Al tercer día resucitó entre los muertos (I)

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez     Cristo ha resucitado! Éste es el mayor anuncio y el mejor saludo que podemos hacer. Lo nuevo ya ha comenzado. Cantamos en la Vigilia Pascual: Exulte por fin todo el mundo: los coros de los ángeles, la madre Iglesia, los fieles de todos los rincones de la tierra, el orbe entero. Porque Cristo Resucitado ha vencido a la muerte. Porque se nos ha borrado la deuda del pecado y hemos sido inundados de gracia y agregados a los santos.

Es la fiesta más grande del año litúrgico. Exultan de gozo los cristianos movidos por la fe y el impulso del corazón. No sabemos cómo expresar tanta alegría porque Cristo ha resucitado. La noche de la Vigilia Pascual se convierte en día. Donde hay cristianos se encienden millones de velas en el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado.

El mundo entero se llena de un nuevo resplandor. Los cristianos renovamos la llama de nuestra fe. Y para expresarlo sacamos las mejores galas que tenemos: cantos de gloria y aleluyas, repique de campanas, luces, ornamentos blancos dorados, incienso, cirio pascual, flores, agua bautismal, nuevos óleos.

La Pascua de Resurrección es una fiesta tan grande que necesitaremos cincuenta días para “saborearla” y vivirla en toda su profundidad hasta Pentecostés. Cantamos en nuestras celebraciones con toda la alegría del corazón:“Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya”.

El Domingo de Pascua rezamos en el ofertorio una oración que define los sentimientos de los cristianos en este día: “Rebosantes de gozo pascual, celebramos, Señor, estos sacramentos en los que tan maravillosamente ha renacido y se alimenta tu Iglesia”.

Todos los domingos celebramos la Pascua de Resurrección. El domingo es el día primero de la semana, el más importante, día del encuentro de la comunidad cristiana en la Eucaristía, del descanso, de la familia reunida, día de la caridad, día de fiesta.

Necesitamos celebrar el domingo para recordar, revivir y experimentar, constantemente el acontecimiento que fundamenta nuestro ser cristianos.

Es tan esencial y necesario que ha quedado plasmada para la historia aquella expresión de los mártires de Abitina, en el norte de África, en el siglo IV, que prefirieron morir antes que dejar la celebración dominical exclamando: “Sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir”. La reunión dominical de los cristianos es una ocasión privilegiada de palpar su presencia misteriosa en medio de la comunidad. Jesús resucitado privilegió el domingo para aparecerse a los suyos.

El Apóstol Tomás estuvo un domingo ausente de la comunidad y no tuvo la dicha de ver al Señor. Al domingo siguiente estuvo presente y pudo ver, tocar y dialogar con el Señor Resucitado que le dijo: “no seas incrédulo, sino creyente”, y Tomás respondió con un acto de fe: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Invito a participar, en familia, los domingos en la Eucaristía. Es un buen momento para restañar situaciones difíciles, momento de caridad y amor, momentos de vida y alegría. Ante el secularismo que ha crecido y a pasos agigantados, se necesitan cristianos más firmes en la fe, con mayor testimonio de vida fundamentada en la oración y en los sacramentos y una mayor entrega a las necesidades de nuestra sociedad. Si Cristo ha resucitado nuestra vida ha de estar en sintonía con su Vida.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).