A los sacerdotes, a las comunidades de vida consagrada, a las comunidades y movimientos eclesiales, a las hermandades y cofradías y a todos los fieles cristianos de la Archidiócesis

 javier-martinez-fernandezMons. Javier Martínez    Mis queridos hermanos: 

1. Dejadme antes que nada desearos a todos, como hemos pedido en la oración de la Eucaristía de hace unos días, “que los dones recibidos en esta Pascua den fruto abundante en toda nuestra vida”. El Misterio Pascual “consuma” la Encarnación del Hijo de Dios, por el que Jesucristo desciende hasta nosotros, y hasta el abismo más profundo de nuestra humanidad —nuestra muerte—, y se une a nosotros también allí, para revelar así su “amor más fuerte que la muerte”, y para sembrar en nuestra carne mortal su Vida Divina. Esa siembra la hace entregándonos su Espíritu Santo, su mismo principio vital, su misma Vida de Hijo de Dios. Y ese Don inmenso es el “admirable trueque” o intercambio del que también habla la liturgia en este tiempo Pascual, y que constituye el centro mismo de la fe cristiana: el Señor de todo se une a nosotros, y de nosotros recibe nuestra condición mortal y carga con nuestros pecados, para que nosotros podamos revestirnos de Él, y así vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios, y poseer ya aquí las primicias de la Vida eterna. 

Parte I: La convocatoria del Papa, la Eucaristía y la Iglesia.

2. Como tal vez ya sepáis, el Papa Francisco, con motivo del Año de la fe,  ha convocado a toda la Iglesia a un gesto único: que en la tarde del domingo 2 de junio, día en que la mayor parte de la Iglesia Católica celebra la solemnidad del Corpus Christi, y a la misma hora, todos los católicos del mundo nos unamos en un gesto unánime de comunión con el Señor, y también de comunión con el Vicario de Cristo, con todo el Colegio Episcopal, y con toda la Iglesia extendida por toda la tierra, en una hora de adoración al Santísimo Sacramento.

Ese gesto tendrá lugar el día 2 de junio desde las 17.00 a las 18.00 horas, hora de Roma, y se hará simultáneamente en todas las catedrales del mundo, y también a la vez en todas aquellas parroquias e iglesias de cada diócesis en las que sea posible. Como nuestro horario es el mismo que el de Roma, en la diócesis de Granada —al menos en la catedral y en todas aquellas iglesias en las que sea razonablemente posible—, la adoración se hará también desde las 17.00 a las 18.00 horas. En la catedral habrá posteriormente, a las 18.30, la celebración habitual de la Eucaristía, y después tendrá lugar la tradicional procesión del Corpus por el barrio del entorno de la Catedral.

3. El gesto al que el Papa nos ha convocado es una forma preciosa de hacer visible la comunión de la Iglesia como pueblo de Dios y como esposa y cuerpo de Cristo, esto es, como realidad humana social que tiene una configuración del todo peculiar, configuración que nace del don del Espíritu Santo y de la forma específicamente eucarística que Cristo ha querido darle. Por estas dos características, este pueblo constituye una comunidad única, que se extiende por toda la tierra, y está dotada de una unidad que desborda y es más profunda que cualquier otra agrupación social, política, económica, lingüística, racial o cultural.

Pero la unidad que caracteriza a la comunidad eclesial es una unidad diferente a como la concibe el mundo, de la misma manera que la comunidad eclesial es diferente a otras comunidades que son obra de los hombres. Y los modos de vida que expresan las relaciones de unos con otros en la Iglesia, igual que las categorías que rigen esas relaciones, son también (y deben ser) diferentes a las categorías que rigen a las organizaciones y a las agrupaciones meramente humanas. Porque, por ejemplo, en las comunidades y organizaciones que son obra de los hombres, una categoría fundamental es la de poder, en cuanto poder coercitivo y poder de decisión: el centro está donde reside el poder, la pertenencia está en proporción directa con la proximidad al poder, y el todo es siempre más que las partes.

