A los 50 años de una Gran Encíclica

Gil_HellinMons. Francisco Gil Hellín      A principios de la década de los sesenta del siglo pasado, la situación del mundo era muy preocupante. Después de las dos guerras mundiales, se habían consolidado sistemas totalitarios y demoledores, el mundo estaba dividido en dos bloques, acababa de levantarse el muro de Berlín, la crisis de los misiles en Cuba había colocado al mundo al borde de una guerra nuclear, Juan XXIII tenía un cáncer muy avanzado y la Iglesia padecía “la mayor persecución que la Historia haya conocido jamás” (Juan Pablo II). La paz parecía imposible. Sin embargo, Juan XXIII veía rayos de luz en el horizonte. Eso explica que, a pesar de ser consciente de que le quedaba poco tiempo de vida, en diciembre de 1962 mandó redactar el borrador de una encíclica cuyo argumento era la paz, en la que aparecieran no sólo argumentos sino también una llamada al corazón que todo el mundo comprendiera.

El 11 de abril siguiente, Jueves Santo y dos meses antes de su muerte, firmaba la Pacem in terris (Paz en la tierra), sobre la paz entre todos los pueblos; paz que ha de estar fundada en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Era la primera encíclica que iba dirigida no sólo a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad, fuesen cuales fuesen sus ideas, su etnia y su religión.
El protagonista de esta encíclica son los derechos humanos, los cuales, a partir de este momento, se convertirían en el protagonista habitual de las encíclicas sociales. El hombre está dotado de unos derechos que pertenecen a su naturaleza y que no son el simple resultado de un consenso entre sectores políticos. Todos los hombres y mujeres del mundo pertenecemos a la misma familia humana y, en consecuencia, hemos de aspirar y hacer posible vivir en paz, en justicia y con esperanza en el futuro.
La encíclica hacía también una fuerte llamada al diálogo y al encuentro entre personas de otras religiones y con los no creyentes. Juan XXIII había ido por delante. No en vano fue el primer Pontífice que recibió a un Primado anglicano y había sorprendido al mundo invitando al concilio Vaticano II a Delegados de otras confesiones cristianas y había mantenido relaciones con personalidades agnósticas.
Juan XXIII partía de un gran supuesto: hay que distinguir claramente entre “el error” y el “hombre que yerra”. El hombre, aunque yerre, no queda despojado de su dignidad ni de la ayuda de la divina Providencia en la búsqueda del camino de la verdad. Este mensaje, como diría Benedicto XVI, en 2012, a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, “puede resonar entre las personas de todas las creencias y de los que no tienen ninguna, ya que su verdad es accesible a todos”.
La encíclica fue recibida con enorme entusiasmo. Hasta el punto de que, por primera y última vez, el New York Times la publicó íntegramente. Incluso fue traducida al ruso y elogiada en el diario soviético Pravda. Como era previsible, también surgieron nuevos riesgos, con ofertas trampa de diálogo a la Iglesia en los países comunistas, cuya finalidad última no era el diálogo sino el sometimiento. Con todo, el tiempo ha demostrado que el gran escollo es el rechazo de la ley natural por parte de gran parte del mundo laico. Ahí están los supuestos derechos al aborto y la redefinición del matrimonio, o la ideología de género.
Han pasado cincuenta años desde la publicación de esta gran encíclica, pero su doctrina y su espíritu no han perdido actualidad. Es preciso recuperar que el hombre es poseedor de unos derechos que le corresponden por ser persona creada a imagen de Dios y, por ello, el sujeto, el fundamento y el fin de las relaciones civiles, políticas, internacionales y mundiales. Sobre este fundamento, no sobre las ideologías de diverso tipo, se puede y es preciso construir la paz. La lectura o relectura de este gran texto de Juan XXIII puede refrescar nuestras ideas y allanar el camino a recorrer.
+Francisco Gil Hellín,
arzobispo de Burgos
Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.