La alegría de la fe: Jesucristo (7)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez    Llegamos ya al último texto que comenta lo que dice el Credo sobre Jesucristo. Ha sido necesariamente un breve comentario, apenas hilvanado, de cuanto podía decirse acerca del que es Dios y Hombre verdadero. Tampoco tenía yo como objetivo en este ir desgranando las verdades del Credo en este Año de la Fe. Acabo, pues, este apartado hablando de lo que encierran las palabras “Y su reino no tendrá fin”. 

Quisiera decir, para empezar, que la figura de un nuevo sucesor de san Pedro, el Papa Francisco, me lleva a afirmar lo que me parece que es fundamental: ante el nuevo Santo Padre nuestra postura como creyentes es la de una acogida muy cordial, de aceptación sincera de su persona y de oración ante su inmensa tarea eclesial, que comparte con nosotros, si bien él tiene ese papel de Pastor universal. Mi aceptación como Obispo del aquel en quien hoy vive Pedro es total, sin fisuras. A veces preguntaban los profesionales de los medios, en los acontecimientos del mes de marzo (Cónclave, elección del Cardenal Bergoglio como Papa Francisco) qué esperamos del nuevo Papa. Yo no espero nada del Papa; espero lo que él quiera de mí, lo que él tenga a bien indicarnos o proponernos, pues como miembro del Colegio Apostólico sé que el Obispo de Roma nos preside en la caridad y está como siervo para ayudar a sus hermanos y en él reside la fuerza de Cristo, para confirmarnos en la fe.

Sé que el primer servicio del sucesor de Pedro es el de la fe y el Papa Francisco lo sabe. En el NT, Pedro se convierte en “piedra” de la Iglesia en cuanto portador del Credo: el “nosotros” de la Iglesia comienza con el nombre de aquel que fue primero en profesar la fe en Cristo; comienza con su fe; una fe primero inmadura y todavía “demasiado humana”, pero luego, después de la Pascua, madura y capaz de seguir a Cristo hasta el don de sí mismo; madura en creer que Jesús es verdaderamente el Rey; y que lo es precisamente porque permaneció en la cruz y, de ese modo, dio la vida por los pecadores. En el Evangelio se ve que todos piden a Jesús que baje de la cruz y que, si se queda en la cruz, quiere decir que está equivocado y los que se mofan de él tienen la razón. Y es que en Jesús crucificado la divinidad queda desfigurada, despojada de toda gloria visible, pero está presente y es real.

Sabemos por los evangelios que la cruz fue el punto crítico de la fe de Simón Pedro y de los demás apóstoles. Está claro y no podía ser de otra manera: eran hombres y pensaban “según los hombres”; no podían tolerar la idea de un Mesías crucificado. La “conversión” de Pedro se realiza plenamente cuando renuncia a querer “salvar” a Jesús de la cruz y acepta ser salvado por Él. Le dijo Cristo en la última Cena: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc 22, 32). Cómo me haya de confirmar a mí en la fe el Papa Francisco él, con la ayuda de Dios, la buscará. A mí y a todos los católicos. Jesús puede construir sobre nosotros su Iglesia, empezando por Pedro/ Papa Francisco, en la medida que encuentra en nosotros la fe verdadera, pascual, la fe que no quiere hacer que Jesús baje de la cruz, sino que se encomienda a Él en la cruz.

Este Reino de Cristo no tendrá fin. Eso es lo que hay que creer: que Jesús es Dios, que es el rey precisamente porque ha llegado hasta ese punto de amarnos hasta el extremo. Y esta realeza paradójica debemos testimoniarla y anunciarla como hizo Él, el Rey, es decir, siguiendo su mismo camino y esforzándonos por adoptar su misma lógica de servicio del grano de trigo que muere para dar fruto. De esto ya hablado el Papa Francisco. Y esto nunca es fácil ni se tiene que dar por descontado para él, los obispos y el resto del Pueblo de Dios. No nos une, pues, a todos una idea, una estrategia, sino que nos une el amor de Cristo y su Santo Espíritu. Es la eficacia de nuestro servicio a la Iglesia, la Esposa de Cristo.

La auténtica concepción cristiana de Dios y del mundo, de la salvación personal y universal, se centra en Cristo, Señor de los corazones, de la historia y del cosmos. Queridos hermanos, esto es lo que estamos llamados a anunciar siempre al mundo: Cristo es imagen del Dios invisible, primogénito de entre los muertos, para que Él tenga el primado sobre todas las cosa (cf. Col 1,15.18). El primado de san Pedro y de sus sucesores, los Papas, está totalmente al servicio de este primado de Jesucristo, único Señor; al servicio de su Reino, es decir, de su señorío de amor, a fin de que venga y se extienda, renueve a los hombres y las cosas, transforme la tierra y haga brotar en ella la paz y la justicia. Estoy seguro que el Papa Francisco ofrecerá toda su vida a este propósito. Ya lo está haciendo..

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.