PAZ A VOSOTROS. Domingo de la Divina Misericordia

eusebiohernandezobtarazonaMons. Eusebio Hernández     Queridos hermanos y amigos:

«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (Sal 118, 1). Así canta la Iglesia en la octava de Pascua, casi recogiendo de labios de Cristo estas palabras del Salmo; de labios de Cristo resucitado, que en el Cenáculo da el gran anuncio de la misericordia divina y confía su ministerio a los Apóstoles : «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos» (Jn 20, 21-23).

Este domingo de la Octava de Pascua es conocido también por el de la Divina Misericordia, desde que así lo estableció el beato Juan Pablo II en el año dos mil. Ya San Agustín llamaba a este domingo el de la gran misericordia. Es la gran misericordia que contemplamos hoy en el Evangelio cuando Jesús señala las heridas de su Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad.

Destaca también en este domingo el saludo de Cristo a la comunidad reunida en el Cenáculo: Paz a vosotros. La paz es uno de los dones que Él da a sus discípulos, un don de la resurrección.

La paz es, pues, un don de la pascua que debemos pedir, pero también tarea a construir con la implicación de todos para que se extienda entre los hombres y los pueblos. La paz no es la mera ausencia de guerras ni el equilibrio de las fuerzas adversarias ni el fruto de una dominación despótica. La paz auténtica se basa en cuatro pilares esenciales: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

Por ello todo cristiano ha de ser testigo comprometido por la paz y constructor de una cultura de la paz. Nos unimos a todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdadera paz; por ello el cristiano ha de trabajar por el respeto de la igual dignidad de todo ser humano y ha de poner en práctica el amor fraterno hacia todos.

Cuando los cristianos así lo hacemos nos convertimos en testigos de la paz. El que es testigo de la paz, respeta, acoge y perdona al otro, respeta su cultura y su religión, trabaja para que se implante la justicia para todos los hombres y entre todos los pueblos, se muestra solidario con el que sufre o padece pobreza material o espiritual, fomenta el diálogo sincero, la comunicación y la reconciliación entre los hombres desde la verdad, la libertad responsable y la caridad. La paz es obra de conciencias que se abren a la verdad, a la justicia y al amor.

El cristiano que ha recibido la paz de Cristo se convierte en un propagador de la paz y en un trabajador de la paz en medio del mundo. Pero como la paz es sobre todo un don de Dios, para ser verdaderos constructores de la paz y para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas.

Es pues imposible hablar de la misericordia de Dios y de la paz que nos da Cristo, sin fijarnos en el objeto de la misericordia y de la paz, es decir el hombre.

Es nuestra tarea como cristianos, desde una práctica cotidiana y constante del Evangelio. Cristo resucitado nos impulsa en esta pascua para que podamos ser copartícipes en la construcción del reino de Dios. Con el Señor el bienestar, la justicia y el amor serán una realidad para todos.

+ Eusebio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
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Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.