La Iglesia ante la crisis económica (II)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    En el escrito de la semana pasada concluía con una referencia a Benedicto XVI. Para él, y a lo largo de su magisterio, hay una realidad básica que es el fundamento de toda la antropología cristiana: el centro de toda actividad debe ser el hombre, el ser humano, la persona.

Hoy quiero ofreceros algunas reflexiones acerca del deterioro que está sufriendo nuestra sociedad por falta de cohesión. 

Siguiendo con la apreciación de nuestro Papa emérito, de la centralidad de toda actividad en el hombre, hemos de preguntarnos si la sociedad opulenta y de consumo que hemos disfrutado a lo largo de unos años atrás nos ha hecho más personas, o no. No podemos olvidar, y son palabras textuales del Pontífice, que el principal obstáculo que la verdadera liberación debe vencer es el pecado y las estructuras que llevan al mismo, a medida que se multiplican y se extienden . Llevado este principio a nuestra realidad, habría que concluir que la pérdida de valores nos ha hecho llegar a la situación de crisis económica tan penosa a la que hemos llegado.

Y no saldremos fácilmente de dicha crisis si no afrontamos con seriedad y valentía la recuperación de los valores éticos perdidos, de los que yo destacaría la justicia, la solidaridad, la honradez y la gratuidad. Todos hablamos de la corrupción que nos rodea, del fraude que es escandaloso, de la mentira que anda a sus anchas, del individualismo cada día más feroz: si no luchamos contra esto, y con todas nuestras fuerzas, no saldremos de la crisis.

El que fuera presidente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus, hoy al frente de la SFEF (Société de Financement de l’Economie Française) y miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, ha llegado a afirmar lo siguiente: Esta crisis financiera es realmente también, y posiblemente ante todo, un desastre ético .

La crisis económica tiene una consecuencia muy visible: el deterioro de la cohesión social. Hace ya dos años, la Comisión Episcopal de Pastoral Social advertía que los efectos de la crisis están afectando de manera dramática a un número creciente de personas. La tasa de desempleo en España durante el año 2011 fue la más alta de todos los países de la Unión Europea, alcanzando niveles insostenibles del 23% de la población activa, y situando al 49% de los jóvenes sin acceso al trabajo. Uno de cada cuatro españoles está en situación de riesgo de pobreza y exclusión social, consecuencia, en muchos casos, de la pérdida de la vivienda y del trabajo. El número de hogares con todos sus componentes activos en paro ha alcanzado la cifra de 1.425.000, y de ellos 580.000 tampoco reciben ingresos de prestaciones sociales. Por otra parte, la precariedad laboral está generando un sentimiento de temor a perder el trabajo . Es evidente que al día de hoy, dos años después, estas cifras han alcanzado cotas más abrumadoras, en concreto la del paro que ya afecta a casi al 25% de la población. En todo caso los datos recogidos por la comisión episcopal nos hacen ver cómo la aparición continuada de nuevos pobres en nuestra sociedad española tiene mucho que ver con la falta de trabajo.

¿Qué es lo más grave de esta situación? Lo más grave es que no sólo afecta a la gravísima situación económica en que se ven sumidas miles y miles de familias, si no que la falta de trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia continuada de los recursos públicos, anula la libertad de las personas, mata la creatividad aún de los más fuertes y, lo que no es menos grave, daña seriamente la relación que debe vivirse en la entraña de la familia y daña también las relaciones sociales.

¿En qué se percibe el deterioro de la cohesión social al que me estoy refiriendo?

– En que cada día que pasa – y nada menos que desde 1980 – se ve más clara la insuficiencia y la reducción de la capacidad protectora del sistema público.

– La exclusión social, la pobreza y la vulnerabilidad son fenómenos estructurales que hoy se hacen especialmente visibles, a causa de la dichosa crisis. Aún advirtiendo que el deterioro progresivo de los derechos y de la protección social, especialmente de los más desfavorecidos, no es algo nuevo.

– En consecuencia, e íntimamente unido a lo expuesto en el apartado anterior, a nadie puede extrañar que la petición de ayuda a Cáritas, por ejemplo, no es ya un asunto excepcional y pasajero, ¡no! Este hecho incontestable muestra con total evidencia que en nuestro país se está consolidando una estructura social en la que un número demasiado elevado de personas y de familias han quedado sin esperanza en su proyecto vital: no saben hacia dónde mirar.

En mi próximo escrito me referiré directamente a la incidencia de la crisis en la situación de nuestras familias, dado que la falta de cohesión social donde más muestra su virulencia y sus fatales consecuencias es en el entorno de la familia, con lo que esto conlleva.

Con mi afecto y bendición,

+Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.