«La Virgen de la Soledad, por su maternidad sobre los pobres, bien merece esta corona con que hoy se la embellece»

Mérida-Badajoz Virgen de la SoledadHomilía de Monseñor Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia, en la Eucaristía de Coronación de la Virgen de la Soledad, patrona de Badajoz

Sábado, 8 de junio de 2013

Una Reina para la que reinar es amar y servir

1. Hemos sido convocados a rendirle un homenaje de fe y de amor a la Virgen de la Soledad, Madre y Patrona de la ciudad de Badajoz. Se pone hoy de manifiesto una entrañable historia de piedad mariana que desde hace más de 350 años se ha ido siempre acrecentado. En realidad, una coronación canónica sólo puede hacerse cuando está garantizada una sólida y arraigada devoción a una imagen y advocación de la Virgen. Y en eso, la ciudad de Badajoz cumple a la perfección con su Patrona. De todos es sabido que la devoción a la Soledad en esta ciudad se manifiesta por el paso orante, discreto, constante y siempre muy numeroso de los devotos que a diario acuden a su ermita.

2. Esto demuestra que, si bien los primeros que la veneraron le pusieron por nombre Soledad y así le llamamos todos desde entonces, desde que vive en Badajoz esta bella y bendita imagen no debería llevar ese nombre, pues, como muy bien se dice en su novena: ella está siempre acompañada “por la asistencia y continuada corte que le hacen sus tiernos devotos”. Soledad es una bella y profunda advocación. María es soledad cuando guarda en su corazón todas las señales que Dios le va dando sobre la razón de su vida y el sentido de su misión. “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). Se puede decir que la soledad de María siempre será una soledad aparente: su soledad siempre estará habitada por el amor de Dios y, entre los pacenses, siempre será una soledad acompañada.

3. Esta entrañable relación entre Badajoz y su Patrona, nos permite hacer este acto de coronación que, en su más profundo sentido espiritual y teológico, pertenece a la más auténtica tradición de la Iglesia, que siempre consideró a María como Reina. Porque, ¿quién corona realmente a la Virgen de la Soledad? Aunque todo tenga una visualización muy humana, y todo haya sido preparado y ejecutado por el esmero de tantos devotos, aunque todo lo hagamos con nuestras propias manos y poniendo lo mejor de nosotros mismos para que lo que aquí suceda sea digno de nuestra Madre y patrona la Virgen de la Soledad, y aunque todo esté por nuestra parte cargado de un amor inmenso hacia ella, en realidad lo que nosotros hacemos sólo está evocando lo que ya hizo el mismo Dios con María.

4. Se puede muy bien decir que lo que hoy hacemos nosotros adquiere todo su valor sólo si lo asociamos a la mano de Dios que corona a María y la hace compartir la realeza de Cristo Resucitado. “Una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas bajo su cabeza” (Ap 12,1). Es el mismo Dios quien diseña la realeza de María, que evidentemente está adornada con la corona de su Hijo. Una corona, eso sí, que muestra a un Rey y a una Reina para los que reinar es amar y servir en el Reino de la paz, de la justicia y del amor. En efecto, todo en este rito de coronación de la Virgen de la Soledad nos tiene que hacer caer en la cuenta de que su realeza es inseparable de los méritos alcanzados por su Hijo en el camino de su encarnación redentora, que tiene su culmen en el misterio de su muerte y de su resurrección. La fe de la Iglesia, en efecto, confiesa que la Virgen María recorre como madre y discípula el camino de Jesucristo hasta participar en su gloria en cuerpo y alma. Y es en la gloria de Dios donde los dones y privilegios de María lucen en toda su belleza. Como afirma el Concilio Vaticano II: “La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59).

5. Pues bien, saber que son las manos de Dios las que coronan a María, no le resta valor a lo que nosotros hacemos, al contrario, eleva nuestras acciones con un brillo singular: hace que los gestos que hoy nosotros estamos teniendo con la Soledad Coronada tengan un precioso toque divino. La corona que hoy le ponemos a la bendita imagen de la Virgen de la Soledad es un reflejo de los adornos que María recibe de Dios como Reina y Señora de todo lo creado: es Madre del Hijo de Dios y Rey mesiánico, colaboradora augusta del Redentor, Perfecta discípula de Cristo y miembro supereminente de la Iglesia.

6. Ante tanta belleza y tanto amor como María recibe de Dios y hoy lo recibe de todos nosotros, bien podríamos preguntarnos qué puede estar sintiendo ella en su corazón hacia su Padre Dios y hacia nosotros, sus hijos. Hay quien ha dicho que el Magnificat que un día entonó la Virgen es un canto celestial que se escucha con gozo y gratitud en la tierra. Pues bien, nosotros lo estamos escuchando hoy en esta plaza. Nosotros podemos evocar, actualizar, e incluso cantar con María el canto en el que abre su corazón y pone al descubierto toda la belleza de su alma humilde, la belleza que recibe de la grandeza de Dios. Ella es reina porque es humilde y sierva. “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. El Magnificat es el canto que suena hoy en el corazón de la Virgen de la Soledad al acoger este gesto de amor y devoción que la ciudad de Badajoz le está tributando y en el que se cumplen estas palabras suyas: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”. Pero también, y para nosotros, María sitúa su canto, por todo lo que le está sucediendo esta tarde, en el corazón misericordioso de Dios. “Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. Por eso los ojos de María tienen hoy para nosotros el color de la misericordia divina. “Esos tus ojos misericordiosos”.

