La Eucaristía, tesoro de fe y alimento de esperanza y caridad del pueblo peregrino

Mons. Adolfo MontesMons. Adolfo González    Queridos diocesanos: 

Al llegar la gran fiesta eucarística del Cuerpo y Sangre del Señor, en estos tiempos de crisis social, la caridad de Dios con nosotros proyecta una gran luz sobre el sentido de la vida humana. Ésta adquiere toda su densidad por el amor que Dios nos ha tenido. Los males del mundo no tienen su origen en Dios, sino en nosotros mismos, porque no son los males físicos los que envenenan la convivencia, sino los males morales, cuyo origen está en el desamor. Se nos llena la boca de llamadas a la solidaridad, pero no cesa el egoísmo acaparador de cualesquiera bienes materiales, de los que tantos seres humanos esperan el bienestar y la felicidad definitivos, olvidándose de la amenaza que pende sobre ellos, porque el hombre fenece como la hierba y no sobrevive a los restantes vivientes. 

Después de décadas de bienestar y pasión por la riqueza fácil han llegado los años de la escasez de trabajo y riqueza, años en que están aflorando a conocimiento público corrupción y malversación, acaparamientos indebidos, disfrute minado por ese horrible pecado de omisión que es la falta de solidaridad,  y viciado por la injusticia que dio origen al acumulo frívolo de la riqueza. 

La crisis financiera ha acarreado consigo una crisis social difícil de soportar, ya que son muchas las familias que no sólo han visto disminuir sus ingresos, sino que, al carecer de trabajo sus miembros, se han visto abocadas a la inseguridad más absoluta ante el futuro inmediato. Uno de los resultados más lacerantes de la crisis económica es la falta de trabajo en que se ven más del 56 % de los jóvenes, la mayoría en buscan su primer empleo y otros que lo han perdido después de algún tiempo trabajando. 

En esta situación, algunas instituciones sociales hacen cuanto está en su mano por paliar esta situación, entre ellas  la Iglesia católica, cuya contribución para paliar los efectos más nocivos es reconocida y agradecida por todos. Por eso, al llegar la fiesta eucarística delCorpus Christi, los cristianos la hemos de dejarnos iluminar plenamente por la luz poderosa que dimana de la Custodia irradiando calor de fraterna solidaridad con los necesitados. En verdad, «el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos» (JuanPablo II, Homilía en Sevilla [1993]: Ecclesia 2637/2638, 934). La mesa eucarística se prolonga en la mesa de los que carecen de los bienes que podemos compartir gracias al impulso de amor fraterno que alcanza el corazón de los creyentes en la presencia eucarística del amor divino, misteriosamente revelado en la cruz de Jesús. 

No hay ofrenda posible a Dios sin imitación de la caridad divina de aquel que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20,28). Cuando la Custodia pase por nuestras calles y plazas atrayendo las miradas hacia la belleza de su figura labrada en metales preciosos, Jesús quiere que descubramos tras ellos el rostro del Siervo del Señor que cargó sobre sí nuestras rebeliones y en cuyas cicatrices fuimos curados, y por su obediencia fue exaltado por Dios como modelo y lugar de curación para las heridas del mundo. 

La Eucaristía es el gran tesoro de la fe cristiana que ha inspirado arte y cultura, alimenta fraternidad sincera y sostiene contra toda agresión de los enemigos de la fe al que padece por amor a Jesús la tribulación. Alimento del pueblo peregrino como pan partido y repartido, en ella es el Cuerpo y la Sangre del Redentor del hombre el alimento espiritual que inicia en el ser del hombre la transformación hacia una humanidad nueva y definitiva, la que tiene imagen anticipada en Cristo resucitado. Por esto mismo en la Eucaristía se alimentan las tres virtudes que inspiran todos los valores cristianos: la fe en el misterio del amor de Dios por el hombre, la esperanza en la transformación futura del mundo que sólo Dios puede realizar y, con ambas, en excelencia singular, la caridad que vive de la fe en Dios y todo lo espera de su amor, sin desesperar del hombre.

Con mi afecto y mi bendición. 

Almería, 2 de junio de 2013 

Corpus Christi

+ Adolfo González Montes

 Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.