Misioneros de la alegría

Mons. Gerardo MelgarMons. Gerardo Melgar   Queridos diocesanos:

Misioneros de la alegría: misioneros y alegría, dos palabras que definen al cristiano que ha recibido la efusión del Espíritu Santo derramado en Pentecostés (Solemnidad que hoy celebramos) y con las que hemos querido definir la identidad de todos los que están acercando la Misión diocesana a las casas.

Misioneros: el misionero es aquella persona creyente que se ha encontrado realmente con Jesús, que tiene una experiencia fuerte y personal de fe y no puede dejar de comunicarla a los demás, llevando el mensaje salvador de Cristo al corazón del mundo para que éste crea, se convierta y se salve. Hemos de reconocer que, muchas veces, hemos vivido nuestra fe de una forma totalmente privada, como si ésta fuera una cuestión exclusivamente entre nosotros y Dios y Dios y nosotros, sin repercusión social. Cuando lo hemos hecho así, hemos olvidado algo fundamental: “Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en el Cielo” (Mt 5, 16)

Con la vivencia de nuestra fe hemos de ayudar a los demás a plantearse la vida desde la óptica creyente. Cristo nos hace responsables a todos de la evangelización de los demás;todos los creyentes debemos sentirnos responsables de que el mensaje salvador de Cristo llegue a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo, pero especialmente a aquellos que no le conocen, a aquellos que le conocen pero permanecen indiferentes y a aquellos que un día le conocieron pero que se han olvidado de Él.

Ser creyente no es sólo seguir a Jesús, no es sólo ser discípulo del Maestro en privado. Seguir de verdad a Jesús exige necesariamente ser testigos, transmisores y misioneros del Resucitado para los demás, de tal manera que conozcan el Rostro amoroso de Dios y se entreguen radicalmente a Él para el bien del mundo.

Esto es lo que recordaremos públicamente en la Santa Misa que presidiré en La Dehesa (Soria) el Domingo de Pentecostés (19 de mayo, 12 h.): debemos caer en la cuenta de que no podemos ser cristianos si no evangelizamos de palabra y, sobre todo, con la vida; cada uno hemos de ser interpelación que hace preguntarse por Dios y por la felicidad en Él y por Él. Para ello, cada uno de nosotros tenemos que ser apóstoles y misioneros en los ámbitos más importantes de nuestra vida:

En la familia: especialmente los padres para los hijos, a quienes deben transmitir la fe como el mejor de los tesoros; además, cada uno de los miembros deberá ser estímulo en la fe para los demás miembros de la familia. Debemos poner todo lo que sea necesario para hacer de nuestra familia una verdadera Iglesia doméstica en la que Dios esté presente, dirige nuestra vida y en la que todos encontramos apoyo para vivir la fe.

En el trabajo: siendo testigos de la lucha por el respeto a las personas y a los valores más elementales, siendo testigos de la justicia y del respeto a la dignidad de las personas.

En la convivencia diaria: siendo creadores de paz y de concordia con todos los que convivimos, haciendo una convivencia fundamentada en el amor y en el servicio a los hermanos, sobre todo a los más necesitados.
Una segunda palabra define el modus vivendi de quien se ha encontrado realmente con Cristo: la alegría. Hemos de ser misioneros de la alegría. La fe vivida con alegría es signo creíble que suscita interrogantes en quienes nos contemplan. El mundo y la sociedad actuales muestran un rostro profundamente triste; se corre tras una supuesta felicidad basada en placeres pasajeros y efímeros que, cuando se consiguen, dejan el corazón frustrado, triste, vacío y con necesidad de seguir buscando algo que llene totalmente. Cuando el hombre actual lucha sólo por tener más, por obtener todo el placer que pueda sin límite alguno y por escalar puestos para obtener más poder sin regla ética o moral somete todos los grandes valores que lleva grabados en su interior teniendo que traicionar, tantas veces, sus más profundas convicciones.

El hombre actual, cuando se encuentra con una persona que en Dios ha encontrado el sentido vital, la alegría y la felicidad aunque no posea aquello por lo que el mundo lucha denodadamente, se siente impactado; un ejemplo claro es el caso de los religiosos y religiosas de clausura cuyas vidas interrogan profundamente al hombre del S. XXI: ¿cómo puede alguien, sin poseer nada y habiendo renunciado a todo aquello por lo que lucha el mundo, ser felices, con la alegría siempre en sus labios, en su semblante y en su corazón? ¿cómo puede ese Dios al que aman con locura inundar su vida de satisfacción y alegría de tal manera?

Somos misioneros de la alegría que queremos llevar a los demás la auténtica alegría que produce el ser seguidor de Jesús aun en los momentos duros y difíciles: “Los discípulos se alegraron mucho de poder haber sufrido por causa de Jesús” (Hch 5, 41). Pidamos, pues, al Señor que nos conceda ser portadores de la alegría de la fe para que los demás, cuando nos contemplen, puedan participar también de esta misma alegría de la fe viviendo por el camino que el Señor nos propone.

Elevemos nuestra oración para que todos seamos verdaderos testigos, misioneros y apóstoles de la misma alegría de los hijos de Dios que el Espíritu produce en nosotros. Misioneros de la alegría: éste es nuestro lema, el encargo que el Señor nos confía; testifiquemos nuestra fe con alegría para que otros se sientan atraídos por el Rostro amoroso de Dios.

+ Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.