Padeció bajo el poder de Poncio Pilato

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez González    Todos los hechos de la vida de Cristo son salvíficos, tanto los dolorosos, como los gozosos y gloriosos. Toda su vida es oblación al Padre para hacer su voluntad, desde la Encarnación hasta la Ascensión al cielo. Pero el núcleo de la redención lo constituye el misterio pascual. En él la pasión, muerte y sepultura componen los misterios dolorosos. Éstos, a primera vista, pudieran parecer los más redentores. Reconduciendo la mentalidad del Antiguo Testamento sobre la eficacia de los sacrificios de sangre para redimir los pecados, dice la carta a los Hebreos 9,22: “No hay remisión sin efusión de sangre”.

Y más adelante: “En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo” (Hb 10, 5-10). No hay duda que el sufrimiento es eficaz para la redención. Sin embargo el problema del mal, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte, escandalizan y horrorizan al hombre actual que tiene una mentalidad hedonista. No le encuentra sentido al sufrimiento. Le parece algo cruel e inadmisible. Ya lo dice San Pablo: “Porque son muchos, y ahora os lo digo con lágrimas, que son enemigos de la cruz de Cristo” (Flp 3, 18).

El tema es profundo, peliagudo y denso. Por eso el mismo Jesucristo quiso preparar a sus discípulos, que iban a sufrir con él desde Getsemaní hasta el Calvario, haciéndoles gustar su gloria transfigurándose en el Tabor. Vieron “la gloria del Padre en su rostro” (2 Pe 2,17) y recordándolo no quedaron abatidos por el escándalo de la cruz. Así se manifiesta que el camino de la resurrección pasa por la cruz y que el sufrimiento sólo adquiere su auténtico sentido cuando se une al de Jesús y con la perspectiva del cielo.

PADECIÓ

Por tres veces anuncia Jesús a sus discípulos la pasión. “Iban de camino a Jerusalén, y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y le seguían con miedo. Tomó otra vez a los doce y comenzó a decirles lo que iba a suceder: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre El camino de la resurrección pasa por la cruz y el sufrimiento y sólo adquiere su auténtico sentido cuando se une al de Jesús,  con la perspectiva del cielo
será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará”
 (Mc 10, 32-34) A nadie le gusta el sufrimiento, por eso los discípulos iban retrasados y remisos y Jesús tirando de ellos hacia delante. Él tenía claro que lo que le iba a suceder era en obediencia a la voluntad del Padre. “Cristo, siendo Hijo, aprendió por experiencia, en sus padecimientos, a obedecer. Habiendo llegado así hasta la plena consumación, se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen” (Heb 5, 8-10).

Pero no es una obediencia ciega. Jesús es el justo, siervo doliente de Yavé, que sufre inocente. Es el hombre de dolores cuyas heridas nos sanaron (Is 52,13-53,12). Consciente y voluntariamente se abraza al sufrimiento para dar su vida por sus amigos. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). No se la quitan sino que la da (Jn 10, 18). La figura amable del Buen Pastor, tan usada por Jesús, define lo que ha hecho por nosotros. Él expone su vida, se la juega, la da por sus ovejas para que éstas tengan vida (Jn 10, 11-18).

BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO

Ante todo puede sorprender que aparezca el nombre de una persona en el credo, además no cristiana, Poncio Pilato. Sin embargo su papel es importante. Con este nombre se sitúa la redención en un tiempo y un espacio precisos. La obra de salvación de Jesucristo no es una leyenda sin fecha sino un acontecimiento real. Ocupa un lugar de la historia refrendado, no sólo por los evangelios que son sin duda libros históricos, sino por otros documentos de la época ajenos al cristianismo. Hay testimonios judíos y romanos. Cornelio Tácito, historiador latino, dedicó a Jesús una página en sus “Anales” (año 116 después de Cristo).

Pilato fue uno de los actores del juicio, a todas luces injusto, que se le hizo a Jesús. Fue un juicio religioso y político. Las autoridades religiosas lo acusaban de haberse llamado “Hijo de Dios” y las autoridades civiles de ser un Mesías, libertador y revolucionario contrario al César. Por eso comparece ante Caifás, sumo sacerdote, que considera su doctrina inadmisible y a Él un blasfemo; después ante el sanguinario Herodes que se burla de Él; y por dos veces ante Pilato, que lo considera en primera instancia inocente y después evade su responsabilidad lavándose las manos y entregándolo a los ejecutares de la muerte. Los acusadores son los escribas y fariseos que soliviantan a la gente. La turba especifica cómo ha de ser su muerte gritando: ¡Crucifícale! Los soldados romanos serán los ejecutores de la sentencia. El proceso de Jesús estuvo lleno de ilegalidades, no se tuvo en cuenta ni el derecho hebreo ni el derecho romano.

Pilato realiza un juicio que la historia lo ha calificado como el más injusto. La detención fue arbitraria, sin especificar los delitos; el juicio sumarísimo, sin defensa, con falsos testigos, sin lugar a ninguna apelación. El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 598) no quiere insistir en repartir culpabilidades entre los actores del juicio de Jesús. Más bien quiere hacer una reflexión provechosa para todos cuando afirma que son los pecadores de todos los tiempos quienes le crucifican. Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal “crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia”. (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, “de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria” (1 Co 2, 8).

+Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).