Cada parroquia una misión. Cada cristiano un misionero

Mons. Amadeo RodríguezMons. Amadeo Rodríguez   Queridos diocesanos:

En la feria de la fe que estamos celebrando se nos acaba de recordar que Jesucristo es nuestro Pastor. ¡Con que fuerza han sonado para nosotros las palabras del Evangelio de Juan: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna”! No se puede decir más claro cómo es la relación de Jesús con cada uno de nosotros. El Pastor nos llama por amor, y su llamada es muy personal; lo sabe todo de nuestra vida, conoce nuestras dificultades, tiene en cuenta nuestras posibilidades, y hasta tiene presentes nuestros fallos. A pesar de todo, siempre confía en nosotros, confía en que le sigamos, confía en que llegaremos a valorar lo que nos ofrece. Y al que le sigue, aunque algunos lo hagamos a trancas y barrancas y poniéndole muchas pegas, Jesús le da la vida eterna. Eso es la fe: entrar en el seguimiento de Cristo, en la intimidad de su vida, jugarnos la vida junto a él.

Este seguimiento, en efecto, no es fácil; no se puede seguir a Cristo sin pasar por la cruz. El libro del Apocalipsis nos ha recordado que la muchedumbre de los salvados son “los que vienen de la gran tribulación: los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero (cf Ap 7,14). Para ser del rebaño de Jesús hay que meterse con Él en las luchas y en las dificultades de la vida. Los del rebaño de Cristo son hombres y mujeres que jamás están ajenos a los asuntos del mundo; especialmente de aquellos asuntos en los que se juega la construcción del Reino. Los del rebaño de Cristo están bien metidos en la vorágine de la vida social, siendo allí testigos del Señor resucitado. Los que quieran seguir a Cristo al margen de los problemas cotidianos de la vida eligen un camino errado: el que quiera seguirle tiene que perder la vida, la tiene que poner a disposición de los demás. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,35).

El que quiera seguir a Cristo ha de entrar de lleno en la misión de la Iglesia, que necesariamente está en medio del mundo. Así lo hicieron Pablo y a Bernabé. Ellos rompieron todos los moldes en la evangelización, se saltaron todas las barreras geográficas, mentales y hasta espirituales para que la Palabra del Señor se difundiera. Poco les importaron los motines, persecuciones y expulsiones que tuvieron que sufrir. Sólo actuando así se pudieron recoger los verdaderos frutos de la misión: “Los discípulos quedaros llenos de alegría y del Espíritu Santo”.

Lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios es una invitación evidente a todos nosotros: hemos venido aquí a celebrar la fe; pero hemos de salir de aquí como testigos de la fe. Como se nos dijo Benedicto XVI en Porta fidei: “La fe sólo crece cuando se vive como una experiencia de amor que se recibe y se comunica como una experiencia de gracia y gozo” (Pf 7). La fe, la vida de fe, hay que comunicarla, hay que compartirla. Pero no sólo en los lugares fáciles y cómodos de nuestras comunidades y grupos; no sólo en las experiencias de la vida comunitaria de nuestras parroquias o en la alegría de nuestras manifestaciones de fe. La vida comunitaria es para compartir y fortalecer unidos lo que somos; pero luego necesariamente hemos de salir para entrar en los ámbitos casi siempre difíciles de nuestro entorno, en los que muchas veces sólo encontramos incomprensión y rechazo. No podemos salir de aquí sin el compromiso de llevar nuestra vida cristiana allí a donde más se necesite nuestro testimonio y nuestro servicio.

En efecto, con nuestro apostolado y nuestro servicio hemos de llegar a donde hay problemas y necesidades, a donde se busca la verdad que nosotros podemos ofrecer y la ayuda que podemos prestar. Recuerdo para todos nosotros, con especial calor, algo que el Papa Francisco nos ha dicho: “¿Qué significa seguir a Jesús en su camino hacia el Calvario, hacia la Cruz y la Resurrección?”. A esta pegunta contesta: Vivir siguiendo a Jesús quiere decir aprender a salir de nosotros mismos, ir al encuentro de los otros, ir a la periferia, ser los primeros en movernos hacia nuestros hermanos, sobre todo hacia los que están más lejos, aquellos que están olvidados, aquellos que necesitan comprensión, consuelo y ayuda“, afirmó el papa. El pontífice agregó: ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y rico de amor!”.

Para mañana, a partir de mañana mismo, nuestro compromiso diocesano debería ser: cada parroquia una misión, cada cristiano un misionero. Tenemos que llevar a otros lo que como gracia recibimos. El misionero sólo puede llevar lo que Dios le va dando cada día: su consuelo, su compasión, su misericordia, su perdón, su fuerza, su alegría y hasta su bienestar. Entre todos hemos de llevar a Cristo a la vida de nuestra gente; y entiendo lo de “nuestra” en un sentido muy amplio: hemos de procurar que siempre sean más nuestros aquellos que nos parezcan más lejanos.

Y nunca nos olvidemos de que todas nuestras intenciones y acciones han de llevar la coherencia del servicio. Para eso le hemos de poner rostro a los pobres, identificando además en ellos cada una de las pobrezas de nuestra sociedad en crisis. Sólo así la fe tendrá su verdadero horizonte: no hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe. Hoy en el horizonte de las pobrezas, que son muchas y están muy repartidas, hemos de mirar el rostro de los parados, especialmente de los jóvenes, el rostro de los que no tienen un renta suficiente y digna para vivir y el rostro de aquellos a los que la usura y la falta de humanidad les quita su casa y los queda en la calle. Si este es el Año de la fe, el próximo, al menos en nuestra Diócesis, ha de ser el Año de la Misión y del servicio.

+ Amadeo Rodríguez Magro,

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.