Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar – 19 de mayo de 2013 – Solemnidad de Pentecostés – «Creí, por eso hablé» (2Cor 4, 13) – …CREÍ

Mons. BarrioMons. Barrio    Queridos diocesanos:

1. En el Año de la fe

 «Creí, por eso hablé» (2Cor 4, 13).

 El lema del Día de la Acción Católica y el Apostolado Seglar es una invitación a revisar nuestra fe, sus motivaciones y su coherencia en nosotros, así como su incidencia en nuestra vida personal y en nuestro entorno  familiar, profesional y cívico. Una invitación ineludible, pues es llamada del Señor a la fidelidad y al seguimiento, es decir, a la conversión.

Este año la Pascua del Espíritu, su efusión en Pentecostés, nos llega connotada con la celebración del Año de la fe, el quincuagésimo aniversario del Concilio Vaticano II y el vigésimo de la edición del Catecismo de la Iglesia Católica. En ellos podemos reconocer el aliento del Espíritu, Señor y dador de vida, como acontecimientos que provocan la renovación de la confesión de fe de toda la Iglesia. La Iglesia, y nosotros con ella, es quien confiesa ante el mundo, llamándolo a la salvación: «Creí, por eso hablé».

Nuestra iglesia diocesana, pueblo peregrino del Señor en este finis terrae atlántico, asentada en los cimientos apostólicos de Santiago el Mayor
(cf. Apocalipsis 21, 14), también se acoge a la acción del Espíritu, preparándose para el Sínodo Diocesano, acontecimiento de gracia y de salvación, urgida por la fe recibida y volcada con amor samaritano en las realidades humanas de nuestra tierra, pues, como es sabido, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”1.

2. Jesucristo, contenido de la fe

 El Año de la fe, convocado por Benedicto XVI2 , nos recuerda que
entre los cristianos creer es mucho más que una conclusión racional, que un
discurso lógico y que una actitud voluntarista ante la vida. Es verdad que cada   creyente ha de llegar a la madurez de una fe razonada y razonable y que la manifestará en el vivir de cada día. Sin embargo, el contenido de la fe es el
Señor. El, Solo El. «La fe es el encuentro personal con Cristo, el Señor resucitado.

La fe cristiana es una adhesión personal, obediente y fiel a la persona de
Jesucristo, Hijo de Dios, Palabra divina expresada en la realidad de nuestra
carne humana»3 .

 La fe nos proporciona una mirada nueva y nos capacita para ver el resplandor de las presencias del Señor resucitado. En estos diversos encuentros el Señor nos regala la alegría que nadie nos quitará, la paz que el mundo no puede dar. Su paz y su alegría son dones e indicios de la verdad y vitalidad de nuestra fe (Cf. Jn 14, 27; 15, 11; 20, 19-21).

3. Los encuentros con el Señor resucitado

 3.1 La Eucaristía

 Ya desde los tiempos apostólicos, y así lo dejan entrever los evangelios, los seguidores de Jesús se reúnen el primer día de la semana y después de escuchar su Palabra, hacen el Memorial de la Cena del Señor y «lo
reconocen al partir el pan» (Lc 24, 30-31; Jn 20,19; 21,12). En la Eucaristía los
cristianos se encuentran con el Señor y El les da su Espíritu para que escuchen el mandato del envío y vayan y den fruto. No es fruto menor la fraternidad
reforzada en la comunión con el Señor y con los hermanos: “La comunión con
Jesús, de la cual deriva la comunión de los cristianos entre sí, es condición
absolutamente indispensable para dar fruto: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Y la comunión con los otros es el fruto más hermoso que los sarmientos pueden dar: es don de Cristo y de su Espíritu”4.

