Hacernos como niños

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      Jesús, en la sinagoga de Nazaret, y al inicio de su vida pública, nos mostró en una frase lapidaria el núcleo fundamental de su predicación: “el Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4, 18). ¿Quiénes son los pobres en los que piensa el Señor? Por supuesto que son los enfermos, los excluidos y marginados, los que viven sin esperanza y los que están solos y no encuentran una mano amiga que les ayude. 

Y pobres son también, no lo olvidemos, los pecadores y los que no conocen a Dios.

Y los niños. Estos son pobres porque carecen de todo y para todo necesitan de sus padres. De ellos Jesús llegó a decir que “el Reino de los cielos será para los que son como ellos, para los que se hacen como ellos”. Hoy quiero hablaros de lo que supone y exige hacernos como niños.

La unción bautismal, el agua y el Espíritu, nos hicieron niños, hijos de Dios. Poco a poco, el paso del tiempo va ayudándonos a comprender la maravilla de que Dios sea nuestro Padre, lleno de amor por sus criaturas. Poco a poco, va creciendo el asombro y la alegría ante la vida divina, eterna, que nos nutre y sostiene a todos sus hijos. Poco a poco también, se va fortaleciendo nuestra conciencia de que somos hermanos. Y lo somos porque Jesucristo es “el primogénito entre muchos hermanos” .

Conocer a Jesús es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.
La vida fraterna, las relaciones fraternales, no pueden desarrollarse sólo por nuestra propia decisión y compromiso, son fruto de la experiencia permanente del amor que Dios nos tiene, del don maravilloso de nuestra filiación divina. La fe trae de la mano el amor.

Jesús nos enseña a hacernos niños, a hacernos pequeños y cercanos, a fin de vivir en verdad el don de la filiación divina. No se trata de adquirir actitudes infantiles ni convertirnos en unos ingenuos, sino que se trata de adentrarnos en la alegría de sabernos hijos de Dios, amados por Él; se trata de vivir en el asombro por el don de la vida, por la gratuidad amorosa de Dios por cada uno de nosotros, por la propia historia de cada uno de nosotros.

Meditemos despacio estas palabras del apóstol Pablo que resumen muy bien los contornos de nuestra identidad de hijos de Dios: “Los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios. En efecto, no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un espíritu de hijos de adopción, en que clamamos: ¡Abba, Padre! Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados” . En la Vigilia Pascual del Sábado Santo renovamos todos las promesas que otros hicieron por nosotros el día de nuestro Bautismo. Y las renovamos con inmenso gozo, sabedores de nuestra maravillosa condición de hijos de Dios.
El fruto de la infancia espiritual es la esperanza. En el niño siempre se contempla la posibilidad de reemprender un nuevo camino, de hacerlo todo nuevo, de corregir errores. Es lo contrario de la resignación. Los mayores estamos, muchas veces, de vuelta de todo e incapacitados para emprender nada nuevo. ¡Qué razón lleva el Papa Francisco cuando afirma que “Dios Padre no se cansa de perdonar. Somos nosotros – que tendríamos que hacer de hijos pródigos siempre que sea necesario – los que nos cansamos de pedir perdón”. En el fondo, estamos ya de vuelta de muchas cosas, y no es bueno que sea así.
Dios nos espera con los brazos extendidos. Solamente hace falta que le abramos el corazón, que tengamos añoranza de la casa de nuestro Padre, que nos llenemos de alegría cada vez que repetimos con toda el alma la gozosa palabra Padrenuestro. Dios nos hace el gran don de podernos llamar, porque lo somos, verdaderos hijos de Dios. Comportémonos siempre como tales.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.