Vale la pena notar, como un paréntesis, que esto no puede aplicarse tal cual a la familia, y no puede aplicarse porque la familia no es nunca una mera construcción humana. La familia basada en el matrimonio de un hombre y una mujer forma parte del designio de Dios desde la creación, que está toda ella orientada ya desde el principio a la redención y al mundo de la gracia. Por eso una familia sana se parece en tantas cosas a la Iglesia, y en tantas cosas anticipa ciertos rasgos que sólo se iluminan en plenitud desde Cristo. La verdad es que, desde Cristo, y sobre todo desde esa síntesis y esa actualización del misterio de Cristo que es la Eucaristía, no sólo la familia se convierte en Iglesia doméstica, es decir, lugar de la presencia y de la salvación de Cristo, sino que también se descubre cómo todas las otras comunidades humanas, laborales, económicas o políticas, están llamadas a transfigurarse y a expresar en el mundo —en sus categorías de comprensión de la realidad, en sus modos de vida—, la novedad de Cristo, la vida que Cristo nos da.

 4. Pero volvamos a esa comunidad peculiar —en realidad, única— que es la Iglesia. De nuevo, por ser obra del Espíritu Santo y por su estructura eucarística, las categorías fundamentales que permiten comprenderla y los modos de vida que la caracterizan no son las de las organizaciones humanas. En la Iglesia, en cierto modo, el centro no está en el centro sino en la periferia, allí donde tiene lugar la transformación de cada hombre y de cada mujer por el encuentro con Cristo. Y el todo no es más que las partes, pues el todo —Cristo y el don de su Espíritu— está entero en la más humilde de las celebraciones de la Eucaristía en el rincón más perdido del mundo. Y la categoría y la lógica que rige las relaciones humanas en la Iglesia no es la del poder coercitivo o la de la imposición, sino la del amor que da la vida, como Cristo, por la vida de los hermanos.

 En efecto, en el seno de la comunión de la Iglesia (comunión de fe y de amor, de la que el Papa es garante), en cada Iglesia particular se realiza entero ese misterio de salvación del que la Iglesia universal es signo e instrumento. Más aún, en cada altar en el que se celebra válidamente la Eucaristía está Cristo enteramente (y no sólo un fragmento o un aspecto). Y lo mismo puede decirse de cada creyente en cuanto vive con verdad y sencillez la realidad que proclama la fe: cuando comulgamos en el Cuerpo de Cristo no recibimos un “trozo” de Cristo, sino a Cristo. Y no hay un Cristo para cada uno, sino que todos recibimos y nos unimos al mismo Cristo, todos recibimos la misma vida. Y a quien acoge en su vida a Cristo, Cristo le acompaña en todos los momentos de la vida, y cada uno puede decir, como San Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2, 20). Por eso cada cristiano es realmente miembro de Cristo, y por eso también es verdad que somos “miembros los unos de los otros” (Romanos, 12, 5).

Cada uno de nosotros, en efecto, somos verdaderamente portadores de Cristo y de su amor infinito a nosotros y al mundo (y de nuevo, no de una parte o de un aspecto), y a la vez, todos juntos hacemos visible, en medio de este mundo lleno de conflictos y de divisiones, la unidad que es la vocación del género humano, el anticipo de la Jerusalén del cielo.

5. El gesto al que el Papa nos convoca es también un modo muy concreto de proclamar que Jesucristo es el centro de la vida de la Iglesia: es “el único nombre que se nos ha dado bajo el cielo para que podamos ser salvos” (Hechos 4, 12). Es decir, Él y la vida que Él nos da —la vida “en Él”—, son la gracia que hace posible un modo nuevo de vivir nuestra humanidad en todas las dimensiones de la vida, el único modo verdaderamente alternativo a los modos de vida y a las categorías “del mundo”, cada vez más clamorosa y notoriamente destructivos de lo humano. Por todo ello también se hace más evidente que en la “gracia de Nuestro Señor Jesucristo y en la comunión del Espíritu Santo” ( 2 Corintios 13, 13) está la única esperanza de una humanidad verdadera.

