Reflexiones sobre el Credo (VI): Creo en Jesús el Cristo

garcia_burilloMons. Jesús García Burillo    La parte del Credo que habla de Jesús reconoce sus títulos principales: Cristo, Señor, Hijo de Dios. El Maestro los emplea para hablar de sí mismo, de su ser y de su misión.

Es tal su importancia que, cuando oramos al Padre en la liturgia, concluimos siempre la oración señalando su mediación y repitiendo las tres características: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…». Dedicaremos varias cartas a explicar estas palabras.

«Cristo», que en hebreo se dice «Mesías», es un término griego. Significa
literalmente «Ungido». Ante todo relaciona la figura y la misión de Jesús con las promesas de Dios al pueblo de Israel. Los judíos, en efecto, aguardaban un descendiente del rey David en el que se cumpliría la promesa que leemos en 2Sam 7, 12-14: «Cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Será él quien construya una casa a mi nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un
padre y él será para mí un hijo». A simple vista parece que esta promesa hablaría de Salomón, hijo de David, que construyó el templo de Jerusalén. Sin embargo, el pueblo comprendió pronto que el pleno sentido de estas palabras no podía cumplirse en una simple persona. ¿Qué mortal, por sabio y poderoso que fuera, sería capaz de establecer un reino «para siempre»? La pregunta se hizo más acuciante tras la división de Israel en dos reinos, tras la deportación de Babilonia y las sucesivas dominaciones persa, griega y romana. Era necesario un “rey de reyes”, capaz de hacer de la Alianza de Dios el faro
luminoso que guiara las sendas de los pueblos hacia la verdad. Ese rey, capaz de liberar a Israel y con él a todos los hombres, de cuantas cadenas lo aprisionan; ese «ungido»que gobernaría sobre el mundo desde Jerusalén; ese pontífice que establecería el culto nuevo y definitivo al Dios vivo y verdadero, es el Mesías que los judíos esperaban y todavía esperan.

Nosotros reconocemos en Jesús al Mesías prometido. Sucede, sin embargo, que la forma en que ejerce su realeza dista mucho de lo que los hombres habíamos soñado.

Él es rey, pero no como los gobernantes del mundo. No impone leyes, sino que ordena toda la realidad desde el amor. No ejerce su poder respecto de adversarios humanos, sino que lo hace vencer frente a las fuerzas del mal y de la muerte. Establece su reinado desde Jerusalén, pero no porque allí fije su trono, sino porque allí es plantada su cruz.

No gana para sus amigos prebendas terrenas sino que, en su resurrección, les concede las moradas del cielo. Él no nos libra del dominio de potencias extranjeras, sino de la esclavitud del pecado y de las cadenas del infierno. Gobernará definitivamente sobre todos, pero no inmediatamente, sino dejando un tiempo para nuestra libertad y una oportunidad para nuestra esperanza.

Ya los profetas habían intuido que la unción del Mesías sería de tipo distinto a lo previsto en los rituales. No sería ungido con un aceite cualquiera, sino por la misma fuerza del Espíritu Santo. En la sinagoga de Nazaret, Jesús aplica sobre sí un conocido pasaje de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18; cf. Is 61, 1). Ese Espíritu, gracias al cual Jesús es concebido en el seno virginal de María, se manifiesta visiblemente en el Bautismo del Señor y se difunde a sus discípulos el día de Pentecostés. Es uno de los misterios más admirables de la fe.

Jesús es el único Cristo; pero sus discípulos somos cristianos. Él es el único ungido desde la eternidad en el seno del Padre, pero el mismo Espíritu que él recibe y que de él procede lo recibimos también nosotros. Por eso los bautizados somos, en Cristo, un pueblo de reyes. A pesar de nuestra condición humilde, participamos en una realeza mayor que ninguna de las que hayamos conocido en la Historia. Asociados sacramentalmente al Maestro somos reyes, participamos de su misión y esperamos hacerlo también de su destino y de su gloria.

En el Antiguo Testamento no sólo eran ungidos los reyes, también los profetas y los sacerdotes. El Mesías reúne en sí estas tres condiciones: es rey porque gobierna con la autoridad del Creador, es profeta porque habla con la sabiduría de Dios y es sacerdote porque establece la máxima comunión de lo humano y lo divino. Cristo lleva a su plenitud estas realidades, y nos constituye a nosotros en pueblo de reyes, profetas y sacerdotes. Os invito a todos los hijos de la Iglesia a tomar conciencia de esta sublime condición, de modo que se acreciente nuestra esperanza y nos comprometamos, como el
Mesías, en el anuncio de la Buena Noticia, en la liberación de los oprimidos y en el deber de presentar la humanidad ante el rostro misericordioso de nuestro Padre celestial.

+ Jesús García Burillo

Obispo de Ávila

Mons. Jesús García Burillo
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Nació en Alfamén, Provincia y Archidiócesis de Zaragoza, el 28 de mayo de 1942. Tras finalizar la carrera de Profesor de E.G.B., inició los estudios eclesiásticos en Valladolid, ciudad a la que se trasladó desde muy joven, terminándolos en la Universidad de Comillas de Madrid. Fue ordenado sacerdote en Valladolid, el 25 de julio de 1971. En la misma Universidad de Comillas obtuvo, en 1970, la Licenciatura en Teología y en 1977 el Doctorado en Teología Bíblica. Ha desempeñado el cargo de Vicario Episcopal en la Diócesis de Madrid, de la Vicaría III (1985-1996) y de la Vicaría VIII (1996-1998). Fue preconizado Obispo Auxiliar de Orihuela-Alicante el 19 de junio de 1998. Recibió la Ordenación Episcopal en Alicante el 19 de septiembre del mismo año. Preconizado Obispo de Ávila el 9 de enero de 2003, tomó posesión de la diócesis el pasado 23 de febrero de 2003, domingo. CARGOS DESEMPEÑADOS: Capellán de la Residencia Universitaria Torrecilla (Valladolid, 1971-75); Coadjutor de la parroquia de San Andrés de Villaverde (Madrid, 1977-79); Dir. de la Residencia Divino Maestro (Valladolid, 1964-66); Dir. de la Revista "Ekumene" (1966-71); Coordinador del Movimiento "Ekumene" en Andalucía (1966-71); Secretario General de la Vicaria III (Madrid, 1979-85); Vicario Episcopal de la Vicaría III (Madrid (1985-96); Vicario Episcopal de la Vicaría VIII (Madrid (1996-98). Obispo Auxiliar de Orihuela-Alicante (1998-2002) CARGOS EN LA CONFERENCIA EPISCOPAL: Miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1999-) y Relaciones Interconfesionales (1999-). ACTIVIDADES: Profesor de E.G.B. (1962-64); Prof. titular en Estudio Agustiniano (Valladolid, 1972-74); Colaborador del C.S.I.C. (1974- 76); Profesor del Instituto Internacional de Teología a Distancia (Madrid, 1977-98); Profesor de Radio ECCA (1977-98). PUBLICACIONES: Destacan entre todas ellas: Catequesis de primera comunión, en colaboración (Madrid: Studio 1968); su Tesis doctoral El ciento por uno. Historia de las interpretaciones y exégesis, (Madrid: C.S.I.C. 1977). Ha colaborado en el Departamento de Producción del Instituto Internacional de Teología a Distancia (1977-1998).