Apuntes sobre el diálogo

Mons. Francesc Pardo i ArtigasMons. Francesc Pardo i Artigas     Desde hace algún tiempo, ya sea por causa de la crisis económica o por el camino que ha de seguir Cataluña para que su propia identidad sea valorada y reconocida eficazmente; sea por causa de problemas familiares que ahondan la fractura entre esposos; sea porque a algunos les parece un túnel sin salida el diálogo Iglesia-mundo iniciado con el concilio; sea por las dificultades de convivencia entre ciudadanos… oímos repetir con frecuencia que debemos dialogar, que el diálogo es del todo necesario para afrontar la situación que vivimos. 

Todo ello me ha llevado a repasar una carta-encíclica del Papa Pablo VI, publicada durante el Concilio Vaticano II, que lleva por nombre de Ecclesiam suam, en la que expresaba que las relaciones entre la Iglesia y el mundo se han de configurar a través del diálogo. Y el Santo Padre dedicaba una parte de la encíclica a reflexionar sobre las condiciones del diálogo, de todo tipo de diálogo, no solo desde la relación Iglesia-mundo, sino en todos los ámbitos de la convivencia social. 

Puede que debido a releer la reflexiones del Papa Pablo VI –que también aparecen recogidas en la constitución conciliar Gaudium et Spes, del Vaticano II- y pensando en el momento actual, me atrevo a recordar estas condiciones necesarias para todo buen diálogo. 

–         Esfuerzo de simpatía y comprensión.

Para que se produzca un diálogo es del todo imprescindible realizar un esfuerzo de comprensión y simpatía respecto a la otra persona. Debe entenderse “simpatía” en el sentido etimológico del término, (del griego sympàtheia = comunidad de sentimientos). Concretamente se trata de poner entre paréntesis nuestra forma habitual de ver los problemas, las personas, las situaciones e intentar verlos a través de los ojos de nuestro interlocutor.

Ello requiere conocer de alguna forma la historia y las razones de aquel o aquellos con los que queremos dialogar.

A tener en cuenta que aquí la “simpatía” no debe confundirse con un sentimiento de atracción o de “caernos bien”, sino que se trata de un esfuerzo de comprensión. 

–         Actitud sincera de búsqueda.

Quien está completamente satisfecho y seguro de las respuestas que ha dado a los problemas; quien está seguro de si mismo, de sus planteamientos y soluciones; quien cree que él personalmente nunca se equivoca, incluso en la interpretación de la voluntad de aquel que se presentó como “la verdad” –lo digo refiriéndome a los creyentes-, podrá enseñar, dictar, ordenar… pero no podrá dialogar. 

–         Actitud de reciprocidad.

El diálogo se caracteriza por un clima de reciprocidad, que significa que ambos interlocutores se sitúan a un mismo nivel. Todos están llamados a dar y a recibir, a aprender y a enseñar. Para expresarlo gráficamente, el diálogo no se realiza al entorno de la cátedra docente, sino alrededor de una mesa redonda.

Es lógico pues, que al inicio, cada uno de los interlocutores esté seguro de su propia posición o solución. De no ser así el diálogo sería innecesario, ya que únicamente podemos dialogar desde la convicción de la propia identidad y postura. Pero ello no impide la reciprocidad o igualdad, ya que la condición de superioridad de la propia postura está en ambas partes, y cada una entiende que así lo piensa y  vive la otra. 

–         Necesidad de una plena sinceridad

Aquí por sinceridad debe entenderse que, antes de manifestar “la propia verdad”, es necesaria una disposición a “aceptarla”, a buscarla.

Puede suceder que por medio del diálogo se nos descubran elementos que pongan en cuestión nuestras convicciones o las del grupo al que pertenecen. Es necesaria una sincera disposición a criticar las “pretendidas propias certezas”, si éstas dejan de serlo en el transcurso del diálogo.

Queda por afirmar una convicción: de ninguna forma el diálogo lleva a un relativismo, del “todo es igual” o de “la verdad de la mayoría o de la moda”. Antes al contrario. 

Toda esta reflexión me ha llevado a fijarme nuevamente en los diálogos de Jesús que figuran en el Evangelio. Verdaderamente son un referente para todos nosotros. 

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.