6. Por último, ese gesto de adoración, unidos a lo largo y ancho del mundo, es también un modo de hacer visible el modo particular de entender las relaciones humanas, nuestras conexiones entre nosotros y nuestra relación con el mundo, que se derivan de la naturaleza sacramental y eucarística de la Iglesia. Pues, en efecto, siempre que se celebra la Eucaristía, en cada altar, en cualquier rincón de la tierra, en comunión con el Obispo y con el Papa, ese altar se convierte en el centro del mundo y de la historia, por la presencia viva y misteriosa de Cristo Salvador. Y allí mismo sucede que se consuma realmente el ofrecimiento y el don a los hombres de su vida nueva. El tiempo y el espacio se “rompen” en cierto modo, se transfiguran, o mejor, se configuran de un modo distinto, más propio del cielo que de la escasez y de la contingencia de la tierra. Es lo que expresa el canto del Sanctus en cada Eucaristía, y es lo que hace posible que el hombre que está a mi lado celebrando esa Eucaristía, aunque sea de una cultura y tenga una lengua que tal vez no entiendo, o de una clase social que no es la mía, es parte de mí (y yo parte de él) de un modo más profundo y con unos lazos más firmes que los que me unen por la sangre y el parentesco, por el pueblo en el que hemos nacido, por la empresa en la que trabajo o por  la comunidad política de la que formo parte.

7. Sé muy bien que algunos de estos aspectos del hecho de ser cristianos que acabo de mencionar no los vivimos sino muy pobremente: a veces no los vivimos en absoluto. A veces nos resultan sumamente extraños, o los tenemos apartados de nuestra conciencia, porque no creemos con sencillez que puedan ser verdad, o que los podamos verdaderamente vivir. A veces esa extrañeza nace de que estamos de tal manera “colonizados” por la cultura del capitalismo global en la que vivimos que no somos siquiera capaces de imaginar nada diferente, o de percibir los aspectos en los que esa cultura choca frontalmente con aspectos centrales de la tradición cristiana. La dificultad de emitir un juicio verdaderamente libre sobre nuestra situación presente es un signo a la vez, del peso que tienen en nuestra mente y en nuestro corazón las ideologías dominantes, y de la debilidad o hasta de la impotencia de nuestra fe a la hora de vivir las cosas de la vida, o de hablar de ellas.

8. Dejamos ver con frecuencia esa fragilidad de nuestra fe cuando hablamos de “la utopía del evangelio”, o de “los ideales cristianos”. Pero precisamente por eso, un gesto como el que nos propone el Papa puede ayudarnos —no de una manera automática ni mágica, ciertamente, sino desde nuestra libertad y desde la súplica sincera a Aquél para quien “nada hay imposible”—, a abrir más nuestra mente y nuestro corazón a esos aspectos de la fe que acaso tenemos empolvados o relegados al olvido, y que posiblemente tienen que ver con carencias que tenemos —y que todos percibimos—, en nuestro sentido de pertenencia y de comunión, en nuestra caridad y en nuestro celo misionero.  

Parte II: Disposiciones prácticas

Con el fin de que el mayor número posible de fieles puedan unirse a este gesto, tanto en la catedral como en las parroquias y en otras iglesias, me parece conveniente dar algunas indicaciones prácticas que pueden servir de ayuda para el gesto de esa adoración del Santísimo Sacramento, junto con el guión de la celebración que será facilitado por la Santa Sede:

1. Aquellos sacerdotes que tienen que atender las parroquias de varios pueblos, y les coincidan varias celebraciones, e incluso la procesión litúrgica del Corpus, el mismo día 2, pueden celebrar en algunas de ellas la solemnidad del Corpus Christi en los días anteriores, a partir del miércoles, incluso con sus respectivas procesiones si lo consideran pastoralmente útil, de forma que se descargue el día 2 y los fieles puedan participar con su sacerdote en este gesto en el lugar que el párroco haya considerado más adecuado y oportuno. Sería bueno que los sacerdotes inviten, en cualquier caso, a los fieles de los distintos lugares a unirse con él en la adoración donde él haya estimado más conveniente.

