«La caridad no se opone a la justicia», recuerda el Arzobispo de Toledo Braulio Rodríguez

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Alocución pronunciada por el Arzobispo Primado de Toledo, monseñor Braulio Rodríguez, en la Plaza de Zocodover hoy jueves, día 30 de mayo de 2013, con motivo de la Festividad del Corpus Christi:

Al llegar a esta plaza toda emblemática de Toledo, nos detenemos; Señor, para reposar y caer en la cuenta de tu presencia. Y también para preguntarnos: “¿Qué hacemos con tu amor? ¿Cómo lo vivimos? ¿Qué hacemos tu servicio a los hombres y mujeres, nuestros hermanos, que necesitan precisamente tu amor? Se nos olvida cuál es tu mandamiento nuevo, por el que conocen que somos tus discípulos. Es verdad que nos dicen que nosotros, tu Iglesia, únicamente hemos de tener una tarea en esta sociedad: atender a los pobres en su sustento material. Y olvidemos lo demás, que ya no interesa a nuestros contemporáneos.

Entendemos que no podemos descuidar el servicio de la caridad: es uno de nuestro quehacer eclesial, sumamente importante. ¿Descuidaremos, pues, el anuncio de la Palabra de Dio y la administración de los Sacramentos? ¿Habrá sólo que practicar el amor a las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo? Este servicio de caridad pertenece sin duda a las esencias de lo que es la Iglesia, Señor.

Pero el cristianismo es anuncio de un acontecimiento bueno para la humanidad; es tu Evangelio, Señor: el nacimiento tuyo, Jesucristo, tu muerte y resurrección: No es una definición abstracta o un pensamiento que se interpreta de esta a aquella manera. Tú eres el Verbo de Dios, que has entrado en el seno de una mujer, que te has hecho un niño, te has convertido en un hombre que hablaba en las plazas, que comías y bebías con la gente, que fuiste condenado a muerte y ejecutado. Y así tú eres hoy el conjunto de los creyentes y por eso somos tu Cuerpo misterioso, y nos llamamos Pueblo de Dios, guiados como garantes por personas vivas, los obispos en sus Iglesias y el obispo de Roma.

Así que no podemos, Señor, descuidar ciertamente el servicio de tu amor, de tu caridad, como no podemos omitir tus Sacramentos y tu Palabra salvadora. Uno de tus testigos, San Justino, nacido en tu tierra, nos describe de hecho allá por el año 155, la actividad caritativa de tu Iglesia en el contexto o dentro de la celebración dominical de aquellos cristianos. ¿Por qué queremos separar lo que está unido u oponerlo cuando es la misma realidad? “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actualidad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia” (DCE, 25).

Veo, que el anuncio de la Palabra, la celebración de los Sacramentos y el servicio de la Caridad son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse la una de las otras.

Pero también es verdad, Señor, y lo reconocemos: en la Iglesia nos cuesta vivir como familia de Dios en el mundo. Y en esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Tal vez no lo hacemos del todo bien. Quizá por ello nos dicen que hoy lo que se necesita no es la caridad -¿Ni Caritas?-, sino la justicia. Que la caridad la utiliza tu Iglesia, Señor, como un modo de que los ricos eludan la instauración de la justicia y acallen su conciencia, conservando su propia posición social y despojando a los pobres de sus derechos. Que lo que hay que hacer es crear un orden justo, en el que todos reciban su parte de los bienes del mundo y, por tanto, no necesitan ya obras de caridad.

Pero yo te miro a ti, Señor Sacramentado, y escucho tus palabras y me digo: ¡Ojalá que fuera verdad tanta hermosura! Pero, ¿quién está trabajando para conseguir esto? Señor, yo, desde luego, no estoy dispuesto a que aquellos que tengan más medios económicos sean más favorecidos y, además, acallen sus conciencias, si es que les acusan por mal comportamiento en su vida social o cristiana. Cada uno de nosotros tiene su responsabilidad social y serás tú quien les juzgue, tal y como lo afirmas en aquellas palabras: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me distéis de comer…”.

