Ante el mes de mayo, el mes de María

Mons. Atilano RodríguezMons. Atilano Rodríguez    Los cristianos invocamos con frecuencia a la Santísima Virgen en nuestras oraciones personales y comunitarias, pidiéndole que proteja y acompañe la peregrinación del Pueblo de Dios por este mundo hacia la casa del Padre. Durante el mes de mayo, el mes de las flores, en el que todos recordamos con profunda gratitud los desvelos de nuestra madre de la tierra hacia nosotros, la Iglesia nos invita, no sólo a orar más intensamente a María, la Madre del cielo, sino a contemplar su colaboración incondicional en el plan salvador de Dios.

La Sagrada Escritura nos dice que, en la plenitud de los tiempos, cuando Dios decide hacerse presente en el mundo por medio de Jesucristo, quiere contar con el  “sí libre” de una criatura suya.  Dios, el todopoderoso, el que respeta escrupulosamente la libertad humana, quiere hacerse dependiente de la respuesta de una humilde doncella de Nazaret. De este modo, por medio del asentimiento confiado al anuncio del ángel, María se convierte en la puerta siempre abierta para que el Hijo de Dios pueda entrar en el mundo y compartir con el hombre la condición humana para hacerle partícipe de la vida divina, de la salvación.

En este año de la fe, en el que los cristianos de todo el mundo hemos sido convocados por el Papa Benedicto XVI  “a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza”, debemos pararnos a contemplar la fe de la Santísima Virgen para descubrir su abandono incondicional en las manos de Dios, prestándole el homenaje de su entendimiento y voluntad, y ofreciéndole su total colaboración para que la voluntad divina llegue a su pleno cumplimiento. María, por medio de su fe, se confía a Dios sin reservas, le entrega su persona y permite al Espíritu Santo llevar a cabo su acción salvadora.

En nuestros días, Dios sigue queriendo hacerse presente en el mundo para mostrar su amor a cada ser humano y para llevar a cabo la salvación de todos los hombres. Pero, como en otros momentos de la historia, desea contar con nosotros, con nuestra repuesta libre y consciente a sus indicaciones. El Señor llama constantemente a la puerta de nuestro corazón para que le dejemos entrar, para regalarnos su amistad, para conducirnos con su Palabra y con el alimento de su Cuerpo hasta la patria celestial, pero no fuerza nunca nuestra libertad. Con paciencia infinita espera que le digamos nuestro  “sí” y nos dejemos guiar en cada instante de la vida por la acción del Espíritu Santo.

Con la celebración de la fiesta de Nuestra Señora de la Salud de Barbatona comienzan las celebraciones en honor de la Santísima Virgen en muchos santuarios de la diócesis. Si las fuerzas nos lo permiten, no dejemos de peregrinar a los pies de la Madre para invocar su especial protección sobre nosotros y sobre toda la humanidad.  En el caso de que esta peregrinación no sea posible, oremos a la Santísima Virgen en nuestro domicilio o en los templos parroquiales que abra las mentes de todos los hombres para que puedan acoger con libertad de espíritu las enseñanzas de Jesucristo y vivir siempre iluminados por ellas.

Que María, modelo de fe, nos muestre a su Hijo y nos ayude a fiarnos de Él.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.