Descendió a los infiernos

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez     Estamos ante el artículo de fe más trascendental, y decisivo para los cristianos. La resurrección de Jesucristo es la verdad culminante, el fundamento, el eje, la clave de nuestro ser. A partir de este hecho toda la historia de la humanidad cambia para siempre y adquiere su sentido. Ésta será la verdad que apoyará el testimonio de los apóstoles y los mártires, multiplicará los creyentes, llenará de vida los corazones, cambiará las sociedades y derrumbará imperios. Todo el ser y existir del cristianismo se basa en la Resurrección del Señor, que es el centro de la predicación de todos los tiempos. Dice San Pablo: “Si Cristo no resucitó vana es nuestra predicación. Vana es nuestra fe…. Aún estáis en vuestros pecados” (1 Cor 15, 14-19).

La resurrección de Jesucristo es la firma del Padre a toda la obra redentora de Jesús que prometió y cumplió: “Al tercer día resucitaré”. Jesús tenía razón. El Padre reivindicó su persona y su mensaje. Vino de parte del Padre y muchos no le creyeron pero el Padre estaba con Él, le dio su autentificación y su aprobación. A partir de esa realidad todo encaja maravillosamente y fundamenta nuestra fe. “¡Cristo vive!” es el anunció más gozoso que rompió las tinieblas del primer domingo de la historia, el día de la “actuación de Dios”, y sigue siendo el gran anuncio de la buena noticia (kerigma) de los misioneros para evangelizar. Pero no es sólo un anuncio, lleva aneja la eficacia de la actuación de la gracia de Dios que mueve a la fe. Por eso en este año de la fe estamos llamados a reafirmarla y a proclamarla con fuerza. Por una parte y ante todo para reavivarla, fortificarla y ratificarla en los creyentes y después para proclamarla con fuerza y valentía llamando a la fe a los que no creen.

Nos anima el ejemplo de San Pablo a quien dijeron los atenienses en el areópago al oírle hablar de la resurrección: “Te oiremos hablar de esto en otra ocasión”. A lo largo de la historia los cristianos no cesamos de hablar de la Resurrección con tenacidad, en toda ocasión, porque en ella gravitan todas nuestras convicciones. Como los apóstoles no podemos dejar de hablar de Jesucristo Resucitado. Pero antes de afirmar la fe en la resurrección decimos en el credo: “descendió a los infiernos”. ¿Por qué aparece esta expresión en este lugar del credo y qué significa? Responde a la cuestión sobre en qué condición estuvo el cuerpo del Señor en el sepulcro. El gran teólogo Benedicto XVI dio la que posiblemente es la mejor explicación. “Este descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos.” (De la entrevista a Benedicto XVI en la TV italiana el 22-04-11).

Dar mayores explicaciones teológicas o usar la imaginación para explicar cómo pudo suceder sería muy intrincado y desacertado porque siempre se concluye que es un misterio que creemos y profesamos. Y los misterios si se explican dejan de serlo. La teología sólo intenta encajar algunos razonamientos para intuir cómo pudo ser. Los antiguos profetas ya lo anunciaron: “Tú también, por la sangre de tu alianza, compraste a los cautivos del infierno” (Zac 9,11). Y el Apóstol San Pablo afirma: “Jesús bajó a las regiones inferiores de la tierra. Éste que bajó es el mismo que subió” (Ef 4, 9-10). Sobreabunda en esta convicción San Pedro cuando dice: “Pues para esto fue anunciado el Evangelio incluso a los muertos, para que, aunque condenados en su vida corporal según el juicio de los hombres, viva sin embargo en espíritu según el juicio de Dios” (1 P 4, 6).

El concepto “los infiernos” dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 633-634) es distinto del “infierno” de la condenación. La Escritura llama infiernos (sheol o hades) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Constituían el estado de todos aquellos que habían muerto antes de Cristo. Él había vencido mediante su propia muerte a la muerte y al diablo que tenía poder sobre la muerte (Hb 2, 14). Tenía que redimir a toda la humanidad por eso “Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados, ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido”.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).