Todos comprometidos con la misión de la Iglesia

Mons. YanguasMons. José María Yanguas    Queridos diocesanos: 

La Iglesia celebra este domingo la solemnidad de Pentecostés, uno de los días más señalados en el calendario litúrgico. En ese día tuvo lugar la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Fortificada con su presencia, la Iglesia inició su labor apostólica que ya no acabará nunca. Por eso, celebra en este domingo el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar.

Subiendo a los cielos, Cristo ha llevado a cabo la obra de la redención. El mismo que bajo del cielo y se hizo uno como nosotros, menos en el pecado, ha completado la misión que el Padre le confió, introduciendo la humanidad en los cielos.

Como el Padre envió a su Hijo al mundo para salvarlo, así la Iglesia, sus discípulos, han recibido la tarea de continuar en el tiempo la obra de Cristo: “Como tú me enviaste al mundo, dice Jesús en la Última Cena dirigiéndose al Padre, así los envío también al mundo” (Jn 17, 18). Cuando está a punto de dejarles, Jesús da a los discípulos el gran mandato: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos… Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 18-20).  Los Apóstoles se pusieron en seguida manos a la obra. Así lo confirman las palabras finales del evangelio de san Marcos: “Ellos se fueron a predicar por todas partes” (16, 20). Los Apóstoles, la Iglesia naciente, reciben la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés, para poder cumplir esa tarea: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hch 1, 8). La venida del Espíritu Santo está al servicio de la misión de ser “testigos de la fe en el mundo”, como reza el lema de la jornada de este domingo.

La Iglesia nace pues “con el fin de propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo” (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, 2). Así de amplia y profunda es la misión que ha recibido la Iglesia. Todos en ella estamos llamados y comprometidos en esa tarea. Nada sería más extraño al cristiano que una actitud de gheto, una postura a la defensiva, una reclusión dentro del ámbito de la propia conciencia, el encerramiento medroso dentro los muros de nuestros templos, de nuestras casas, o la separación suicida entre fe y vida pública. La Iglesia es misionera por vocación y por esencia. Sí, el cristianismo es eminentemente apostólico.

Eso quiere decir que todos en la Iglesia, sin excepciones que no tendrían justificación, todos estamos comprometidos en la tarea fundamental de la Iglesia: abrir los corazones de todos los hombres y mujeres a la verdad salvadora del Evangelio, acercar los hombres a Cristo, disponerlos a recibir la luz y la gracia del Espíritu Santo, y abrir a Cristo las puertas de toda realidad humana: de la ciencia y las artes, de la economía y la política, del deporte y de la diversión, del trabajo humano en toda su multiforme variedad. En esta empresa os compete a los laicos una función insustituible. Con vosotros llega a la Iglesia a todos los hombres, a todos campos de la actividad humana, a todas las situaciones, a los alejados y necesitados. Gracias sobre todo a vosotros, laicos, la Iglesia puede llegar hasta los confines y las periferias del mundo.

Al servicio de esa tarea debe trabajar cada cristiano, cuyo apostolado es “el principio y la condición de todo apostolado seglar, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo” (Apostolicam actuositatem, 16).

En este Año de la fe deseo recordar a todos que la fe se asegura y aumenta comunicándola, empeñándose uno en el apostolado personal y asociado, bien unidos a Dios y en estrecha comunión con los Pastores de la Iglesia y con los hermanos en la fe.

+José María Yanguas Sanz

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).