 3.2 La Palabra

 En la escucha de la Palabra los cristianos sentimos arder el corazón, pues es el mismo Jesús quien camina a nuestro lado para hacérnosla comprender y con ella iluminar nuestra vida (Cf Lc 24, 32): “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Salmo 118). En las celebraciones de la Palabra, en su proclamación en la liturgia sacramental, en la oración compartida en el grupo, en el rezo sereno de la oración litúrgica de la mañana y de la tarde nos habla el Señor, nos entrega su Palabra y con ella el gozo de su presencia y de su misericordia. Su Palabra es gozo, sabiduría y fuente primaria de libertad (Jn 8, 31-32).

3.3 Las presencias del Señor en la comunidad cristiana

Reunidos en el nombre del Señor, El se hace presente en medio,
como nos aseguró (cf. Mt 18, 19-20). Las reuniones de cristianos en el ámbito de la comunidad parroquial, por razones de planificación pastoral, sean de la
liturgia, la catequesis, la caridad, o el testimonio y la acción misionera en el
entorno, son cálidos ámbitos de fraternidad, que tanto los sacerdotes y agentes de pastoral, muy especialmente la Acción Católica y las demás asociaciones y movimientos laicales deben cuidar, promover y coordinar, pues en ellos es donde el cristiano vive intensamente la pertenencia eclesial y la hondura de la oración, acoge la resonancia profética de la Palabra de Dios en su vida, y define, contrasta y discierne las acciones impulsoras del testimonio y el compromiso evangelizador. “El fiel laico no puede jamás cerrarse sobre sí mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir en un continuo intercambio con los demás, con un vivo sentido de fraternidad, en el gozo de una igual dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia”5 .

3.4 Las presencias del Señor en el prójimo necesitado
 La dimensión caritativa de la fe nos muestra al Señor en aquellos
que son icono de su pasión y su cruz, como el mismo Jesús enseña en el
evangelio: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). La enumeración de las pobrezas, inspirada en los profetas del Antiguo Testamento, se refiere a carencias personales pero en su conjunto señala las injustas situaciones padecidas por las víctimas. El servicio de atención y dignificación al necesitado es un servicio de amor al Señor. Es, además, señal inequívoca de la presencia del reinado de Dios en la historia humana. Y es llamada también al ejercicio sincero y coherente de la denuncia profética de las tremendas consecuencias de inhumanidad producidas por las «leyes del mercado». “En Cristo –dice Benedicto XVI-, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación a amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. En efecto, Él mismo es la Verdad (cf.
Jn 14,6)6. Y añade: Por un lado, la caridad exige la justicia, el reconocimiento y el respeto de los legítimos derechos de las personas y los pueblos. Se ocupa de la construcción de la «ciudad del hombre» según el derecho y la justicia. Por otro, la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón”7.

3.5 Las huellas del Señor en la religiosidad popular.

Nuestra tierra y nuestras gentes de Galicia han conocido la irradiación de la fe en Jesucristo a lo largo de los siglos. No exageramos si decimos que Galicia labró su historia en compañía de la fe de la Iglesia. La antropología cultural y el imaginario social de los gallegos están repletos de signos, palabras, instituciones, expresiones y referencias netamente cristianos.

Desde el tañido de las campanas hasta los cruceiros en los caminos, desde los
camposantos rodeados por los vecinos del iglesario al arraigo de tradiciones
vinculadas al año litúrgico, la cultura tradicional gallega está vinculada
inseparablemente al anuncio, catequesis y celebración de la fe y de la esperanza cristianas. Pero en la actualidad, esos signos, palabras, etc., están sometidos al filtro de la secularización, a la intensa penetración de ideologías reticentes y a nuevas actitudes ante la vida que desacreditan o merman vigencia a la herencia patrimonial cristiana. Muchos de los signos y expresiones religiosas de la cultura popular, sometidos a un revisionismo anacrónico pero sistemático, están perdiendo su carácter de referente para que los niños y jóvenes puedan crecer en contacto familiar y social con la fe y con la Iglesia. Los signos se han vuelto para ellos insignificantes y no les sirven para rastrear las huellas del Señor en las encrucijadas de la vida.

