En la fiesta del Corpus

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    El pan de la vida eterna

Celebramos con gozo la fiesta del Corpus. Es una fiesta que nos invita a profundizar en el amor de Dios, un amor que le ha llevado a quedarse sacramentalmente presente entre nosotros, bajo las especias de Pan y de Vino, hasta el final de los tiempos. Agradezcamos, de entrada, el amor de Aquel que, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” . 

En unión con toda la Iglesia, hoy volvemos nuestros ojos a la Sagrada Eucaristía, hacia ese Jesús que decidió quedarse en el Sagrario para ser nuestro alimento, nuestra fortaleza, para dar sentido a toda nuestra vida. Cuando el sacerdote pronuncia en el altar las palabras de la Consagración, “tomad y comed todos de Él”, tiene lugar el mayor misterio, el mayor milagro que se puede dar entre los hombres. Los elementos del pan y del vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo los signos externos que llamamos las especies sacramentales. La respuesta que se espera de nosotros ante esta maravilla no puede ser otra que la adoración, a la que añadimos todos los detalles de cariño que el amor nos dicte. Y junto con la adoración, un deseo muy grande de comulgar, que es nuestra incorporación a Cristo y a su vida de entrega.

Tanto en la Misa, como cuando miramos la Sagrada Hostia expuesta en la custodia o cuando la adoramos escondida en el Sagrario, reavivamos nuestra fe, pensamos en la nueva vida que Cristo nos ha traído y nos comprometemos a llevar a otras personas a nuestra misma fe y a nuestro mismo amor al Dios hecho Amor en la Eucaristía.

La eucaristía nos lleva a la unidad

Dice el Concilio Vaticano II que “la unidad de los fieles que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico” . La unidad de todo el cuerpo de la Iglesia se realiza porque todos los fieles – clérigos, laicos y religiosos – reciben el mismo pan eucarístico, el mismo Espíritu Santo, la misma vida, la identificación con el mismo Cristo. La Eucaristía hace a la Iglesia, y tan es así que los bautizados, aún esparcidos por todo el mundo, tienen un mismo sentir y un mismo pensar. El cristiano, a través de la Eucaristía, adquiere una conciencia de pertenecer a la Iglesia, de ser Iglesia, que nada ni nadie le puede arrebatar. Lo diré de otro modo: “una espiritualidad verdaderamente eucarística es siempre una espiritualidad de la comunión” .

La Eucaristía nos abre a los hermanos

La presencia sacramental de Jesucristo entre nosotros nos conduce a la mutua ayuda, a pensar en los demás, a estar pendientes de los que nos rodean, especialmente de los más necesitados. Para recibir de verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo hemos de reconocerlo a Él en sus hermanos, los pobres: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” .

La fiesta de hoy nos habla del amor al prójimo que, además de un mandato, es una respuesta y una correspondencia al amor de Dios a los hombres. El amor al prójimo, y sobre todo el amor al prójimo pobre, se perfila como el modo de imitar a Jesucristo que nos amó hasta el extremo, esto es, no nos podía amar ni más ni mejor. A un amor de estas características no le podía faltar el calificativo de fraterno. “¿Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano?”, se preguntará san Juan Crisóstomo. “Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso” .

Ya se ve que el amor al prójimo es la consecuencia de contemplar la Eucaristía desde la visión profunda de la fe: todos constituimos en Cristo un solo Cuerpo Místico, cuya vida procede de Cristo Cabeza y nos hace uno, compartiendo todo lo nuestro.

¡Feliz Fiesta del Corpus Christi! Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella 
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.