Domingo de Pascua de Resurrección

Mons. Manuel UreñaMons. Manuel Ureña    Durante el Sábado Santo, la Iglesia, brotada del costado de Cristo clavado en la cruz, vela en silencio contemplativo. Triste, porque su Señor ha muerto; y alegre, porque ha resucitado. Triste, porque la causa de la muerte de su señor ha sido el pecado de sus hijos los hombres, que siguen siendo pecadores; alegre, porque la muerte de su señor nos ha salvado.

Y, concluido el Sábado, la Iglesia, siguiendo la tradición del antiguo pueblo hebreo, que celebraba con una vigilia nocturna el paso liberador del Señor por su historia, celebra también con una vigilia nocturna la Pascua de su señor, el “Kairós” o gran tiempo de su muerte y resurrección.

Considerada desde siempre como “la madre de todas las vigilias”, en expresión de san Agustín, y como “la mayor de todas nuestras celebraciones”, al decir de san Gregorio Nacianceno, la Vigilia pascual tiene cuatro partes: el solemne lucernario, con el que da comienzo; la liturgia de la palabra; la liturgia bautismal; y la liturgia eucarística.

  1. 1.   El lucernario.

La Iglesia comenzó muy pronto a abrir la Vigilia de Pascua con un lucernario muy bello y cargado de sentido cristiano.

Todo el lucernario gira en torno al cirio pascual, que es bendecido y encendido con el fuego nuevo de la Pascua para que ilumine él solo, por cuanto que simboliza a Cristo resucitado, a todos los fieles. Estos se encuentran ya en el templo envueltos en plena oscuridad, una oscuridad que será disipada por la luz del Cirio de la Pascua.

No hay, pues, más luz que la del cirio, como no hay más salvador que Cristo Jesús resucitado por todos y simbolizado por la luz del cirio. Por eso, consumados los ritos de la bendición del cirio, es éste trasladado en procesión desde el atrio del templo hasta el presbiterio. La referida procesión evoca el largo caminar de los israelitas por el desierto hacia Tierra Santa guiados por la columna de fuego (cf Ex 13, 21-22); y recuerda también nuestro caminar por la vida guiados por Cristo, luz del mundo.

El lucernario culmina con la llegada del cirio pascual al presbiterio, con su colocación junto al ambón y con la proclamación del así llamado “Pregón pascual”. Este vuelve a tener como centro la luz de Cristo, esto es, a Cristo mismo, la única luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la única luz capaz de disipar las tinieblas de la noche del hombre en la Tierra, la oscuridad del pecado y de la muerte.

  1. 2.   La Liturgia de la Palabra.

Como dicen las rúbricas del Misal, en la Vigilia de Pascua, “Madre de todas las vigilias”, se proponen nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (epístola y evangelio).

Es obvio que por motivos de orden pastoral puede reducirse el número de lecturas del Antiguo Testamento, pero teniendo siempre en cuenta que la lectura de la Palabra de Dios es parte fundamental de la Vigilia. Y, ciertamente, lo es, porque sólo la Palabra de Dios nos puede dar a conocer las maravillas obradas por Dios en su pueblo elegido a través de la historia general y de la historia particular de la salvación, las cuales encuentran su fuente y su cima en Jesucristo.

  1. 3.   Liturgia bautismal.

Intrínsecamente vinculada a la Vigilia pascual se encuentra la práctica litúrgica introducida muy pronto en la Iglesia de administrar en aquella el sacramento del bautismo. Pascua y bautismo son dos realidades íntimamente unidas, pues los frutos del misterio pascual (reconciliación con Dios, incorporación a Cristo muerto y resucitado, e inserción en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia) se hacen realidad en el hombre por medio de la fe y del bautismo.

Resulta así muy comprensible que en la Iglesia antigua se preparara a los catecúmenos durante la Cuaresma para que éstos recibieran el bautismo en la Vigilia pascual. Por ejemplo, en esta noche Santa recibió san Agustín el bautismo de manos de san Ambrosio. Gracias a Dios, el Concilio Vaticano II rescató del olvido esta valiosa práctica y la reivindicó fuertemente.

  1. 4.   La Liturgia eucarística.

La conexión de la Eucaristía con la Vigilia pascual salta inmediatamente a la vista. Como dice la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos en su Circular sobre las fiestas pascuales, “la celebración de la Eucaristía es la cuarta parte de la Vigilia y el punto culminante de ésta, pues es el sacramento pascual por excelencia, memorial del sacrificio de la cruz, presencia de Cristo resucitado, consumación de la iniciación cristiana y pregustación de la Pascua eterna” (nº 90).

Participemos en la Vigilia pascual. Os deseo a todos una pascua de resurrección “florida” y santa. Vivamos la vida nueva que nos ha hecho posible Cristo y que éste nos ofrece en los sacramentos.

† Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.