LA ALEGRÍA DE LA FE: El Espirírito Santo (2)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez   Del Espíritu Santo el Credo dice que es “Señor y dador de vida”. Dominum et vivificantem es una de las encíclicas de Juan Pablo II, en su largo y rico magisterio papal, dedicada al Espíritu Santo. Ahí pueden encontrar los católicos enseñanzas muy válidas sobre el Espíritu Santo creador. Yo me centraré en algún aspecto me parece que importante en este momento de la vida de la Iglesia. Ante todo está la afirmación que encontramos ya en el relato de la creación en el libro del Génesis. Allí se habla del Espíritu creador que aletea sobre las aguas, crea el mundo y lo renueva sin cesar.

La fe en este Espíritu creador es un contenido esencial del Credo cristiano. Significa que la materia está llena de espíritu con una estructura, que es el fundamento en el que se apoyan las ciencias modernas de la naturaleza. Nuestro espíritu sólo es capaz de interpretarla y de modificarla activamente porque la materia está estructurada de modo inteligente. El hecho de que esta estructura inteligente procede del mismo Espíritu creador que también a nosotros nos dio el espíritu, implica a la vez una tarea y una responsabilidad con respecto a la tierra, la cual no es simplemente propiedad nuestra, que podemos explotar según nuestros intereses y deseos.

Más bien es un don del Creador, que trazó sus ordenamientos intrínsecos y de ese modo nos dio las señales de orientación a las que debemos atenernos como administradores de su creación. Además, el hecho de que la tierra y el cosmos reflejan el Espíritu creador significa también que sus estructuras racionales llevan en sí igualmente una orientación ética. El Espíritu que las ha plasmado es más que matemáticas, es el Bien en persona, el cual, mediante del lenguaje de la creación, nos señala el camino de la vida eterna.

Pero para el Papa Benedicto XVI, dado que la fe en el Creador es parte esencial del Credo cristiano, la Iglesia no puede y no debe limitarse a transmitir a sus fieles sólo el mensaje de salvación. Tiene una responsabilidad con respecto a la creación y debe cumplir esta responsabilidad también en público. Al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenece a todos, y no es únicamente tarea de los ecologistas. También debe proteger al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es la ecología del ser humano, entendida correctamente. Y cuando la Iglesia habla de la naturaleza del ser humano como hombre y mujer, pide que se respete este orden de la creación, que no es una metafísica superada.

Aquí se trata, de hecho, de la fe en el Creador y de escuchar el lenguaje de la creación, cuyo desprecio sería la autodestrucción de la obra misma de Dios. Y hay que decir muy alto que lo con frecuencia se expresa y se entiende con el término “gender”, género, se reduce en definitiva a la auto-emancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre y la mujer quieren así hacerse por sí solos y disponer siempre y exclusivamente por sí solo de lo que le atañe. Pero hay que saber que de este modo vive contra la verdad de sí mismo, vive contra el Espíritu creador. Y esta conducta no deja de afectar negativamente al ser humano. ¿Saben los católicos lo que esto significa?

Pues que los bosques tropicales merecen nuestra protección, pero también la merece el hombre como criatura, en la que está inscrito un mensaje que no significa contradicción contra nuestra libertad, sino su condición. Por ejemplo, grandes teólogos calificaron el matrimonio, es decir, la unión de un hombre y una mujer para toda la vida, como sacramento de la creación, que el Creador mismo instituyó y que Cristo, sin modificar el mensaje de la creación, acogió después en la historia de la salvación como sacramento de la nueva alianza.

El testimonio, pues, en favor del Espíritu creador presente en la naturaleza en su conjunto y de modo especial en la naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios, forma parte del anuncio que la Iglesia debe transmitir. Es también defender el amor contra la sexualidad como consumo, y el futuro contra la pretensión exclusiva del presente y la naturaleza del hombre contra su manipulación.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.