Día del Seminario 2013

Mons.  Braulio Rodríguez     A mí no me cuesta nada hablar del Seminario Diocesano, el Mayor y el Menor. Son los dos una alegría y una esperanza no sólo para mí, los rectores y demás formadores, sino también para toda la comunidad diocesana. Gracias a Dios hay vocaciones para el sacerdocio y me apena, cuando hablo con otros obispos hermanos y me dicen que sus seminaristas son pocos. Yo he vivido esta experiencia en las Diócesis donde he servido anteriormente. ¿He de quedarme tranquilo y en paz ante la bendición que supone que adolescentes y jóvenes en gran número están en ese proceso de formación en nuestros Seminarios para ser ordenados en los próximos años? Sería algo reprobable si tuviera esos sentimientos, porque es el Señor quien llama y son otros los que más han trabajado por ese ambiente vocacional que se da entre nosotros.

Yo también trabajo en ello, por supuesto. Los seminaristas no son míos, son para la Iglesia, una vez ordenados. Yo tengo la responsabilidad, con el equipo de formadores y profesores, de que las 270 parroquias de nuestra Diócesis tengan buenos sacerdotes; mi responsabilidad también llega más allá de Toledo, pues soy obispo de la Iglesia Católica. Nuestros misioneros en Hispanoamérica, sobre todo en Perú, esperan que otros sacerdotes hermanos les reemplacen, y otros obispos me piden ayuda para sus Iglesias particulares. Además de esto, los fieles de Toledo deben saber que una institución como el Seminario, de la que forman parte gente joven, siempre está en crecimiento y transformándose para afrontar nuevos retos pastorales y problemas de evangelización en las comunidades parroquiales.

El joven, por definición, es inestable y necesita firmeza de fe y capacidad de afrontar nuevos retos que necesariamente se presentan en esta sociedad en la que habita la Diócesis de Toledo. Por ello, mi inquietud es conocer hasta qué punto sienten los fieles diocesanos el Seminario como suyo, en qué medida contribuyen en su formación, y si tienen interés por esos chicos que se llaman «seminaristas», es decir, los que en un semillero crecen para ser pronto enviados a las comunidades cristianas. Me interesa que las familias hagan conocer a sus hijos esa vocación al sacerdocio como posible para ellos, si el Señor los llama a ser curas. También existen problemas económicos, pues, aunque la vida del Seminario es sobria, se necesita dinero, recursos para afrontar los gastos cuantiosos, que crean un horizonte de preocupación, pues los fieles tienen también sus dificultades y se nota en las ayudas que llegan a esta institución y en la misma colecta del Día del Seminario.

Intentaré glosar ahora esas palabras de san Pablo en 2 Tim 2,12: «Yo sé de quién me he fiado», que sirven para le lema de este Día del Seminario. La confesión de san Pablo, expresada en este verso, indica cómo ha de ser la fe a la hora de vivir el itinerario de la vida cristiana, sea cual fuera la vocación a la que el Señor nos llama. Nadie puede, por ello, aventurarse en querer ser sacerdote si personalmente no nota en sí la llamada de Cristo a una intimidad muy concreta con Jesús, si su yo personal, lo que tiene de más íntimo, no ha sido tocado por su amistad, de modo que se fía de Jesucristo y es capaz de ir a donde sea, si Él lo exige. Tampoco si no se dispone a aceptar lo que la Iglesia le ofrece para ser un buen cura, en el que la comunidad cristiana y cada fiel pone su confianza. Evidentemente, ser sacerdote no es una forma de vida. Es estúpido pensar que, si hay en España ahora un pequeño repunte en las vocaciones al sacerdocio, es porque hay mucho paro.

Ser sacerdote no es un modo de ganarse la vida, es una vida entregada desde el principio a Otro que dispone de mí, y me da su fuerza para emprender la aventura de la formación de un corazón de pastor. Y es que la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios, aunque sea al mismo tiempo y de modo inseparable el asentimiento libre a toda la verdad que el Señor ha revelado. Es justo, pues, y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que Él dice. Sería vano, por el contrario, y errado poner una fe semejante en una criatura. Los seis años de formación que el Seminario Mayor ofrece a los que vienen del Seminario Menor o que comienzan proveniente de otros ámbitos (comunidades parroquiales, movimientos y otros grupos cristianos) son un periodo muy exigente para los seminaristas, que deben estar acompañados por la oración y la cercanía de las comunidades diocesanas.

Adquirir los seminaristas un corazón de pastor, tras ejercitarse en las dimensiones de la formación para el ministerio sacerdotal que pide la Iglesia Católica a sus sacerdotes (dimensión humana, intelectual, comunitaria, espiritual y pastoral) es todo un encaje de bolillos, una verdadera filigrana en la que intervienen muchas personas y en la que influyen muchas facetas que hay que tener en cuenta. ¿Hace falta insistir que oréis y contribuyáis según vuestras posibilidades en la vida de nuestro Seminario? Yo os lo suplico, porque vosotros seréis los beneficiarios directos. Os doy las gracias por ello.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.