Frutos de Pascua: Madeleine Delbrêl (2)

AGUSTINCORTÉSMons. Agustí Cortés   Madeleine Delbrêl escribió:

“Si crees que el Señor vive contigo, allí donde tengas un lugar para vivir, tienes un lugar para orar.”

En efecto, la fe actúa por el amor y el amor estimula tanto la acción como la oración. El descubrimiento de Dios y su conversión a Cristo determinó su manera peculiar de estar en el mundo. Podríamos decir “su vocación”. Para Madeleine, la vocación de cada uno es como una invitación que Dios hace a realizar una danza. Así lo expresa en una bella oración que tituló El baile de la obediencia y que comienza con estas palabras:

“Si estuviéramos contentos de ti, Señor, no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos bailar, siguiendo los pasos de tu Providencia…”

La alegría y la fiesta de la fe, la belleza de la vida creyente, son posibles así por la fidelidad creativa de la bailarina a la música y el ritmo de la partitura. Esta fidelidad creativa, esta obediencia, hacen posible la creación de belleza en libertad.

Esta vocación le alcanzó en el barrio de marginados donde vivía (Nosotros, gente de la calle es el título de uno de sus libros). La realidad más concreta de la calle entró en su corazón. Y, como su entorno social estaba dominado por fuerzas revolucionarias, adoptó ante ellas una postura de diálogo franco, sin perder su identidad. Dialogó sobre todo con los comunistas, que entonces gobernaban el Ayuntamiento de Ivry. Su entrega y su colaboración, primero como asistente social y después desde sus numerosas iniciativas a favor de los más pobres, le merecieron la admiración y el afecto de todos. Desplegó una gran capacidad de empatía, aunque nunca ocultó su opinión sobre el marxismo: éste era, según dijo, una fuerza transformadora “sin alma”. Esta expresión en sus labios significaba que le faltaba auténtico humanismo, trascendencia y libertad. Estaba convencida de que las transformaciones sociales sin alma, en el fondo, no cambian nada y que cuando ponemos “alma” en la acción transformadora, ésta también cambia en sus

maneras y en su estilo.

Para ella lo más importante era el ser humano concreto. No olvidaba los movimientos políticos, pero su preocupación se centraba en el pobre, cualquiera que fuera su forma de pobreza. Todo el que se acercara a la Casa de Acogida que ella creó junto a sus compañeras, era el más importante del mundo. En todo caso, había que dar siempre razón de nuestra esperanza. Dirá a los estudiantes en 1961:

“No se lleva la Palabra de Dios al otro lado del mundo en una maleta, se lleva en uno mismo… No se coloca en un rincón escondido de nuestro interior, sino que se le deja en el fondo de nuestro ser… Se trata de anunciar la fe: de decir, gritar y proclamar lo que creemos… No somos responsables de la incredulidad, pero sí de su ignorancia”

Su ida y vuelta de Roma solo para orar en la tumba de San Pedro es un signo de su sentido profundo de Iglesia. Ésta, ante todo, es comunión de hermanos, que “tienen necesidad hoy, no tanto de una fe nueva y rejuvenecida, sino de vivir la novedad y juventud de la fe”.

Fue referente y faro iluminador de muchos, entre ellos del dominico Jaques Loew, quien transmitió el testimonio de su relación con ella en su obra Vivir el Evangelio con Madeleine Delbrêl. Su obispo, François Frételière, introdujo el proceso de canonización de Madeleine en 1988, y publicó un libro sobre ella titulado Este barrio (banlieue) que yo amo. El mismo día de su muerte, el 13 de octubre de 1964, un joven de la JOC internacional hablaba a todos los obispos del mundo en el aula conciliar sobre la evangelización del mundo obrero. Nos quedamos con uno de los lúcidos mensajes de Madeleine:

“Ser islotes de residencia divina. Hacer lugar para Dios. Creer de parte del mundo, esperar para el mundo y amar para el mundo”.

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.