Nació de Santa María Virgen

Mons. PérezMons. Francisco Pérez     El nombre de María en el credo trae a la mente la doctrina que afirmamos sobre ella, los privilegios que tiene y el culto que le tributamos. Es una doctrina perfectamente definida en el Concilio Vaticano II donde queda insertada dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia. En ese lugar está la grandeza de María.

Las primeras páginas de la Biblia ya anuncian que Dios no iba a dejar abandonado al hombre desobediente y expulsado del paraíso. Desde entonces ya deja un rayo de luz y una puerta abierta a la esperanza cuando maldice a la serpiente: “establezco hostilidades entre ti y la mujer y entre tu estirpe y la suya; -y prometiendo-ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gn 3, 15). Más adelante Isaías anunciará: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel.” (Is 7, 14)

Las promesas de Dios comenzaron a cumplirse en la Concepción Inmaculada de María. Todos los misterios de María son consecuencia de su misión para ser Madre de Jesucristo, Hijo de Dios. Ante todo confesamos que María fue preservada del pecado original, con el que nacemos todos los seres humanos, en el momento de su concepción. Por eso la llamamos Inmaculada.

En la teología y en la liturgia María siempre fue invocada como Madre de Dios. Esta verdad se refrenda en la Escritura, el magisterio de la iglesia en los concilios, la tradición y la oración. El ave María, la oración mariana por excelencia afirma todo lo que creemos sobre María. El Concilio Vaticano II recoge toda la doctrina de los siglos y pone a María en su lugar al dedicarle el capítulo VIII de la constitución dogmática de la Iglesia (LG 52-69).

El momento culminante de María es el nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, en Belén. San Lucas narra la escena con una ternura inigualable: “dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 7). Dice el Papa Benedicto XVI en la porta fidei: “Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad” (11).

María al ser Madre de Dios se convierte en ‘Madre de la Iglesia’ y en madre nuestra. Los fieles cristianos la honramos con un culto lleno de veneración, amor y ternura. Profesar el credo sobre María, en este año de la fe, tiene un sentido especial que es necesario subrayar y hacer vivir. La contemplamos ensalzada, llena de gracia, la más excelsa de todas las criaturas.

La iglesia, basada en la Sagrada Escritura, en la tradición y en el magisterio de todos los siglos, ha ido explicitando la doctrina sobre María con los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción de María al cielo. Estos dogmas están basados en el dogma fundamental de su Maternidad Virginal de Jesucristo Hijo de Dios. El papa Pío IX, en 1854 definió con la bula ‘Ineffabilis Deus’ “que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano”. Así mismo Pío XII el 1 de noviembre de 1950 en la bula ‘Munifentissimus Deus’ declaró ser dogma de fe “que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.”

Dos encíclicas sobre la doctrina y culto a la Virgen María merecen especial atención. La primera, la “Marialis cultus” de Pablo VI desarrollando la doctrina del Concilio Vaticano II. La titula diciendo que es para “la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María”. En ella se sitúa el culto a María en el lugar adecuado. Afirma que Cristo es el único mediador, pero María siempre está a su lado como intercesora y mediadora. Ella siempre nos lleva a Jesús. Al repasar todas las fiestas litúrgicas en su honor, las novenas, advocaciones y devociones particulares invita a todos a tener un equilibrio de modo que se superen las exageraciones movidas por el sentimiento. Esta encíclica ha conseguido una renovación muy positiva de la piedad mariana porque se han revisado y creado ejercicios y prácticas siguiendo algunas orientaciones de carácter bíblico, litúrgico, ecuménico y antropológico.

El beato papa Juan Pablo II, gran devoto de la Virgen María, nos regaló la encíclica “Redemptoris Mater.” Reitera toda la doctrina conciliar sobre María. Repasa su vida presentándola como centro de la Iglesia peregrina que, como Ella, va superando la noche oscura de la fe, realizando una mediación materna en Cristo. Invita a llamarla Madre de la Iglesia y madre nuestra, de modo que la vida de cada discípulo de Cristo tenga una dimensión mariana imitando sus virtudes. La ve maternalmente presente y partícipe en los múltiples y complejos problemas que acompañan hoy la vida de los individuos, de las familias y de las naciones; la ve socorriendo al pueblo cristiano en la lucha incesante entre el bien y el mal, para que “no caiga” o, si cae, “se levante” (RM 52).

El tercer artículo del credo tiene una repercusión decisiva en la vida cristiana. La Santísima Trinidad se hace presente actuando en la obra de la redención humana. El Padre inicia el comienzo del cumplimiento de las promesas de salvación enviando al ángel de la Anunciación. El Espíritu Santo cubre con su sombra a María en la Encarnación. El Hijo eterno se hace hombre y habita entre nosotros. Todo sucede teniendo a María como punto de referencia. Por eso, con razón es honrada con el título de Madre de Dios, “a cuyo amparo los fieles en todos sus peligros y necesidades acuden con sus súplicas” (RM 42).

Iniciamos el mes de mayo, dedicado a la Virgen María. Invito a todas las familias que dediquen un tiempo durante la jornada y todos juntos en unión rezando con devoción el santo Rosario. Basta, con apagar, la TV y dedicar un cuarto de hora al día a dirigirse a la Virgen María. Las gracias serán abundantes. Tal vez se piense que es algo pasado de moda. ¡Ni por asombro! Muchas familias estarían más unidas y muchos fantasmas desaparecerían; viviríamos mucho mejor nuestro estado de vida y nuestra vocación. Seríamos más felices y haríamos más felices a los demás. La Virgen nos espera.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).