 La afluencia a las romerías y santuarios, salvo meritorias y contadas excepciones, se van orientando decididamente hacia el folclore que
recrea un mundo desparecido más que a la experiencia de fe y encuentro con el Señor. Pablo VI dejó escrito: “La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue también en otras épocas. De ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva. Pero este encuentro no se llevará a cabo si la Buena Nueva no es proclamada”8.

…POR ESO HABLÉ

 La expresión de San Pablo Creí, por eso hablé, que sirve de lema al
Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, recoge la vivencia del
apóstol de los gentiles de que a la experiencia de fe la siguen como natural
consecuencia la confesión, el testimonio y el anuncio de sus contenidos. El más nuclear y fundamental de éstos tiene nombre concreto y rostro reconocible: el Señor Jesús, el crucificado resucitado, el salvador, el maestro.

El es la verdad, Palabra eterna del Padre que se hizo hombre y acampó en la historia humana, entre nosotros. Todos los cristianos, todos los diocesanos de Santiago, somos llamados a vivir y hacer lo mismo: tenemos que hablar del Señor: confesar nuestra fe; vivirla coherentemente dando testimonio de la vida nueva recibida; anunciarla impregnando nuestro entorno social de esperanza, justicia y amor.

4 La dignidad y la alegría de ser cristiano

 El presente Año de la fe nos urge a la confesión de la misma. Al convocarlo, Benedicto XVI escribía: “Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe
implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este “estar con él” nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso”9.

En sus documentos las referencias de Benedicto XVI a la fe suelen contar con palabras como dignidad, alegría, belleza. La dignidad y la alegría de la fe hacen referencia al modo de asumirla el creyente. La fe centrada en Cristo es razonable. La fe, encuentro con Cristo, es fuente de libertad. La fe, vivida y celebrada, es gozo del que cree y desafío para el mundo, necesitado de
verdad, de alegría y de caminos nuevos para superar sus conflictos. La belleza
de la fe no es otra que la luz del Señor resucitado.

 En este Pentecostés los cristianos laicos, humildes en la oración
ante la efusión del Espíritu de Cristo, son urgidos a la confesión de fe, con
dignidad, con alegría y con la serenidad de comunicar la belleza de la vida
nueva.

5. La familia, «iglesia doméstica»

 Dice Juan Pablo II: “El matrimonio y la familia constituyen el primer
campo para el compromiso social de los fieles laicos. Es un compromiso que sólo puede llevarse a cabo adecuadamente teniendo la convicción del valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia”10.

 Nuestras familias son las primeras destinatarias de la confesión
de fe, del testimonio y anuncio de Jesucristo. Así como cada cristiano debe
recuperar, por la conversión, su genuina identidad de seguidor de Jesús para
que se oiga su nombre en las calles y plazas, también el cristiano en familia
plantará en su hogar la invocación, la adoración, la alegría y dignidad de la fe.
“En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre no sólo su «identidad», lo que «es», sino también su «misión», lo que puede y debe «hacer». El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad:
familia, ¡«sé» lo que «eres»”11.

6. La parroquia.

 La comunidad parroquial sigue siendo entre nosotros el rostro
de la Iglesia más próximo a nuestros convecinos. Para ella siguen siendo válidas aquellas expresiones de Juan Pablo II en Christifideles Laici: “Aunque a veces le falten las personas y los medios necesarios, aunque otras veces se encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida en medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio; ella es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad», es «una casa de familia, fraterna y acogedora», es la «comunidad de los fieles».

En definitiva, la parroquia está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística”12.

