Solemnidad del Corpus Christi

Mons. Gerardo MelgarMons. Gerardo Melgar    Queridos diocesanos:

En la Solemnidad del Corpus celebramos la presencia real del Señor en medio de nosotros y expresamos nuestra más sincera adoración a Cristo Redentor; además, celebramos el Día de la Caridad porque, como nos dice San juan en su primera Carta, si alguno dice: «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4, 20). El Corpus es un día especialmente propicio para redoblar nuestro reconocimiento de que el Señor es nuestro único Dios, recordando lo dicho por Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mi” (Ex 20, 2-3).

Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo Pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad pues el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante ningún poder terreno por fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento porque en Él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado radicalmente (cfr. Jn 3, 16).

Junto a nuestra manifestación, reconocimiento y adoración al único Señor y Salvador, en este día del Corpus Christi celebramos también el Día de la Caridad. La caridad es el signo y la enseña principales del seguidor de Jesús por la que los demás sabrán que somos discípulos y seguidores de Cristo. El Señor nos dejó como testamento a cumplir el mandato del amor: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros” (Jn 13, 34); además, nos enseñó cómo debía ser nuestro amor a los demás al añadir: “como Yo os he amado, amaos también los unos a los otros” (Jn 13, 34-35).

Cristo es el reflejo perfecto del amor de Dios, tan grande que “entregó a su unigénito para que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga Vida eterna” (Jn 3, 16) y es modelo de cómo debe ser nuestro amor hacia los demás: como Él nos ha amado, hasta entregar nuestra vida por los hermanos. La ley del amor es la ley de la Iglesia fundada por Jesucristo. La Iglesia, como cuerpo de Cristo, debe vivir y predicar el amor a Dios y el amor de Dios porque el amor es el gran servicio que presta la Iglesia al atender constantemente a los sufrimientos y necesidades, incluso materiales, de los hombres.

Para la Iglesia, la caridad no es un ejercicio reservado a unos pocos más capacitados y dedicados a este servicio; ¡no, la caridad es deber de todos y de cada uno de los bautizados porque el amor a Dios y al prójimo son inseparables!. El ejercicio de la caridad es algo a lo ninguno de los que formamos la Iglesia podemos renunciar, es algo irrenunciable porque pertenece a la misma esencia de la Iglesia y del cristiano. Así lo escribió Benedicto XVI en la Encíclica “Deus caritas est” (n. 6): “Todos los fieles tienen el derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó, brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material sino sosiego y cuidado del alma”.

La Eucaristía es la verdadera fuente de la caridad porque en ella “Jesucristo nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. El servicio de la caridad hacia el prójimo consiste en que en Dios y con Dios amo también a la persona que no me agrada y ni siquiera conozco” (n. 10). La caridad que brota de la Eucaristía debe tener una dimensión eclesial, comunitaria, de tal manera que no quede como ejercicio particular sino como colaboración de cada uno en la obra de la Iglesia. La caridad que brota de la Eucaristía y se alimenta en ella nos capacita para atender al prójimo –“cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar” (n. 12)- mirándole con los ojos de Cristo.

La caridad necesita de la fe pues sin ella es imposible descubrir al hermano doliente y necesitado. La caridad exige de todo una verdadera conversión que nos lleve a vencer el egoísmo y el olvido de los demás; pero para que esta conversión sea posible necesitamos ser movidos por la fe. La fe sin la caridad no da fruto y la caridad sin la fe será filantropía pero no verdadera caridad cristiana. Ambas, fe y caridad, se necesitan mutuamente. Tanto el Año de la fe como la celebración del Día de la Caridad y la Misión diocesana (especialmente al contemplar la situación actual de tantas personas y familias necesitadas) deben llevarnos a comprometernos en el ejercicio de la caridad con los necesitados. El clamor de los pobres, de las personas en paro, de familias que no llegan a final de mes, de mayores solos, de enfermosdesahuciados, de tantas y tantas personas que a nuestro lado están sufriendo, etc. reclaman de nosotros un compromiso caritativo serio que les haga sentir el amor y la cercanía de Dios a través de nuestra ayuda fraterna. Desde aquí agradezco de corazón a todos cuantos han sentido en su corazón de creyentes la llamada de las necesidades de los demás y están respondiendo generosamente.

Frente a todos los problemas actuales que van dejando a nuestro lado pobres y necesitados, valoro con orgullo de padre los gestos caritativos que -movidos por la caridad y el amor- han hecho muchos de los sacerdotes de nuestra Diócesis durante estos años aportando su paga extraordinaria o dando un mes de sueldo para el alivio de alguna situación dramática concreta de personas en graves dificultades. Quiero volver a hacer una llamada a la fraternidad, no sólo a los sacerdotes sino a todo el pueblo santo de Dios, para privarnos de algo nuestro que sea significativo con lo que podamos ayudar a los que están necesitados realmente: entregando la paga extra a Cáritas, dando la paga de un mes, ofreciendo la mitad, etc. cada uno según sus posibilidades. No podemos quedarnos tranquilos y mirando para otro lado, sin colaborar, sin tender la mano a los que a nuestro lado están con su mano extendida en busca de nuestra ayuda porque en la mano del hermano reconocemos, por la fe, la mano de Dios y en la ayuda al hermano estamos socorriendo al mismo Dios (cfr. Mt 25).

+ Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.