Una historia de perdón

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      Imaginemos la escena: Sudáfrica, año 1996. Una débil anciana de raza negra se incorpora lentamente. Tiene algo más de 70 años de edad. Ante ella, al otro lado de la sala, hay varios agentes de seguridad, policías blancos, uno de los cuales, Van der Broek, acaba de ser juzgado e implicado en los asesinatos del hijo y del marido de la mujer hace varios años.

Fue él, en efecto, Van der Broek, quien había venido a casa de la mujer años atrás, se había llevado a su hijo, le había disparado a bocajarro y luego quemado su cuerpo en una hoguera, mientras él y sus subordinados bromeaban y se reían.

Pocos años después, Van der Broek y sus secuaces habían vuelto para llevarse también a su marido. Pasaron muchos meses sin que ella, la anciana, supiera nada de él. Por fin, casi dos años después de la desaparición de su marido, Van der Broek vino a por la mujer. ¡Con cuánta claridad recuerda ella aquella tarde, cuando fue conducida al lugar junto al río donde le mostraron a su marido, atado y lleno de golpes pero vivo y aún fuerte en el espíritu, que yacía sobre un montón de leña! Las últimas palabras que oyó de sus labios mientras los agentes echaban gasolina sobre su cuerpo y le prendían fuego fueron: “¡Padre, perdónalos!”.

Y ahora la mujer se incorpora en el juzgado y oye las confesiones que pronuncia Van der Broek. Un miembro de la Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación se vuelve hacia ella y le pregunta:
– Y bien, ¿qué desearía usted? ¿Cómo ha de ejecutarse la justicia en ese hombre que ha destruido su familia con tanta brutalidad?

– Desearía tres cosas -empieza la anciana con calma, pero sin titubear- En primer lugar, quiero ir al sitio donde quemaron a mi marido para poder coger el polvo y dar una inhumación honrosa a sus restos.
Hace una pausa y luego continuó:

– Mi esposo y mi familia eran todo lo que yo tenía. Desearía, por tanto, que el Sr. Van der Broek sea de ahora en adelante hijo mío. Quiero que venga a verme al gueto dos veces al mes para pasar el día conmigo y que yo pueda así dedicarle todo el amor que todavía me pueda quedar.

– Y por último -añade-, desearía una tercera cosa. Quisiera que el Sr. Van der Broek sepa que le doy mi perdón porque Jesucristo murió perdonando a los que le mataron. Este mismo fue el deseo de mi marido. De manera que ruego que alguien me eche una mano para que pueda cruzar la sala y estrechar al Sr. Van der Broek entre mis brazos, besarle, y hacerle saber que de verdad lo he perdonado.

Cuando los alguaciles ayudan a la ancianita a cruzar la sala, Van de
Broek, sobrecogido por lo que acaba de oír, se desmaya, tal es el dramatismo y la fuerza emocional de la escena que acaba de tener lugar.

Esta buena mujer ha hecho suyo algo tan elemental y tan difícil de vivir como la actitud del Maestro en la Cruz: “¡Padre, perdónales porque no sabe lo que hacen!” La anciana africana ha luchado con todas sus fuerzas para que el odio – tan justificado en su caso – y el rencor no aniden en su corazón y lo envenenen. Ha hecho realidad en su vida algo que un santo Padre de la Iglesia había dejado escrito hace muchísimos años: “nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar” .

Como es lógico, a casi nadie le pasa lo que a esta anciana: perder a toda la familia y de forma tan traumática, tan injusta y horrorosa. Su reacción, perdonando y acogiendo, entra dentro de lo que hemos de calificar de conducta heroica. A nosotros nos suceden otro tipo de cosas, otro tipo de agravios, otra forma de ofensas: riñas en el hogar por cuestiones de pequeña importancia, malas contestaciones, gestos destemplados.

Es el momento de imitar al Señor que dijo aquello de “si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte ‘me arrepiento’, lo perdonarás” . Nuestra actitud ante los pequeños agravios ha de ser la de quitarles importancia y disculpar también con categoría humana. Cuando perdonamos y olvidamos, la vida se hace más alegre, más serena, y acabaremos por no sufrir por esas pequeñas contrariedades.

Con la ayuda de Dios, y con el esfuerzo personal, seremos capaces de mirar con buenos ojos a los que nos rodean, descubriremos las muchas virtudes que poseen, y reduciremos a su justo término los defectos que todos tenemos.
El mejor propósito de conversión en esta Cuaresma dentro del año de la fe ha de ser el pedir perdón con humildad y el perdonar con elegancia, como la anciana africana..

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.