7. Es así como la corona que le ofrecemos a la Virgen de la Soledad se convierte en un don de Dios para nosotros. Como vamos a decir en el rito de coronación, ella es “abogada de gracia y reina de misericordia”. Esta convicción nos da confianza para que, al poner la corona sobre su cabeza, pongamos al mismo tiempo en su corazón nuestras necesidades más profundas. Aunque hayamos venido hasta aquí cargados de problemas, al contemplar a la Virgen de la Soledad Coronada, nuestra primera petición bien podría ser ésta: que nos ayude a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo (Pf 2). Este es el deseo que compartimos todos los católicos en el Año de la fe. Y haremos muy bien, desde luego, si lo ponemos ante la Virgen de la Soledad, ya que ella es la madre de la gran familia de la Iglesia.

8. Pero, tras esta petición esencial para nuestra vida cristiana, no dejemos de exponerle todas aquellas necesidades que le traemos en esta tarde de su coronación. Como ha dicho hace pocos días el Papa Francisco, con unas bellas y sencillas palabras que le convierten en el párroco del mundo: “es muy lindo pensar de la Virgen nuestra madre que siempre va rápidamente a ayudar a quien la necesita. Por eso sería bello agregar a las letanías de la Virgen una que diga así: Señora que vienes rápidamente, ruega por nosotros.

9. Esta prontitud de la Virgen se ha entendido siempre muy bien en esta ciudad. Cuando al comienzo de mi homilía he hablado de la entrañable relación de Badajoz con la Virgen de la Soledad ya pensaba que el trasiego devocional de los pacenses hacia su ermita procede muy especialmente de las barriadas. Se puede decir que, si bien no le falta nunca el cariño de todos los pacenses, la Soledad es la madre querida de la periferia, la madre de los barrios de Badajoz. Esto es todo un símbolo y, a su vez, es una inmensa responsabilidad. Recuerdo que hace unos años le escuché a nuestro Arzobispo emérito, predicando un día de San Juan en la catedral, que Badajoz tenía en sus barriadas “una corona de espinas”. Lo decía entonces refiriéndose a algunos problemas y a las muchas necesidades concretas de aquellos momentos. Hoy, sin duda, estos problemas han sido sustituidos por otros, y se han agravado por la fuerte crisis en la que estamos envueltos, como lo acaba de poner de relieve un informe del Arzobispado, que apunta al paro, a las bajas rentas familiares, a dificultades con la vivienda, al fracaso escolar, a la precariedad de los inmigrantes y al empobrecimiento social, como las espinas que hoy Badajoz comparte con la sociedad extremeña.

La Virgen de la Soledad, lo sabéis muy bien los pacenses, es la mejor testigo de esas espinas, la que más ha sufrido en su corazón el ruego dolorido de tantas necesidades materiales y espirituales. Por eso ella en los últimos años se ha acercado a las barriadas de Badajoz para llevarles su consuelo de madre. Por su maternidad sobre los pobres bien merece esta corona con que hoy se la embellece, y que está elaborada con el amor de todos los pacenses. Sólo el amor transforma la corona de espinas en corona de vida en dignidad ante Dios y ante los hombres. Así sucedió con Cristo y lo mismo con su Madre. Colaboremos cada uno de nosotros en esta eficacia salvadora del amor.

10. Cuando sea coronada la Virgen de la Soledad nos va a decir a todos: “vosotros sois mi corona”. Esto nos ha de hacer conscientes de que no hay mejor sintonía con la Madre que el seguimiento de su Hijo. “Haced lo que él os diga” es la contraseña que María tiene para los que buscan a Jesús. Y nosotros haríamos muy bien si la interpretáramos dándole este diseño a nuestra existencia cristiana: vivir cada día en la confesión de que Jesús es el Señor; entrar en relación personal con Jesucristo en la oración, en los sacramentos y en especial en la participación en la Eucaristía dominical; abrirse al Evangelio, para que impregne con sus valores nuestra vida personal y social; hacer de la caridad el emblema de nuestras actitudes y acciones; trabajar por la justicia del Reino de Dios allí donde haya desigualdades; estar abiertos al seguimiento de Jesucristo por aquellos caminos que él nos vaya proponiendo para ser santos; y ser siempre testigos de la fe en medio del mundo con palabras y con obras.

11. Queridos pacenses: permitidme que os diga en nombre de vuestro obispo: cuidad con esmero la devoción a la Virgen de la Soledad. De un modo especial, les recuerdo a las familias de Badajoz que tienen la preciosa misión de fomentar el amor a la Patrona en el corazón de los niños y de los jóvenes. Si desde los hogares pacenses se asegura la devoción a la Virgen, se asegura la posibilidad más sólida del futuro de la fe en esta ciudad. Y, con la fe, nunca le faltarán los demás bienes esenciales. Que la Virgen de la Soledad Coronada nos proteja siempre. AMEN.

+ Monseñor Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia

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