Encuentro Diocesano de Jóvenes

Mons. CasesMons. Francisco Cases   Muy queridos jóvenes:

Quiero hablaros de la fe, que yo entiendo como una historia personalde relación con Dios. Les hablo con el corazón, metiendo en estas palabras mi historia personal. Pero enseguida me pregunto: hablando con ustedes, jóvenes, ¿tiene sentido hablar así? ¿entienden de qué estoy hablando?
Me lo pregunto porque, desde mi edad y desde mi historia vivida, advierto una diferencia básica con ustedes. Una diferencia que no es de buenos y malos. Yo puedo entender por ‘fe’ una historia personal de relación con Dios, pero esto no significa que sea el bueno, el que ha vivido y vive siempre con total coherencia esa relación personal.

Y estoy convencido de que ustedes, o muchos de ustedes, pueden ir muchos kilómetros por delante de mí en generosidad y coherencia, en sensibilidad y entrega.

La diferencia no la veo clasificando en buenos y malos, sino en las formas en
que hemos llegado, si hemos llegado, a empezar o a construir esa relación personal con Dios. Mi generación nació y creció -en gran parte- en una atmósfera que veía y sentía a Dios como una persona que formaba parte del paisaje vital, propio y familiar, o familiar y propio. Uno era introducido en esta visión de las cosas en las rodillas de la madre, desde muy temprano, y se aprendía a nombrar a Dios, a hablar con Dios como se aprendía a hablar con los miembros de la familia, o con los amigos, o con los vecinos, o como se aprendía a comer y a moverse en la vida. Al llegar a la edad de la razón, uno
podía o no encontrar o dar fundamentos a esta visión de la vida y de las cosas, o podía mandar a paseo todo lo aprendido y todo lo vivido, o también podía quedarse como a medias.

La diferencia con ustedes, jóvenes, creo que está en que ustedes, o muchos de
ustedes, han recibido los primeros elementos de esa relación religiosa y cristiana cuando se acercaron a los locales parroquiales a empezar la Catequesis. Este proceso de hacerse cristiano normalmente debería contar con unas raíces previas y conducir a dos metas muy claras: la vinculación en amistad con Jesús, y la incorporación, integración, a la Iglesia, vivida como comunidad-familia de ese Jesús. En muchos no se daban las raíces
precisas, y el proceso se parecía demasiado a un recorrido académico; se trataba de aprender algunas cosas, o muchas cosas, ideas, frases y normas de actuación, pero sin enganche en una persona, la persona de Jesús, y sin sentir a los demás compañeros, a sus familias, y a todos los demás ‘creyentes’, como los ‘hermanos’ de una familia cercana.

Bien, y ahora ¿qué? Si esto ha sido así, y no tiene por qué haber sido así en todos ustedes ¿ya no es posible encontrarse con Jesús, vivir la propia vida como una historia personal de relación con Él? ¿Cómo es posible la fe para ustedes? ¿Dónde y cómo encontrarse con Jesús sin pensar en él únicamente como un personaje de la historia pasada?

Una de las cartas de lo que llamamos los cristianos el libro del Nuevo
Testamento, la carta dirigida a los Hebreos, empieza diciendo: En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo (Heb 1, 1-2).

Una primera idea a tener en cuenta se nos dice en esta frase: estamos hablando de un Dios que habla. Si hoy podemos hablar de Dios, decir algo de Dios, decirle algo a Dios, no es porque nos ponemos a inventar y soñar, es porque Él ha hablado con nosotros, y nos ha hablado de Él mismo y de nosotros mismos. Si puedo hablar con ustedes de Dios como lo estoy haciendo ahora es porque Él ha hablado, ha dicho mucho de Él mismo, se ha comunicado a los hombres.

Me dirán: si esto está tan claro como dices ¿por qué yo no lo he oído, o no le
oigo? ¿por qué no le veo, no le siento?

Creo que no es muy difícil de entender que para ver y oír, son necesarias unas
condiciones previas importantes:

– no ir por la vida con prisas, se nos escapan demasiadas cosas; se llama esto
actitud contemplativa;

– estar dispuesto a dejarse sorprender, no creer que todo está tan claro, o que lo que tengo claro está tan claro, que no me puede ocurrir nada nuevo, o que lo que me ocurra ha de poderse encajar al 100 % en lo que ya he vivido, me ha ocurrido o me está ocurriendo;

– no dejar que el corazón se enturbie por la acumulación desordenada de
experiencias, o se embote por el egoísmo, o esté siempre en un mundo de luces excesivas y de ruidos tumultuosos que impiden ver las estrellas y escuchar las voces que susurran en el interior.