2. Evidentemente, donde haya un cierto número de fieles que quisieran unirse a la adoración y no pudieran contar con la presencia de un sacerdote, el sacerdote podrá designar a una o varias personas que guíen la adoración, aunque no se haga la exposición del Santísimo.

3. Evidentemente, no se debe celebrar ninguna Eucaristía en ningún lugar de la diócesis a la hora de esa adoración, excepto si en algún caso circunstancias pastorales verdaderamente graves lo requieran, a discreción del propio párroco.

4. Las comunidades religiosas de vida contemplativaindependientemente de cuál sea el estatus de su oratorio o capilla (iglesia abierta habitualmente a la participación de los fieles, oratorio público o privado), pueden y deben unirse al gesto, haciendo uso si es necesario, por ausencia de un sacerdote, de la condición de una hermana que sea ministro extraordinario de la eucaristía para la exposición del Santísimo, del modo autorizado por la Iglesia para los ministros extraordinarios.

5. En los pueblos, en cambio, en los que haya varias iglesias o varias parroquias, los sacerdotes, de común acuerdo, pueden determinar si es más conveniente al bien de los fieles el hacer la adoración en cada parroquia o sólo en una que por uno u otro motivo —tamaño o situación o valor simbólico del templo—, de manera que se  hiciera visible en el pueblo un gesto de comunión

6. Sería deseable que las comunidades religiosas de vida activa con casa en la ciudad de Granada que no tengan una Iglesia u oratorio en el que haya habitualmente culto público se unieran al gesto, bien en la parroquia, bien en la Catedral.

7. Las comunidades, movimientos y realidades eclesiales que tengan su sede habitual en una parroquia es normal que lleven a cabo la adoración en su parroquia correspondiente. Con respecto a la ciudad de Granada, cuando el hecho de hacer la adoración en la parroquia haga imposible o dificulte la participación de todos los fieles en el gesto, es conveniente que se distribuyan:  y quienes no vayan a hacerlo en la parroquia o en otra Iglesia habitualmente abierta al culto, deben venir a la catedral, como iglesia que es madre y cabeza de todas las iglesias en la archidiócesis de Granada.

8. Las hermandades y cofradías, como es obvio, y de acuerdo con sus respectivos consiliarios, pueden celebrar la adoración en sus parroquias o en sus templos, si disponen de sacerdote.

 Pido al Señor que este gesto pueda ser fecundo para una mayor conciencia de lo que significa la presencia viva de Cristo en nuestro mundo, y para un florecer de la vida y de los dones del Espíritu Santo en nuestra Iglesia.

En Granada, a 10 de mayo del año 2013.

