Cardenal Rouco: “Toda la vida de San Juan de Ávila fue una dedicación profunda, incansable y heroica al ministerio de la Palabra”

Mons. Rouco VarelaEn Madrid la Capilla del Seminario Conciliar acogió durante la mañana del pasado viernes 10 de mayo la celebración de una Eucaristía con motivo de la festividad del Patrono del Clero español, San Juan de Ávila. Organizada por la Vicaría Episcopal para el Clero, la Misa fue presidida por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio Mª Rouco Varela, acompañado por los Obispos Auxiliares de Madrid –monseñor Fidel Herráez, monseñor César Franco y monseñor Juan Antonio Martínez Camino, sj- y numerosos presbíteros.

En su homilía, el Cardenal señaló que “se puede proclamar a un sacerdote doctor de la Iglesia Universal porque lo ha ayudado a encontrar la verdad y a conocerla mejor. Y conociéndola mejor, simultánea y consecuentemente, a vivirla mejor”. En el caso de San Juan de Ávila, “nos encontramos con un hombre que enseñó la verdad, ayudó a conocerla y la vivió hasta el extremo de una fidelidad que la Iglesia reconoció y reconoce antes de su doctorado universal como la vivencia exacta de conocer la verdad. Conocer la verdad es conocer, al final de ese discurso vital, a Dios tal y como se nos ha revelado. La esencia de la verdad de Dios es que es amor, la esencia de la autenticidad de la respuesta del hombre es que ama o debe de amar como Cristo nos amó”.

Para el Cardenal, San Juan de Ávila “mostró esa enseñanza del amor, la ofreció a la Iglesia en un momento difícil de su historia; la ofreció con palabras, con un discurso teológico, con un lenguaje espiritual en términos de obras científicas o de carácter espiritual, a través de la relación directa e inmediata con muchas almas y muchos cristianos de distintas vocaciones que lo encuentran en sus cartas, reflexiones, pláticas espirituales… De algún modo, toda su vida fue una dedicación profunda, incansable y heroica al ministerio de la Palabra”.

“Juan de Ávila, prosiguió, es un apóstol de la verdad del Evangelio en sí mismo, un apóstol de las consecuencias de esa verdad del Evangelio para la conversión y la vivencia del ministerio sacerdotal”. Por ello, “hay que buscar, afirmar y vivir en la fe”. “No sólo los sacerdotes, sacramentalmente, ofrecen el amor de Cristo al hombre, sino que lo tienen que ofrecer dando testimonio de que viven así, que aman como Cristo les amó, y que ayudan al hombre a recoger y a reconocer esa gracia que transmiten como ministros de los sacramentos, de la presencia real de Cristo, para que los hombres puedan vivir amando como Cristo nos amó”. Así, apuntó, “San Juan de Ávila nos invita hoy a dar gracias a Dios por la gracia del sacerdocio recibido, por enseñarnos a conocer la verdad del sacerdocio profundamente, porque nos ayuda a vivir, nos permite apartarnos de los peligros que siempre acechan de negar la verdad de Dios, reducirla, y traer la experiencia de la caridad y del amor de Dios a las experiencias humanas del mundo”.

En referencia al vínculo que unía al santo con la Virgen, destacó que “era un gran devoto de la Virgen”. “En sus escritos se refleja ese amor a la Virgen, constantemente. Visitar su casa de Montilla -con sus cuadros, los objetos que en la historia ha conservado, etc.- es un gozo y una gracia, porque todo su mundo de devoción tiene en Ella un punto central. Ella le dio la humanidad a Cristo y, sin Ella, es muy difícil conservar la verdad de Dios, del hombre, del misterio pascual de Cristo, y la verdad de nuestro sacerdocio. Y, sobre todo, lo que es más difícil es vivir sin Ella”.

Concluyó encomendando a la Virgen “a los sacerdotes que han cumplido sus Bodas de Oro, que tienen muchas razones para dar gracias a Dios por su vida, y también a los que han celebrado los 25 años de sacerdocio, a los sacerdotes recién ordenados, y a los que ya vamos caminando hacia las bodas que Dios quiera”.

Después de la Eucaristía dio comienzo una comida fraterna, en la que se hizo entrega de un recuerdo a todos los sacerdotes que celebran el XXV y L aniversario de su ordenación.

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