Al tercer día resucitó de entre los muertos (II)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco  Pérez    Vivir la realidad de la Pascua es mucho más profundo que el alborozo del corazón expresado en tantos y tan hermosos signos. Es ante todo proclamar, anunciar a todo el mundo nuestra gran noticia: ¡Cristo vive! La gente necesita oír este anuncio. Anunciemos sin miedos ni reservas que hemos experimentado en nuestras vidas que Cristo está en medio de nosotros resucitado.

Nuestro anuncio es eficaz cuando va más allá de las palabras y se ve plasmado en una nueva forma de vivir, que la liturgia resume en la expresión: “celebremos la Pascua con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad”. Nos lo explica San Pablo cuando dice: “Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos”.

El que anuncia algo tiene que estar seguro para que su comunicación tenga fuerza convincente. Tiene que ser un convencido total de lo que afirma. Como lo fueron las mujeres que oyeron al ángel: “No está aquí ha resucitado” e inmediatamente lo comunicaron y llevaron a los Apóstoles hasta el sepulcro vacío. Allí Pedro y Juan entraron en el sepulcro, vieron, creyeron y dieron un testimonio que nadie pudo callar.

También nosotros ahora anunciamos a Cristo en nuestro mundo con toda la fuerza de convicción que podemos. La experiencia del encuentro de los discípulos con Jesús vivo tras la muerte y fue tan impactante e inaudita que fue la base de una adhesión y “parresía” (testimonio valiente hasta la muerte) incontenible. Lo mismo sigue sucediendo ahora, los que experimentan en su vida un encuentro personal con Jesús quedan convertidos y convencidos para siempre. El mayor y mejor argumento es nuestra vida de acuerdo con la vida de Jesús. Es una vida de esperanza segura, de paz, de alegría y de amor a todos.

A Jesús “se le ve” haciendo camino con Él, viviendo su estilo de vida. La vida de Jesucristo resucitado bulle en quien medita y contempla y se siente transformado. Esta abundancia de vida no se puede quedar encerrada. Necesita comunicarse, expandirse, y por eso se manifiesta en un amor servicial. En efecto, el testimonio de amor de los cristianos es el gran argumento de la resurrección. Esta nueva vida invade y vivifica todas las estructuras sociales en las que actúa el creyente.

La resurrección se sitúa en lugares concretos manifestándose en formas de ser, estar y actuar en la familia, en el trabajo, en las instituciones, en los compromisos sociales y políticos, en la calle, en la diversión y el tiempo libre. San Pablo nos invita a vivir en todos los ambientes como resucitados.“Buscad los bienes de allá arriba donde está Cristo… aspirad a los bienes de arriba no a los de la tierra” (Col 3, 1-4).

El Papa Francisco retomando las catequesis del Año de la Fe animaba a todos en la Pascua de Resurrección (03.04.13): “La resurrección de Cristo… nos lleva a vivir con más confianza la realidad cotidiana, a afrontarla con coraje y compromiso. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena sus corazones no se puede contener”. Esto debería suceder también en nuestra vida… ¡Tenemos el coraje de “salir” para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra certeza más grande; ¡es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los otros este tesoro, esta certeza tan bella! Profesemos, anunciemos y vivamos la gran noticia: ¡Cristo vive resucitado, Él es nuestra esperanza!

+ Francisco González Pérez

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).