Os bendigo a todo de corazón.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Mons. Javier Martínez
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“La verdad de la fe está unida a la marcha histórica del Pueblo de Dios a partir de Abraham hasta Cristo, y desde Cristo a la Parusía. Por consiguiente, la ortodoxia no es el asenso a un sistema, sino la participación en la marcha de la fe y, por ello, en el Yo de la Iglesia, que subsiste una a través del tiempo y que es el verdadero sujeto del Credo”. Cardenal Joseph Ratzinger Presentación de la Editio Typica del Catecismo de la Iglesia Católica Roma, 14 de Octubre de 1997. Esa participación en el Yo de la Iglesia, y en ella de la plenitud de los bienes de la redención de Cristo, como bienes contemporáneos nuestros, y destinados a los hombres, es la que es garantizada por la sucesión apostólica. Sólo desde esta realidad de la sucesión apostólica se comprende el ministerio apostólico del Obispo, Sucesor de los Apóstoles y representante de Cristo en la Iglesia Particular a él confiada, en comunión con el Colegio Episcopal y con el sucesor de Pedro, “vínculo de la unidad en la fe y en la caridad de toda la Iglesia”. D. Javier nació en Madrid el 20 de diciembre de 1947, hijo de padres asturianos. Sus padres, Francisco y Pilar, fueron a Madrid muy jóvenes, con menos de veinte años, para abrirse camino en la vida. Inició sus estudios en un colegio laico del barrio de Argüelles, el colegio “Decroly”. Ingresó en el Seminario de Madrid en 1959, siendo ordenado sacerdote el 3 de abril de 1972. Ejerció su primer ministerio pastoral en Casarrubuelos, una pequeña población al Sur de Madrid, hasta finales de 1974. En esos primeros años de ministerio comenzó su trabajo con grupos de jóvenes, colaborando a la recreación en Madrid de la Acción Católica General de Jóvenes, y también en la Escuela Diocesana de Cursillos de Cristiandad. Estando en Casarrubuelos, obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Comillas en 1973, con el tema de la memoria de licencia “Los orígenes de la tradición evangélica según la escuela escandinava”. Poco después, sería destinado al estudio: primero como becario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1975-77), para trabajar sobre el tema “El Hijo del Hombre. Contribución al estudio del sustrato arameo de los Evangelios”, y luego en el extranjero: tras un semestre en Alemania (Sankt Georgen, Frankfurt a. M.), estudió un año en la Escuela Bíblica Francesa de Jerusalén (curso 78-79) y, finalmente, hizo filología semítica en la Universidad Católica de América, en Washington, DC, donde permaneció desde el verano del 79 hasta febrero del 85, y donde se especializó en lengua y literatura siríaca. Allí fue profesor adjunto a la cátedra de siríaco, y obtuvo el doctorado con una tesis sobre la apocalítica cristiana en Oriente en el período del surgir del Islam. Durante todos estos años, no deja de trabajar pastoralmente, sobre todo con jóvenes. Ya en 1975, junto con otros jóvenes sacerdotes, pone en marcha unos campamentos para jóvenes en los Picos de Europa, y unos cursos de verano para formación de jóvenes en Ávila. También junto con esos sacerdotes, crea la asociación cultural “Nueva Tierra”, para educar a los jóvenes a un testimonio culturalmente significativo de su fe. Durante su estancia en Alemania, a través de un joven jesuita de Frankfurt, conoce el Movimiento “Comunión y Liberación”, que estaba por entonces empezando también en España, y al que se terminarían uniendo gran parte de los sacerdotes y de los jóvenes de la Asociación “Nueva Tierra”. Incluso en los años de estudio en el extranjero, durante los veranos, sigue organizando los campamentos y los cursos de formación de Ávila. Su nombramiento como Obispo Auxiliar de Madrid se hizo público el 20 de marzo de 1985, apenas regresado de Estados Unidos. Fue ordenado Obispo el 11 de mayo de 1985. Como Obispo auxiliar, se ocupó sobre todo de la Pastoral Universitaria y de Juventud, y del Centro de Estudios Teológicos “San Dámaso”. Fue profesor de ese mismo Centro, y también en el Instituto Diocesano de Filología Clásica y Oriental "San Justino", cuya creación impulsó. En Madrid, trabajó también en las áreas de Enseñanza, Catequesis, Familia y Medios de