Semana Santa, corazón del año litúrgico

Mons. YanguasMons. José María Yanguas    Queridos diocesanos:

Nos disponemos a entrar en la Semana Santa, corazón del año litúrgico que culmina con la celebración de la Pascua del Señor, el primero de los días, el día sin ocaso en que el Señor ha vencido a la muerte y la ha privado de su aguijón; el día que nos abre a la gran esperanza que inunda la existencia del cristiano. La victoria de la vida sobre la muerte, la victoria del amor de Dios sobre el pecado, el triunfo de Cristo que hunde sus raíces en la entrega de su vida por amor y que culmina en su muerte de Cruz, es, al mismo tiempo “nuestra” victoria.

Son estas fechas que el pueblo cristiano vive con especial intensidad, participando masivamente en algunas de las ceremonias litúrgicas y, de manera muy particular, en los desfiles procesionales, bien como participantes activos, bien como espectadores, pero también activos, de los mismos.

Hace unos días, en una entrevista para los medios de comunicación, me preguntaban, ente otras cosas, por cómo ayudar a Hermandades y Cofradía a mejorar el modo de vivir nuestra Semana Santa. En mi respuesta invitaba a todos a reflexionar, aunque sólo fuera unos momentos, en el sentido de las tradiciones renovadas en estos días; en el significado de nuestras procesiones; en el hecho de cargar sobre los hombros  y recorrer calles y plazas, lugares de la existencia de los hombres, con las imágenes que representan los distintos misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Si hacemos esa reflexión, nuestras procesiones serán más fácilmente momentos de verdadera devoción, expresión de fe viva, deseo de una existencia que desea configurarse, conformarse, con los episodios de la vida del Señor, representados con gran belleza formal en nuestros pasos de Semana Santa. Serán confesión de verdadera fe en la obra redentora del Señor, confesión hecha arte, movimiento, color, perfume; confesión revestida, expresada, plasmada en la materia y, a la vez, fe que invita a la acción, a seguir la senda del Maestro.

No podemos desnaturalizar ni falsear ni banalizar nuestras procesiones. No podemos permitir que nuestros desfiles de Semana Santa se reduzcan a vana exhibición, a inmadura emulación entre Hermandades, a simple representación teatral, a espectáculo folclórico, a acontecimiento cultural, para atraer turistas y curiosos. Nuestras pasos y procesiones son, ante todo, para nosotros mismos: son exteriorización de la fe, confesión sencilla, devota, y emocionada; agradecimiento que se hace arte; oración del hombre o mujer necesitados, expiación del propio pecado.

Los santos nos enseñan el sentido de la representación de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. San Juan de Ávila no dudaba en afirmar que “ningún libro hay tan eficaz para enseñar al hombre  todo género de virtud, y cuánto debe ser el pecado huido y la virtud amada, como la pasión del Hijo de Dios”. Y San Alfonso María de Ligorio sostenía: “No hay ejercicio más a propósito para santificar el alma que la meditación de los padecimientos de Jesucristo”. Y sobre uno de los ejercicios de piedad más “semanasanteros”, como es el Vía Crucis, aseguraba con firme convencimiento San Josemaría Escrivá: “El Vía Crucis. −¡Esta sí que es devoción recia y jugosa! Ojalá te habitúes a repasar esos catorce puntos de la Pasión y Muerte del Señor, los viernes. – Yo te aseguro que sacarás fortaleza para toda la semana” (Camino, 556). Y el anterior Pontífice, el Papa Benedicto XVI, afirmaba, en fin, que el Vía Crucis nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la Cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con Él. Eso son y a eso tienden nuestros desfiles procesionales de Semana Santa con las imágenes que representan los misterios salvadores de los últimos momentos de la vida de Cristo en la tierra.

+José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).