuatoriana. Los misioneros capuchinos Fídel Aizpurua y José Miguel Goldaraz ofrecieron una charla en la diócesis de Bilbao recordando la labor que realizó Labaka a favor de los derechos de los indígenas. Les acompañó, Xabier Parra, responsable de los proyectos de colaboración de los capuchinos.

-¿Cómo te embarcaste en la misión capuchina siendo laico?

– Soy navarro. Mi familia siempre ha estado muy cerca de los frailes. Mis primeros recuerdos tienen que ver con la historia de la muerte de Alejandro Labaka. Tuve diversas experiencias de voluntariado que corroboraron mi idea de hacer algo diferente. Estudié sociología y empecé a opositar, pero no me encontraba a gusto. Me fui a la Amazonía para un año y me quedé casi cinco.

-¿Qué encontraste en la selva para que te enganchara?

– Me había informado de las características de mi destino y por eso, mi primer contacto con Coca fue el que más o menos esperaba. Es un lugar que ha crecido desordenadamente, sin ninguna planificación. Parece más un campo petrolero que una ciudad. Viví allí realizando proyectos del vicariato de la pastoral de minorías, que es una de las líneas que con más fuerza impulsó Alejandro Labaka. Me quedé porque era lo que realidad me gustaba.

-¿Se recuerda a Alejandro Labaka entre la población indígena?

-Una gran mayoría de los Huaorani son menores de 18 años por lo que han conocido su labor gracias a la tradición oral. Sin embargo, en la provincia de Orellana, perduran aún varios proyectos iniciados por él. Por ejemplo, se vedó una porción de territorio a la entrada de petróleo y hoy en día es una reserva para los indígenas aislados. Queda el legado de sus escritos, que hablaban de planificar la política estatal para que los pueblos indígenas pudieran desarrollarse igual que los demás habitantes. En el vicariato ha quedado una mística y una forma de trabajar especial que ha ido dando sus frutos tras la muerte de Alejandro.

-¿Ha cambiado la situación para la población autóctona?

-Viven una realidad compleja que cabalga entre una vida ancestral o más relacionada con la naturaleza y otra, ligada a una sociedad que se les ha impuesto. No se les ha dejado decidir. Alejandro siempre reivindicaba sus derechos por encima de los intereses de las petroleras.

-¿Siguen con las prosprecciones?

– Sí, en la zona baja. Hace dos semanas hubo un derrame de petróleo al río. Unos 500 kilómetros. están contaminados y una provincia entera está sin agua. Estas situaciones generan muchas tensiones entre los grupos aislados. Hace poco hubo una matanza entre ellos. Se quieren imponer unas reglas culturales y una realidad sin haber dado una cultura de paz al pueblo.

Ahora trabajo en Madrid como encargado de la organización de los proyectos sociales como el de los Huaorani.

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