Comunicación Social. El 15 de marzo de 1996 fue nombrado por el Santo Padre Obispo de Córdoba, e inauguró su ministerio el 18 de mayo de 1996. El 15 de marzo del 2003 se hizo público su nombramiento como Arzobispo de Granada, e inauguró su ministerio en Granada el 1 de junio de ese mismo año. Al llegar a Granada, entre las iniciativas que D. Javier ha puesto en marcha desde el año 2003, figura la creación del Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano / Internacional Center for the Study of the Cristian Orient (ICSCO). El Centro ofrece cursos de algunas lenguas del Oriente cristiano, así como viajes a los países en los que se conservan las tradiciones cristianas de Oriente y las comunidades que las transmiten. Este centro se instalará en su día en la Abadía del Sacro Monte, que es su lugar natural. En septiembre de 2008, ICSCO organiza, junto con dos universidades libanesas, dos importantes congresos internacionales: el X Symposium Syriacum y el VIII Congreso Internacional de Estudios Árabes Cristianos. También ha creado el Instituto de Teología “Lumen Gentium” y el Instituto de Filosofía “Edith Stein”. El Instituto de Teología “Lumen Gentium” está afiliado a la Facultad de Teología de “San Dámaso”, de Madrid. En él se forman los seminaristas de la Diócesis, y está abierto a otras personas interesadas en el estudio de la Teología. El Instituto de Filosofía “Edith Stein” quiere ser un lugar de estudio y de redescubrimiento de la Filosofía, según las orientaciones de la encíclica Fides et ratio, y también un lugar de creación y difusión de pensamiento cristiano en el mundo actual. En el año 2005, el Instituto de Filosofía “Edith Stein” organizó un encuentro en el que participaron unas 30 figuras relevantes del pensamiento teológico anglicano y protestante anglosajón (entre ellas, sobre todo, John Milbank y Stanley Hawervas), y en el 2007, un congreso organizado en colaboraboración con el Center for Filosophy and Theology, de la Universidad de Nottingham (Reino Unido), sobre el tema Belief and Metaphysics. Las actas de este congreso han sido ya publicadas en la colección Veritas de la editorial SCM de Londres. Y, de hecho, en este congreso participaron alrededor de 130 personas de todo el mundo. Igualmente, D. Javier ha creado la Editorial “Nuevo Inicio”, que publica obras de pensamiento cristiano, y el Centro Cultural Nuevo Inicio, que sirve a una mayor conciencia de lo que significa una cultura cristiana, y quiere ayudar desde la fe a iluminar las realidades de la vida y la cultura contemporáneas. En la Conferencia Episcopal ha sido miembro de las Comisiones de Enseñanza y Catequesis, de Medios de Comunicación Social, de Doctrina de la Fe, y de las Subcomisiones de Universidades y de Familia. Desde 1989 hasta 1993, fue miembro del Consejo Pontificio para el Diálogo con los no creyentes, y desde 1993 hasta 1998 ha sido miembro del nuevo Consejo Pontificio de la Cultura, que sustituyó al anterior. Desde 1998 es miembro del Consejo Pontificio para los Laicos. En la Asamblea de los Obispos de las Provincias Eclesiásticas de Granada y Sevilla ha sido el Delegado para la Pastoral Social y de la Salud hasta diciembre del año 2000, y para la Catequesis hasta octubre de 2005. Ha participado en diversos Congresos internacionales relacionados con el Cristianismo Oriental o con los Padres de la Iglesia (Chicago, Varsovia, Gröningen, Leuven, Catania, Lyon). Es también miembro de distintas asociaciones científicas y culturales, entre las que destacan la International Association for Coptic Studies, desde 1984, AEDOS (Asociación para el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia), fundada en 1989, miembro del Honorary Commitee del Europe-Near East Centre “Terrasanta” de Bari, fundado en 1990, miembro del Comitato Scientifico Internazionale de la revista “La Nueva Europa”, publicada por el Centro Russia Cristiana de Milán, desde 1992, miembro de la Association Internacional d’études patristiques, desde 1992, y miembro del Comitato Promotor de la revista al-Waha (Studium Marcianum, del Patriarcado de Venecia). Desde hace años, y en la medida en que sus responsabilidades pastorales se lo permiten, trabaja en la traducción española de las obras del Doctor de la Iglesia San Efrén de Nisibe.