Fundamentalmente, podemos encontrar la voz de ese Dios que habla en tres
campos. No hablo de teorías, de construcciones mentales, como posibilidades montadas ideológicamente en la mesa de un despacho. Lo que cuento a continuación es el resumen esquemático de multitud de experiencias, propias mías o de otros, experiencias vividas, pensadas, analizadas.

1.- EL PRIMER CAMPO es el propio interior de cada uno, eso que muchos llaman o llamamos EL PROPIO CORAZÓN.

San Agustín, que anduvo inquieto muchos años de su vida buscando la Verdad, buscando el Bien, buscando a Dios, refleja muy bien este impulso y este encuentro del corazón: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían.

Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.

Las experiencias en las que muchos, como Agustín, han encontrado el eco de esa voz en el propio interior: la experiencia de la belleza, ante una obra de arte, o la bondad de una vida recta; o una verdad que es capaz de implicar el corazón y le da sentido a una vida; la experiencia de la propia conciencia que orienta, o juzga, o aprueba y reconforta, o incluso condena la propia actuación, y todo ello imponiéndose a nosotros mismos, desde dentro de nosotros mismos; el ansia de infinito;

2.- EL SEGUNDO, LA CREACIÓN

Resulta raro, pero no les será difícil imaginar un mundo con dos dimensiones
solamente. En este mundo hay adelante y atrás, a un lado y a otro, pero no cabe, no se entiende, arriba y abajo, hondo o elevado. El que no se entienda, no se perciba por parte de los que viven en ese mundo chato, plano, no significa que no existan otras dimensiones, y si se descubren, y cuando se descubran, el mundo personal se abre a nuevas perspectivas. Así es el ser humano, puede quedar achatado, limitado a las dimensiones que la cultura dominante le ofrece para vivir; o puede, sí, puede preguntarse, dejarse interpelar por algunos signos que le hablan de otra dimensión, y le
impulsan a trascender lo más inmediato y común.

El mundo entero, la naturaleza puede verse como un mundo maravilloso y bello, con muchas cosas que admirar, conocer, explorar, y como un conjunto armonioso con proporciones y leyes para calcular y dominar. Los griegos veían la naturaleza como ‘cosmos’, o sea un ámbito de cosas múltiples ordenadas, como una máquina perfecta que funciona.

Pero hay quien se pregunta no sólo cómo es, sino por qué es así, para qué es así, si la ha hecho alguien y para quién la ha hecho, y mil preguntas que van más allá de los descubrimientos de la ciencia y las aplicaciones de la técnica. Y hay quien encontró una explicación para tanta hermosura y tanta armonía, en el azar y la necesidad. Y no siguió preguntándose. Y pasó página… y siguió en el mundo chato y plano.

Y hay quien quedó descontento con esta explicación, y por semejanza con la
manera de actuar de los humanos en sus inventos, vio el conjunto como obra de una mente superior, de otro orden, y una mente guiada por un corazón, de otro orden, y la llamó Dios. Y entonces se dio cuenta de algo maravilloso. No es que se haya descubierto a Dios, que se le ha encontrado. No. Es lo contrario, que Dios nos ha ido dejando miles de signos de su presencia, de su actuar, de su amor para hacerse reconocer. Y al fin hemos descubierto en la creación toda, en la naturaleza, una carta de amor que ese Dios ha dejado escrita para el hombre, como los enamorados que ponen en las tapias de las ciudades mensajes de cariño para su amada: Te quiero, Paula. Un Dios
que habla, poniéndonos regalos en las cosas, y mensajes en los regalos.

3.- EL TERCERO, LA HISTORIA.

Sí, la historia de la humanidad en la que ese Dios que habla al corazón y que
deja sus mensajes de spray en la creación, se ha querido implicar y se ha querido hacer presente. Pero en la historia todo es concreto, está marcado por el espacio y el tiempo, y eso quiere decir, que también la presencia de Dios se ha hecho concreta, se ha dejado sentir de modo especial en lugares y tiempos concretos. Y así ha ido formando una historia, un pueblo, y ha ido recorriendo con ese pueblo un camino en la geografía de la humanidad.

Hablaba por hombres elegidos para hacer oír su voz, y actuaba por hombres
invitados para hacer sentir sus obras. Y esos hombres y ese pueblo escribieron siglos de historia, de líneas rectas y de renglones torcidos. Y esa historia alcanzó su plenitud cuando Dios mismo quiso venir personalmente, haciéndose voz y palabra, y carne y sangre, un hombre como cualquiera de nosotros.