En nuestra diócesis –salvo en contados barrios urbanos- la parroquia como entidad eclesial de referencia sigue viva en la conciencia de la mayoría de la población. Es necesario aprovechar este vínculo y diseñar una pastoral participativa y dinámica que supere los límites de la parroquia e incluso del arciprestazgo. Son los cristianos de los movimientos y asociaciones los primeros llamados a dotar a la parroquia de verdadero espíritu misionero.
Ellos son los feligreses, que no sólo no deben estar ausentes de su comunidad
parroquial, sino que precisamente a ellos se les confía crear, desde la identidad y carisma de su asociación laical, los ámbitos de fraternidad, comunión y participación; hacer resonar en la parroquia los problemas y dificultades de toda la sociedad y del mundo; en definitiva, impulsar su renovación. El medio adecuado para todo esto es la promoción de grupos de oración, de evangelización, de catequesis, de revisión de vida, y la participación en los Consejos Pastorales, en los que ejerzan su corresponsabilidad como laicos y miembros vivos de la Iglesia.
.
7. El testimonio de la Iglesia diocesana: el Sínodo.

 En mi carta pastoral convocando el sínodo diocesano, ahora ya
con la primera fase en marcha, afirmaba: Nuestra Iglesia diocesana, que peregrina en un amplio espacio de la comunidad gallega, “aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). El Espíritu Santo la constituye como cuerpo de Cristo mediante la Palabra y los sacramentos, la reúne en la diversidad de carismas y ministerios y la hace “signo de la unidad íntima con Dios y la unidad de todo el género humano” (LG 1)13.

 Por eso hablamos, añado aquí. Tenemos que hablar. “La Iglesia que peregrina en Santiago vive y espera, reza y actúa con la única finalidad de dar a conocer a Nuestro Señor Jesucristo y su mensaje de salvación, que es plenitud de verdad y gracia para todos”14.

 Deseo, pues, y así si expresa en la oración para el Sínodo, que éste sea «acontecimiento de gracia y renovación»; que, afianzados en el Señor
como fundamento, y caminando en comunión, nuestra Iglesia muestre el
mundo, a nuestra sociedad, los signos y la Palabra que revelan el amor de Dios a todos sus hijos.

 La palabra Sínodo, camino en comunión, indica también que la tarea es común y que los métodos afectarán decisivamente a nuestro modo de
vivir, celebrar y testimoniar la fe. Para que el Sínodo lo sea de verdad, es
necesario que todos los diocesanos se sientan convocados a convertirse y
renovarse desde la presencia del Resucitado y su Palabra. Que, juzgados,
iluminados y purificados por ella, hagamos el discernimiento de los signos de
los tiempos, es decir, de la hora de gracia que nos toca vivir, y que la renovación nos lleve a mostrar nuestra fe. Nuestra vida, nuestro testimonio y nuestro anuncio han de brillar ante nuestros convecinos de modo que no puedan ignorar la ciudad construida en lo alto del monte.

 Mi apelación se dirige hoy especialmente a todos los seglares
que en las parroquias, en los movimientos, asociaciones y cofradías, viven su fe, como dijimos, como auténtico y gozoso encuentro con el Señor. Muchas veces hablamos de Dios y de Cristo, y los que nos escuchan no acaban de ver la alegría de la fe ni la belleza del encuentro con Él. Quizás mostramos
conocimientos, saberes, tradiciones y no mostramos la verdad del corazón, la
experiencia del encuentro.

 El Sínodo, en sus diversas fases, nos motivará para la oración compartida, para la reflexión en grupo, para el testimonio, el compromiso y la acción asumidos en comunión. Es, pues, indispensable que nos hagamos a la
idea de que seremos llamados a tareas de coordinación, de colaboración, de
acompañamiento de grupos. En este contexto, repito aquí de nuevo mi
esperanza, deseo y oración: “Por eso os convoco y animo a todos los cristianos de nuestra Iglesia diocesana para que os sintáis concernidos y corresponsables en este acontecimiento. Que no haya ningún cristiano, ningún grupo o institución que no se vea implicado ni sumergido en el dinamismo de este Sínodo diocesano” 15.

