LA ALEGRÍA DE LA FE: El Espírito Santo (1)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez     La alegría de la fe es lo que yo deseo a nuestras monjas de vida contemplativa que ofrecen su existencia en los 41 monasterios femeninos de nuestra Diócesis en este día de la Trinidad Santa. Queremos orar por ellas que todo el año lo hacen por la comunidad cristiana y por todo el mundo. El origen y la explicación última de sus vidas en el claustro hay que buscarla en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, que Cristo envió con el Padre de los cielos para recordar las palabras del Verbo eterno y su seguimiento en una vocación cristiana necesaria para nuestra Iglesia.

¿Quién o qué es el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos reconocerlo? ¿Cómo vamos a Él y Él viene a nosotros? ¿Qué es lo que hace? Una primera respuesta la encontramos en ese himno de la Iglesia llamado “Veni, Creador Spiritus…”. Invocamos: “Ven, Espíritu Creador”, que nos recuerda los primeros versículos de la Biblia, que presentan, mediante imágenes, la creación del universo. Allí se dice que por encima del caos, por encima de las aguas del abismo, aleteaba el Espíritu de Dios, esto es, que el mundo en que vivimos es obra del Espíritu creador. El mundo no existe por sí mismo; proviene del Espíritu creador de Dios, de su palabra creadora. Por eso refleja la también la sabiduría de Dios.

Precisamente quien, como cristiano, cree en el Espíritu creador es consciente de que no podemos usar el mundo y abusar de él, sino que debemos considerar la creación como un don que nos ha sido encomendado, no para destruirlo, sino para convertirlo en el jardín de Dios y en un jardín del hombre. La creación y la historia nos esperan; esperan hombres y mujeres que sean de verdad hijos de Dios y actúen en consecuencia. En la historia de la Iglesia vemos que la creación pudo prosperar en los monasterios medievales, pero también en el corazón de los hombres con el despertar del Espíritu creador, como sucedió con san Francisco de Asís. Y acontece en cualquier lugar donde llega a las almas el Espíritu de Dios.

Ciertamente, también a lo largo de la historia de los hombres, la creación buena de Dios ha quedado muchas veces cubierta con una gruesa de suciedad, que hace difícil reconocer en ella el reflejo del creador, aunque se despierta en nosotros de nuevo la conciencia de la existencia del Creador ante una puesta de sol en el mar o en el desierto, o en una excursión a al montaña o ante una flor. Por ello le Espíritu creador vienen en nuestra ayuda, pues ha entrado en la historia y así nos habla de un modo nuevo. La razón de esta hermosa verdad estriba en que en Jesucristo Dios mismo se hizo hombre y eso nos permitió, por concesión del mismo Jesús, contemplar en cierto modo la intimidad de Dios. A partir de Cristo vemos algo inesperado: en Dios existe un “Yo” y un “Tú”. El Dios misericordioso no es una soledad infinita; es un acontecimiento de amor. De modo que el Espíritu creador tiene un corazón. Es Amor. Existe el Hijo que habla con el Padre. Y ambos son uno en el Espíritu, que es, por decirlo así, la atmósfera del dar y del amar que hace de ellos un único Dios.

A través de Jesús, por tanto, penetra, por decirlo así, nuestra mirada en la intimidad de Dios. San Juan, en su evangelio, lo expresó de este modo: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha revelado” (Jn 1,18). Pero Jesús no sólo nos ha permitido penetrar con nuestra mirada en la intimidad de Dios; con Él Dios, de alguna manera, salió también de su intimidad y vino a nuestro encuentro. Esto se realiza ante todo en su vida, pasión, muerte y resurrección, y en su palabra. Pero Jesús no se contenta con salir a nuestro encuentro. Quiere más. Nosotros no sólo debemos saber algo de Él; además, mediante él mismo, debemos ser atraídos hacia Dios. Por eso Él debe morir y resucitar, porque ahora ya no se encuentra en un lugar determinado, sino que su Espíritu, el Espíritu Santo, ya emana de Él y entra en nuestro corazón, uniéndonos así con Jesús mismo y con el Padre, con el Dios uno y trino.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.