La alegría de la fe: Jesucristo (6)

Mons. Braulio Rodríguez PlazaMons. Braulio Rodríguez    “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Pe 1,3), porque mediante la resurrección de su Hijo nos ha hecho hijos suyos, y, en la fe, nos ha dado una esperanza invencible en la vida eterna, a fin de que vivamos en el presente siempre proyectados hacia la meta, que es el encuentro final con nuestro Señor y Salvador. Os digo, hermanos, que con la fuerza de esta esperanza no tenemos miedo a las pruebas de la vida, las cuales, por más dolorosas y pesadas que sean, nunca pueden alterar la profunda alegría que brota en nosotros del hecho de ser amados por Dios. Y sigue diciendo esta primera carta de san Pedro que Dios, en su providente misericordia, entregó a su Hijo por nosotros, y nosotros, aun sin verlo, creemos en Él y le amamos. Su amor nos basta. De la fuerza de este amor, de la fe firme en la resurrección de Jesús, el que “subió a los cielos, y se sentó a la derecha del Padre”, nace y se renueva constantemente nuestro testimonio cristiano de lo que vale Jesucristo. De esa fe surgió el “Credo”, el símbolo de la fe que llevó a los primeros cristianos a la predicación inicial y que, inalterado, sigue alimentando al Pueblo de Dios, a los cristianos actuales; a ti y a mí. El contenido del anuncio fundamental de la fe cristiana (kerigma) es lo que constituye sin duda la esencia de todo el mensaje evangélico: Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado por nosotros. Su resurrección es el misterio fundamental del cristianismo, el cumplimiento de lo anunciado por los profetas del AT.

De Cristo resucitado nació, pues, el pueblo de los “pobres” que han abierto su corazón al Evangelio y se han convertido, y se siguen convirtiendo, en “robles de justicia”, “plantación del Señor para manifestar su gloria”, constructores de edificios en ruinas, restauradores de ciudades desoladas, linaje bendito del Señor, como dice Is 61, 3-4.9). El misterio de la resurrección del Hijo de Dios, que, al subir al cielo para estar con el Padre, derramó sobre nosotros el Espíritu Santo, nos hace contemplar con la misma mirada a Cristo y a la Iglesia: el Resucitado y los resucitados, la Piedra angular y las piedras vivas, que somos sus seguidores, según otra imagen de 1 Pe 2,4-8. Desde el día de Pentecostés la luz del Señor resucitado transfiguró la vida de los Apóstoles. Pero lo interesante es que ellos tenían la clara percepción de que no eran simplemente discípulos de una doctrina nueva e interesante, sino testigos y responsables de una revelación vinculada a la salvación de sus contemporáneos y de todas las generaciones futuras. La fe pascual en la presencia de Cristo resucitado colmaba su corazón con un ardor y celo extraordinario, que les disponía a afrontar cualquier dificultad e incluso la muerte. De este modo, un puñado de personas desprovistas de recursos humanos, contando sólo con la fuerza de su fe, afrontó sin miedo y con una enorme persuasión duras persecuciones y el martirio.

Nosotros somos hoy los herederos de estos testigos victoriosos. ¿Qué es de nuestra fe? ¿En qué medida sabemos comunicarla hoy? La Iglesia es atacada; lo seremos nosotros, pero la fuerza de Cristo es inmensa, porque sólo Él puede colmar plenamente las expectativas profundas de todo corazón humano y responder a los interrogantes más inquietantes sobre el dolor, la injusticia y el mal, sobre la muerte y el más allá. Nos hace falta, queridos hermanos, volver a anunciar con vigor y alegría el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, punto de apoyo fundamental de nuestra fe, palanca poderosa de nuestras certezas, viento impetuoso que barre todo miedo e indecisión, toda duda y cálculo humana. Sólo de Dios puede venir el cambio decisivo del mundo. Sólo a partir de la Resurrección se comprende la verdadera naturaleza de la Iglesia.

 X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.