 Que nuestra madre María, maestra y discípula humilde en la
escucha y fidelidad a la Palabra del Señor, orante con la Iglesia en la
expectación de la efusión del Espíritu en Pentecostés, nos acompañe en este
camino de renovación. Y que nuestro apóstol y patrono Santiago interceda por nosotros para que en nuestra tierra los cristianos seamos, como él lo fue,
«testigos de la fe en el mundo».

 Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela

Mons. Julián Barrio Barrio
Acerca de Mons. Julián Barrio Barrio 156 Articles
D. Julián Barrio Barrio preside la Iglesia Compostelana desde el día 25 de febrero de 1996, fecha en que tomó posesión de la Sede para la que había sido nombrado por el Papa Juan Pablo II el día 5 de enero del mismo año. Cuando este evento se produjo, llevaba ya dos años con nosotros. Había llegado desde la Iglesia hermana de Astorga el día 7 de febrero de 1993 en pleno Año Jubilar, siendo consagrado en nuestra Catedral como Obispo Titular de Sasabe y Auxiliar de su antecesor. Desde octubre de 1994 hasta su nombramiento gobernó la archidiócesis como Administrador Diocesano. Nació en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora y Diócesis de Astorga, el 15 de Agosto de 1946. Cursó los estudios de Humanidades y de Filosofía en el Seminario Diocesano de Astorga. Distinciones: - Medalla de Honor de la Universidad en la Licenciatura de Historia de la Iglesia en la Facultad de Historia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1974). - Medalla de Oro en el Doctorado en la Facultad de Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1976). - Medalla de Oro de la Ciudad de Santiago y Título de Hijo Adoptivo. - Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Miembro de la Confraternidad de Nosa Señora da Conceçao. - Capellán Gran Cruz Conventual “Ad honores” de la S. O. Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. - Medalla de oro del Concello de Vila de Cruces. Premio de Santa Bona de la Ciudad de Pisa (Italia). Títulos Académicos: Es Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971), Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976) y Licenciado en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia, por la Universidad de Oviedo (1979). Publicaciones: - Félix Torres Amat (1772-1847), Un Obispo reformador, Roma 1977. - La Junta de ancianos de la iglesia de Gibraltar: Anthologica Annua. - Aportación para un epistolario de Félix Torres Amat: Anthologica Annua. - Proceso a un clérigo doceañista: Astorica. - 25 Años de Postconcilio en el Seminario: 25 Años de Ministerio episcopal en la Iglesia Apostólica de Astorga, Astorga 1993. - La formación de los sacerdotes del mañana, (1989). - Peregrinar en Espíritu y en verdad. Escritos Jacobeos (2004). - Peregrinando en esperanza. Lectura creyente de la realidad actual (2007). Cargos: - Bibliotecario del Instituto Histórico Español, anejo a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma, de donde fue Becario. - Secretario de Estudios y Vice-Rector del Seminario Mayor Diocesano de Astorga (1978-1980). - Rector del Seminario Mayor Diocesano y Director del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario de Astorga (1980-1992). - Profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Mayor y de Historia de España en 3º de BUP y de Contemporánea en COU en el Seminario Menor (1980-1992). - Profesor de la UNED en la sección delegada de Valdeorras en A RUA PETIN (1991-1993). - Miembro del Consejo Nacional de Rectores de Seminarios (1982-1985). - Miembro del Consejo de Consultores del Obispo de Astorga. - Secretario del Consejo Pastoral Diocesano de la diócesis de Astorga (1991-1992). - Nombramiento de Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela el 31 de Diciembre de 1992. Ordenación episcopal el 7 de Febrero de 1993. Responsable de la sección de los Seminarios Mayores en la Comisión Episcopal de Seminario y Universidades de la Conferencia Episcopal Española. - Obispo Administrador Diocesano de la Archidiócesis de Santiago desde octubre de 1994. - Nombrado Arzobispo de Santiago de Compostela el 5 de enero de 1996, de cuya Sede toma posesión el 25 de febrero. - Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (1999-2005). - Miembro de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Marzo 1999…). - Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (Marzo 2005-2011). - Miembro del Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (2011…).