Las dos tinajas

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella    Un vendedor de agua repetía cada mañana el mismo ritual: colocaba sobre sus hombros un aparejo que tenía, y a cada punta del aparejo amarraba una tinaja. Después bajaba al río, llenaba las dos tinajas y regresaba a la ciudad para entregar el agua a los clientes. 

Pero una de las tinajas tenía muchas grietas y dejaba filtrar mucha agua. La otra tinaja era nueva y estaba muy orgullosa de su rendimiento, ya que su dueño obtenía mucho dinero con la venta del agua que llevaba.

Al cabo de un tiempo, la pobre tinaja agrietada fue acomplejándose y sintiéndose inferior a la otra. Tanto, que un día decidió hablar con su patrón para decirle que la abandonara, por ser ya casi inservible.

– ¿Sabes? -le dijo muy triste- soy consciente de mis limitaciones. Yo sé muy bien que conmigo tú dejas de ganar mucho dinero, pues soy una tinaja llena de grietas y, cuando llegamos a la ciudad, estoy prácticamente medio vacía. Ya no hay nada que hacer. Por eso te pido que perdones mi debilidad. Compra otra nueva que pueda hacer mejor el trabajo y abandóname a mí en el camino. Ya no sirvo.

– Muy bien -le contestó el dueño-; pero ya hablaremos con más calma mañana.
Al día siguiente, de camino hacia el río, el vendedor de agua se dirige a la pobre tinaja agrietada y le dice:

– Fíjate bien en la orilla de la carretera y dime lo que ves.

– Nunca me había fijado -respondió la tinaja agrietada-, pero, en honor a la verdad, debo decir que estoy viendo el borde de la carretera lleno de flores. ¡Es algo muy hermoso!

– Pues bien, mi querida tinaja -repuso el vendedor-, quiero que sepas que si las orillas de la carretera son como un bello jardín es gracias a ti, ya que eres tú quien las riega cada día cuando regresas del río. Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que tú dejabas filtrar mucha agua. Entonces yo compré semillas de flores de toda clase y, de camino hacia el río, una mañana las sembré en la orilla de la carretera; y tú, al regresar del río, sin saberlo y sin quererlo, estuviste regando mi siembra. Y así todos los días, gracias a tus grietas, muchas semillas nacieron, los botones se abrieron, y cada día gracias a ti puedo cortar unas flores, preparar un ramillete y ofrecérselo al Creador.
Y el buen hombre, inclinándose sobre el camino, comenzó a escoger las mejores flores del día para ofrecérselas al Hacedor de todo.

Y esta vez la tinaja regó aún mejor el camino con el agua que se perdía de entre sus grietas y la que brotaba agradecida de sus ojos.

Este cuento tan simpático nos puede servir estupendamente bien para reflexionar acerca de la bondad de todo lo creado. Dice el libro del Génesis que “Dios llamó a lo seco tierra y a la masa de las aguas llamó mar, y vio Dios que era bueno. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla y árboles que daban fruto, y vio Dios que era bueno. Y dos lumbreras, una para el día y otra para la noche, y las estrellas, y vio Dios que era bueno”. Y concluye el capítulo 1º del Génesis diciendo: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”.

Las dos tinajas del cuentecillo son buenas, útiles, sirven: la primera porque cumple su cometido a la perfección y de hecho trasporta el agua del río a los usuarios; la otra también, porque a través de sus grietas resbala un agua que fecunda las flores de la cuneta de la carretera. ¿Qué pasa con las personas que viven a nuestro alrededor? Que todas son útiles, sus vidas tienen sentido. De hecho tienen muchas virtudes – han sido hechas a imagen y semejanza de Dios – y algún defecto. San Pablo en sus cartas nos recuerda a menudo los carismas y dones con que todos en la Iglesia están dotados. Y así, los hay que son apóstoles, otros son profetas, los hay también maestros, otros gobiernan. No todos hacen ni sirven para lo mismo, pero todos sirven.

Esto vale también para el día a día de nuestros semejantes. Todos, hombres y mujeres, están dotados para amar, ayudar, servir a los demás. Unos con su trabajo intelectual, otros con su disposición manual. Unos tienen vocación de médicos o de maestros, de políticos o de abogados; y los hay con vocación de albañiles o de mecánicos, de enfermeros o dependientes.

La pregunta que debemos hacernos con frecuencia es la siguiente: ¿Me siento yo una persona útil a los demás y considero asimismo útiles a mis semejantes? ¿Con qué criterio valoro yo la utilidad de los demás? Quiero recordar cómo el Beato Juan Pablo II, la primera vez que vino a España, allá por el año 1982, dijo en Madrid que “la familia es la única comunidad de vida y de amor donde cada uno es querido por sí mismo, y no por el placer o la utilidad que producen”. Este es el único criterio válido para juzgar a las personas.

Si vemos en ellas las virtudes que con seguridad todas tienen, ya no veremos sus defectos con tanta intensidad, por la sencilla razón de que las habremos puesto en su verdadero sitio, el sitio en el que Dios, el supremos Hacedor, las ha puesto. Así, nunca nos equivocaremos y, sobre todo, siempre pensaremos bien.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.