A propósito de las Celebraciones Litúrgicas del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña    El viernes inmediatamente posterior al domingo de Corpus Christi celebramos todos los años en la Iglesia la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Y, al día siguiente, la memoria obligatoria del Inmaculado Corazón de María. Este año de 2013, Año de la fe, las referidas celebraciones litúrgicas tienen lugar los días 7 y 8 de junio respectivamente.

La devoción al Corazón Sagrado de Jesús, el Señor, presenta un fundamento y un contenido muy profundos. Y lo mismo hay que decir, aunque en sentido analógico, del Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María.

En su carta – encíclica de 15 de mayo de 1956, Haurietis aquas (cf. AAS 48 (1956) 316-352), el papa Pio XII se preguntaba por qué la Iglesia tributa al corazón del divino Redentor el culto de latría, es decir, el culto de adoración, el mayor y más grande de los cultos, el sólo profesado a Dios. 

En primer lugar, – responde el Papa- porque el corazón de Jesús, como también los restantes miembros de su cuerpo, está unido hipostáticamente a la persona del Verbo de Dios, que es divina. Y, por tanto, se ha de tributar a aquel corazón el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la persona del Hijo de Dios encarnado.

Y, en segundo lugar, porque el corazón de Jesús, más que ningún otro miembro de su cuerpo, es el índice natural o el símbolo de su inmensa caridad hacia el género humano. En efecto, Cristo unió a su persona divina una naturaleza humana indivídua, íntegra y perfecta, concebida en el seno purísimo de la Virgen María por la acción del Espíritu Santo. Nada faltaba, pues, a la naturaleza humana asumida por el Verbo de Dios. Tal naturaleza contenía todos los elementos constitutivos espirituales y corporales, pues se ofrecía dotada de inteligencia, de voluntad libre y de las restantes facultades cognoscitivas internas y externas. Así mismo, se presentaba dotada de las potencias afectivas sensitivas y de sus correspondientes pasiones.

Por consiguiente, si no hay duda alguna de que Jesús poseía un verdadero cuerpo humano, tampoco cabe dudar de que Él estuvo en posesión de un corazón físico, en todo semejante al nuestro, a través del cual y sólo a través del cual la vida humana desarrolla su natural actividad humana afectiva.

Así las cosas, con sobrada razón es considerado el corazón del Verbo Encarnado como índice y símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres. Y, ciertamente, así es, pues este corazón se ofrece, ante todo, como símbolo del divino amor, común a las tres personas divinas, pero que en Él, en cuanto Verbo encarnado,    se manifiesta por medio del cuerpo asumido. En segundo lugar, el corazón humano del Señor es símbolo de aquella tan ardiente caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana. Y, finalmente, el corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible  ya que, como dice Santo Tomás de Aquino, el cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los cuerpos humanos.

De este modo, a partir del elemento corpóreo, que es el corazón de Jesucristo, y a partir de su significación natural podemos muy legítima y muy justamente elevarnos no sólo a la contemplación de su amor sensible, sino también a la adoración de su excelentísimo amor infuso y hasta incluso a la meditación y a la adoración del amor divino del Verbo encarnado. Y esto es así porque, a la luz de la fe, por la que creemos estar unidas en la única persona de Cristo la naturaleza humana y la naturaleza divina de éste, podemos concebir los estrechísimos vínculos existentes entre el amor sensible del corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, a saber, el humano y el divino. En realidad, estos amores no se deben considerar simplemente como coexistentes en la adorable persona del divino Redentor, sino como unidos entre sí con vínculo natural, dado que al amor divino están subordinados aquellos amores humanos, el espiritual y el sensible.

Así, pues, la verdad del simbolismo natural, que relaciona el corazón físico de Jesús con la persona del Verbo, descansa por completo en la verdad primaria de la unión hipostática.

Finalmente, al tiempo que damos culto de latría al Sagrado Corazón de Jesús, debemos también intensificar la devoción al Corazón Inmaculado de la Madre de Dios. Pues fue voluntad del propio Dios que, en la obra de la redención humana, la beatísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo. Tanto es así que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los que fueron consociados íntimamente el amor y los dolores de su Madre.

Por consiguiente, rindamos también a la Madre del Señor los correspondientes obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación.

† Manuel, Arz. de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.