La Iglesia ante la crisis (V)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    Dentro de todo el contexto en el que venimos desarrollando los aspectos fundamentales de la crisis, y teniendo en cuenta el título general que he dado a estas reflexiones, La Iglesia ante la crisis, hoy voy a hablar acerca del trabajo que hace la Iglesia en favor de la cohesión social.

Para empezar, es preciso hacer hincapié en la concepción que la Iglesia ofrece sobre el hombre y sobre la sociedad, y así podremos comprender en alguna medida la situación a la que nos hemos visto abocados. 

La contribución eclesial es muy importante para la vida moral de la sociedad. Siempre lo ha sido. Por otra parte, está muy presente en todas las esferas sociales, lo que la hace una colaboradora de primer orden en la consecución del bien común.

Es evidente que ante el repliegue de las políticas sociales, y dada su presencia, la Iglesia Católica debe valorar cuál es su papel y su labor de suplencia, de forma que pueda mantener la libertad e independencia en su relación con las distintas administraciones y con los concretos poderes públicos. Quiero recalcar en concreto lo que sucede con el campo educativo, un sector absolutamente básico para la obtención de una buena cohesión social: la Iglesia está presente hasta tal punto que ahorra cada año al Estado la no desdeñable cantidad de 4.500 millones de euros.

La contribución más importante, sin embargo, de la Iglesia es el discernimiento moral que ofrece, junto con el regalo inestimable de la fe, para la construcción de una sociedad viva y esperanzada. Y por si fuera poco, lleva a cabo una labor de promoción humana en todas las dimensiones, meta que comparte con toda la sociedad.

Los obispos, con la reciente Declaración “Ante la crisis, solidaridad”, nos hemos referido a la coyuntura actual, y hemos dicho que “tememos que la crisis o, al menos sus efectos, no ha tocado fondo todavía”. También reconocemos el gran esfuerzo que muchas personas están haciendo en medio de las dificultades, y hemos pedido a las autoridades que velen “porque los costes de la crisis no recaigan sobre los más débiles”. Asimismo, hemos señalado que “tampoco se oculta a nadie que la tensión social crece y que determinadas propuestas políticas han venido a añadir elementos de preocupación en momentos ya de por sí difíciles”. Y añadimos que “la caridad se expresa de muchos modos respecto del prójimo, porque abarca todas las dimensiones de la vida: la personal, la familiar, la social y la política, y pone el acento en que uno de los aspectos más dolorosos y preocupantes de la actual situación es la forma en la que los jóvenes están sufriendo de un modo muy intenso los efectos de la crisis y se están viendo afectados por la falta de trabajo en porcentajes difíciles de soportar”.

Y por si fuera poco todo lo dicho, añadimos, al referirnos a la caridad que afecta a las relaciones políticas que tienen que ver con el desencanto social: “el malestar social y político debería ser para todos un reclamo a la búsqueda sincera del bien común y al trabajo por construirlo entre todos. Este malestar no debería ser alimentado como excusa para la promoción de ningún interés político o económico particular, a costa del interés general, tratando de aprovechar en beneficio propio el descontento o el sufrimiento de muchos.

Los obispos hemos dicho en numerosas ocasiones que en la vida social española se están dando notables carencias morales, y ello aún con los indudables adelantos técnicos y económicos que hemos experimentado. Hay notables deficiencias éticas. Han llamado poderosamente la atención en la opinión pública algunos aspectos que incidían directamente en el deseo excesivo por poseer bienes materiales sin una equitativa y proporcionada consideración del bien común. Hemos estirado, como vulgarmente se dice, el brazo más que la manga, y encima sin ningún remordimiento de nuestra conciencia social.

Un juicio ponderado de la situación destaca forzosamente estas faltas a las que aludo como verdaderos motivos que han agravado – siguen agravando –la crisis y que han hecho propiciado que España sea más sensible que otras naciones. Es preciso recuperar un diálogo realmente ético que revele las carencias morales de nuestra convivencia.

Termino con una afirmación que me parece sustancial: si los principios éticos que sostienen el proceso democrático se rigen solamente por un mero consenso social, siempre de escasa solidez, adolecerán de una gran fragilidad, formidable desafío para nuestra democracia todavía muy joven.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.