LA ALEGRÍA DE LA FE: El Espíritu Santo (3)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez   Si el Espíritu creador se manifiesta ante todo en la grandeza silenciosa del universo, y en su estructura inteligente, resulta que la fe, además de esto, nos dice algo inesperado: que este Espíritu también habla, por así decirlo, con palabras humanas; ha entrado en la historia y, como fuerza que actúa en la historia y la forja, es también un Espíritu que habla; más aún, es la Palabra que sale a nuestro encuentro en los escritos del Antiguo y el Nuevo Testamento. San Ambrosio, en una de sus cartas (Ep. 49,3), explica lo que significa esto para nosotros: “También ahora, mientras leo las divinas Escrituras, Dios pasea por el paraíso”. 

De manera que, al leer la Escritura, podemos también hoy andar en el jardín del paraíso y encontrarnos con Dios que pasea por allí. El tema del Espíritu Santo, que fue tratado en el Sínodo dedicado a la Palabra de Dios, y el contenido de la JMJ Sydney 2008, dedicado al Espíritu Santo, sin duda han sido bien estudiados y rezados por la Iglesia universal en estos años últimos. Ahora quisiera que también los lectores de PADRE NUESTRO aprendieran que, al leer la Escritura, Cristo y el Espíritu Santo son inseparables entre sí. “El Señor es el Espíritu”, dice san Pablo en 1 Cor 3,17, que significa no sólo que hay unidad trinitaria entre el Hijo y el Espíritu Santo, sino que cuando nuestro Dios ha querido salvarnos a los hombres y mujeres han ido “de la mano” el Hijo de Dios y el Santo Espíritu. Entendemos que un padre de la Iglesia haya dicho que el Hijo y el Espíritu son como las dos manos de Dios Padre.
 

Por eso una vez que la pasión y la resurrección de Cristo han sucedido, esto es, el misterio pascual, se han rasgado los velos del sentido meramente literal de las palabras de la Escritura y nos damos cuenta de la presencia del Dios que está hablando. Al leer la Biblia, pues, aprendemos a escuchar en las palabras humanas la voz del Espíritu Santo y descubrimos la unidad que hay en ella. Piensen ahora, para comprender mejor lo que hemos expuesto, ese relato del evangelio de san Juan (20,19-23) que describe la primera aparición del Resucitado ante los discípulos: el Señor sopla sobre los discípulos y así les infunde el Espíritu Santo. El Espíritu es en realidad el soplo de Cristo. Y del mismo modo que el soplo de Dios en la mañana de la creación transformó el polvo de la tierra en el hombre viviente, así el soplo de Cristo nos acoge en la comunión con el Hijo, y nos hace nueva creación. Por eso, es el Espíritu Santo quien nos hace decir, juntamente con el Hijo: “Abbá, Padre” (cf. Jn 20,22; Rom 8,15).
 

Pero hay más. Hay una espontánea conexión entre el Espíritu y la Iglesia. Si ustedes leen 1 Cor 12 y Rm 12, verán cómo el Apóstol se refiere a la Iglesia como Cuerpo de Cristo y precisamente así como organismo del Espíritu Santo, en el que sus dones funden a los que formamos la Iglesia en una unidad viva. El Espíritu Santo es el Espíritu del Cuerpo de Cristo. Y en el conjunto de este Cuerpo encontramos cada uno de los cristianos nuestra tarea, y vivimos los unos para los otros y los unos en dependencia de los otros, viviendo en profundidad de Aquel que vivió y sufrió por todos nosotros y que, mediante su Espíritu, nos atrae a sí en la unidad de los hijos de Dios.
 

Para aquellos que tal vez en ocasiones sientan que no comprenden del todo quién y qué es la Iglesia, por fijarse en exceso en lo externo o más en la organización jerárquica o por otras causas, yo les recordaría la pregunta que hacía san Agustín, cuando comenta el evangelio de san Juan: “¿Quieres vivir también tú del Espíritu de Cristo? Entonces, permanece en el Cuerpo de Cristo”. Esto es, permanecer en el Cuerpo de Cristo es vivir la Iglesia desde dentro, y de este modo las cosas de ven de otra manera. Pero no porque a uno le hayan “comido el coco”, sino porque sólo desde dentro de la familia se entienden mejor las cosas que allí pasan, e incluso cualquier crítica se hará de modo más objetivo, con más amor y efectividad, porque el Espíritu de Cristo nos da el sentir de Dios.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.