Testigos del resucitado

Mons. Atilano RodríguezMons. Atilano Rodríguez    Jesús, concebido por obra del Espíritu Santo, llevó a cabo la misión confiada por el Padre por la unción del mismo Espíritu. Después de ascender al cielo a la vista de sus discípulos, envía sobre ellos el Espíritu Santo Defensor. Desde entonces la Iglesia y cada uno de los cristianos, guiados y fortalecidos por los dones del Espíritu Santo, recibidos especialmente en el bautismo y la confirmación, somos impulsados a dar testimonio de Jesucristo, el Hijo de Dios, muerto y resucitado por la salvación de todos los hombres. 

La Sagrada Escritura, al narrar la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos el día de Pentecostés, afirma que desciende sobre ellos como un viento impetuoso o en forma de lenguas de fuego. Con esta metáfora, se quiere indicar la fuerza, el impulso, el poder de purificación y el dinamismo evangelizador que el Espíritu ejerce en todo ser humano, si no se cierra a la trascendencia y le abre las puertas del corazón. 

En nuestros días, a pesar de que bastantes bautizados pretenden cerrar las puertas de su corazón al Espíritu, sin embargo tenemos que agradecer a Dios el testimonio gozoso de tantos hermanos que, impulsados y fortalecidos por los dones del Espíritu, confiesan a Jesucristo como único Salvador en todos los continentes, incluso con la entrega de sus propias vidas. 

El testimonio de los mártires del siglo XXI tiene que ayudarnos a revisar nuestra fe, a confesarla públicamente y a dar gracias por este regalo inmerecido. Como los apóstoles de Jesús y los primeros cristianos después de Pentecostés, también nosotros recibimos el encargo de salir al mundo para ser testigos de la alegría y de la paz, de la verdad y del amor que el Espíritu derrama constantemente en nuestros corazones y que tanto necesitan los hombres de hoy. 

En todo momento hemos de actuar con la profunda convicción de que el Espíritu no sólo actúa en la Iglesia y en el corazón de cada cristiano, sino en el mundo y en el corazón de cada ser humano, aunque no sea consciente de ello. El Espíritu, que sopla donde quiere y como quiere, no tiene límites espaciales ni temporales en su actuación. Así nos lo recordaba el beato Juan Pablo II, cuando decía: “La presencia y la acción del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones” (RM, 28). 

Abramos nuestra mente y nuestro corazón a la acción del Espíritu para que purifique todo lo que está dañado en nuestro interior y para que nos empuje con fuerza a ser misioneros de la salvación de Dios, realizada en Cristo. En este día oremos también por los miembros de la Acción Católica  y de las restantes organizaciones laicales para que sean siempre fieles a la vocación y misión recibidas del Señor. 

Si queremos que la fiesta de Pentecostés sea un acontecimiento salvador para cada uno de nosotros y no se quede en un simple rito, debemos prepararnos interiormente, como lo hicieron los apóstoles, mediante la oración y la escucha humilde de la Palabra de Dios. María, la Madre de la Iglesia, ora con nosotros e intercede ante su Hijo por toda la humanidad. 

Con mi bendición para todos, feliz día de Pentecostés.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.