Pero, mientras llega o se instale un orden justo, siempre necesario, ¿Qué hacemos con nuestra responsabilidad de vivir tu amor, Señor? ¿Será la solución para todo una hipotética revolución, como las que hemos padecido la humanidad en el siglo XX? Llevamos demasiados años discutiendo, Señor, si lo que precisamos es la libertad absoluta que pide una cierta economía de mercado, dando paso a un capitalismo un tanto salvaje, o, por el contrario la economía ha de ser más estatalista o más pública. Y mi pregunta es otra: “¿Hemos resuelto los problemas, por poner más o menos ideología y contemplar la crisis desde el punto de vista sólo economicista? ¿No es mejor introducir en ella la dimensión moral, ética?

Lo que contemplamos, por el contrario es que la mayoría de hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo precariamente en nuestro planeta. El Papa Francisco nos decía no hace muchos días: “Una de las causas de esta situación, en mi opinión, se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero, aceptando el predominio sobre nosotros y nuestras sociedades. De manera que la crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica”. ¡La negación de la primacía del hombre! Hemos creado nuestros ídolos”.

¿Seremos capaces, unos y otros de entender que la crisis, su crudeza y persistencia es también de naturaliza ética y moral? He aquí lo que debemos afrontar con urgencia: la grande carencia de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumismo. Peor aún, hoy se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo que se puede usar y luego tirar. Damos fuerza, Señor Sacramentado, para que no ocurra esto entre nosotros, para que tus discípulos no pensemos que la caridad es un ejercicio de la Iglesia reservado a algunos especialmente capacitados y dedicados a este servicio. Es un deber de todos y cada uno de los bautizados.

Pero aún tenemos que convencer a muchos de que la caridad no se opone a la justicia. Es cierto que una norma fundamental del Estado debe ser perseguir la justicia. Eso es lo que ha subrayado también la doctrina cristiana sobre el Estado. Desde León XIII ha habido una precisa continuidad en esta manera de pensar de los Papas hasta nuestros días, hasta llegar a la publicación del Compendio de la DSI. La panacea para solucionar los problemas sociales no es la revolución mundial. Ese sueño se ha desvanecido, tampoco un capitalismo sin entrañas. La DSI también sirve de orientación y aún de indicación fundamental para los católicos. Claro que el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, y es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (Cf Mt 22, 21). Son dos esferas distintas, pero, ¿Por qué no en relación recíproca cuando se trata del servicio a la humanidad y los ciudadanos? La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamiento públicos: su origen y su meta está precisamente en la justicia, y ésta es naturaleza ética. Y la naturaleza específica de la fe cristiana es la relación con el Dios vivo, un encuentro más allá del ámbito propio de la razón, pero que ayuda a la razón a ser mejor ella misma.

No pretendemos que la Iglesia tenga un poder sobre el Estado. Tampoco queremos imponer a los que no comparten nuestra fe, nuestras propias perspectivas y modo de comportamiento. Pero sí estamos convencidos de que la doctrina social de la Iglesia puede contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para lo que es justo , aquí y ahora pueda ser puesto también en práctica. Porque es conforme a la naturaleza de todo ser humano. Por eso no hay orden estatal o social, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor de los cristianos.

Jesucristo, te reconocemos Salvador. Te adoramos en el Santísimo Sacramento, vivo, palpitante. Si he querido hablar de cosas aparentemente no “religiosas” ha sido sólo porque me preocupaba el ser humano, su desvalimiento, la situación de tantos hermanos, la falta de rnión para conseguir el bien común. Pero sobre todo, porque Tú nos amas a todos y diste tu vida por nosotros y sigues sufriendo en los miembros dolientes de tu Cuerpo, porque clamas desde el confín de la tierra con el corazón abatido.

Tú eres pan partido para la vida del mundo. Tu presencia real, Señor, viva y palpitante nos llena de alegría. Tú estás aquí, no eres des pasado, ni una tradición simplemente de nuestro pueblos. Hacemos un acto de fe, porque sobemos que Tú estás dispuesto siempre para nosotros, capaz de encandilar nuestros vacilantes corazones de hombre y mujeres. Muéstranos tu rostro y, con la fuerza de tu Espíritu, llévanos a vivir como Tú, en el amor al Padre y a los que nos rodean, sobre todo a los más necesitados de ese Pan partido para la vida del mundo. Amén

+Monseñor Braulio Rodríguez
Arzobispo de Tole

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