Las distintas religiones existentes reflejan los intentos de los hombres por
descubrir o alcanzar a Dios. Lo que distingue al cristianismo de las religiones está precisamente aquí, en que el movimiento es justamente el contrario: es Dios quien busca al hombre, le habla, y le muestra el camino por el que es posible alcanzarlo. El centro de la fe cristiana es la Encarnación. San Juan nos la explica así de fácil: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único de Dios, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Ese Hijo tiene nombre propio, Jesús; nació en un rincón concreto de la geografía, Belén; en un momento concreto de la historia, cuando el decreto de empadronamiento de un emperador romano llamado Augusto; creció en Nazaret de Galilea, y por eso hasta lo podemos llamar con el apodo, el Nazareno. Y creció y dejó su hogar para recorrer los caminos de Palestina hablando de Dios, llamándolo Padre, y enseñándonos cómo es y cómo actúa, y cómo nos quiere a todos, y
cómo nos salva del mal que nos hacemos a nosotros mismos, y del mal que nos hacemos unos a otros. Y cuando tenía poco más treinta años, los hombres lo condenamos a muerte, y ejecutamos la condena.

Sí, los hombres apagamos las voces del corazón, y pasamos de largo ante los
mensajes de amor en los muros de la creación, y matamos al Hijo enviado para darnos vida con la entrega de su Vida. Pero la Palabra y la Vida de Dios no hay quien la detenga, ni nuestras condenas, ni nuestros silencios, ni nuestras muertes. Ahí está Él, Señor Resucitado, Palabra que sigue hablando, Vida que sigue llenando de alegría… a quienes tienen ojos que sí ven, y corazones que sí sienten. Descubrir esa presencia, vivir de esa presencia, seguir y amar a Jesús el Señor, eso es la fe. Y por eso podemos hablar
de vivir la fe como una historia personal de relación con Dios, porque ha sido Él quien nos ha buscado y se ha dejado encontrar para vivir esta relación personal, esta amistad…

Y sentimos la necesidad de hablar de ella, y mostrarla a todos. Porque es una presencia, una amistad que nos ha hecho felices, y puede hacer felices a todos los que la vivan.

+ Francisco Cases,

Obispo de Canarias

Mons. Francisco Cases Andreu
Acerca de Mons. Francisco Cases Andreu 8 Articles
Nació en Orihuela (Alicante) el 23 de octubre de 1944. Cursó la enseñanza secundaria en el "Colegio Diocesano Santo Domingo" de Orihuela y los cursos filosóficos-teológicos en el Seminario Mayor diocesano. Fue ordenado sacerdote el 14 de abril de 1968. Entre 1975 y 1982 en Roma perfeccionó los estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana, donde obtuvo la Licenciatura en Teología (1977) y realizó los cursos de Doctorado de Teología. CARGOS PASTORALES En su ministerio ha desempeñado numerosos cargos, entre los que destacan el de Secretario del Obispo de Orihuela-Alicante entre 1967 y 1975. De 1982 a 1987 fue Coadjutor de "Nuestra Señora del Rosario" en Alicante. Entre 1984 y 1987 ejerció como Secretario de Estudios del Seminario Mayor y Menor. En 1982 y hasta 1994 trabajó como Profesor de Eclesiología en el Estudio Teológico. De 1985 a 1990 trabajó como Delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y desde 1987 hasta 1990 fue párroco de la "Inmaculada Concepción", en Alicante. Entre 1990-1994 fue Vicario Episcopal de la zona de Alicante ciudad y de 1990 a 1994 Rector del Seminario Mayor de Alicante. El 22 de febrero de 1994 fue nombrado Obispo Auxiliar de Orihuela-Alicante. El 10 de abril de 1994 recibió la ordenación episcopal. Fue Administrador diocesano de la diócesis desde el 25 de septiembre de 1995 al 23 de marzo de 1996. El 26 de junio de 1996 se hizo público el nombramiento de Mons. Francisco Cases como Obispo de Albacete, en donde tomó posesión el 31 de Agosto del mismo año. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades. Además, de 2005 a 2017 ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar. De 1996 a 2002 lo fue de Doctrina de la Fe. De 2002 a 2005 perteneció a la Comisión Episcopal del Clero y de 1993 a 2002 a la de Seminarios y universidades.