“Sé de quien me he fiado” – Carta para la comunidad diocesana

Mons. Amadeo Rodríguez    Queridos diocesanos:

En el corazón del Año de la fe, el Día del Seminario propone en España un precioso lema, que es el de todos los discípulos del Señor. Tomado del Apóstol Pablo, en su segunda carta a Timoteo (2 Tm 1,12), también nosotros hemos de reafirmarnos cada día en una convicción esencial de nuestra fe: “sé de quien me he fiado”. Este continuo acto de confianza es la actitud sucesiva a nuestro primer sí al Señor una vez que él nos ha alcanzado en el camino de la vida; porque así es el comienzo dela fe. En la carta a los filipenses, Pablo recuerda que ha sido alcanzado por Cristo (Fl 3,12). En efecto, nadie va a la fe si antes Cristo mismo no hubiera venido a nuestro encuentro.

La fe es un acto de confianza en quien nos hace ver que sólo él es la fuente de nuestra felicidad y el sentido para nuestra vida. No obstante, hemos de reconocer que Aquel que merece toda nuestra confianza, el Dios amor, el Dios verdad, el Dios vida, el Dios camino, no lo tiene nunca fácil con nosotros. Al contrario, en estos tiempos lo tiene especialmente difícil. Ahora Dios ha de competir con muchos ídolos que le han suplantado en el corazón humano, lugar en el que arraigala fe. Sinembargo, también hay que decir que hay muchos hombres y mujeres que, cuando encuentran a Dios, ya no les vale nada en comparación con el tesoro que han descubierto para sus vidas.

Pues bien, es en este clima de confianza, en este fiarse de Dios donde la vocación nace, crece y se hace seguimiento de Jesucristo para siempre. Sólo en la confianza plena y exclusiva se puede seguir al Señor; por eso la vida de un seminarista y la de un sacerdote es una proclamación viva de la confianza dela que Pablohace gala: “Sé de quien me he fiado”.

Nuestra confianza en el Señor se fortalece en la conciencia de que también él confía en nosotros para que seamos en el mundo testigos de su amor por el hombre, de su preocupación por todos, de su servicio a los demás. Porque nuestro Dios actúa ordinariamente entre los hombres por la vida de aquellos que confían en él y le sirven en la misión que les ha confiado.

El sacerdote vive de la confianza en Dios y de Dios; por eso la más fina sensibilidad cristiana siempre sabe detectar que somos hombres de Dios. Esa es la razón por la que la misión del sacerdote no se mide con la “vara” con la que medimos otras opciones de la vida, aunque esos hombres y mujeres también han de santificarse en sus responsabilidades temporales. Al sacerdote se le mide especialmente por todo lo que refleje a Jesucristo en su vida.

Esta valoración del sacerdote hay que reconocer que muchos la han perdido; y se pierde cuando valoramos la vida sólo por criterios mundanos y nos olvidamos de que los criterios y pensamientos de Dios son los verdaderos y originarios, y no los nuestros. Cuando valoramos la vida del sacerdote con los criterios del mundo, nos olvidamos de que la ganancia de una vocación al sacerdocio es solamente Cristo. Volviendo a citar a Pablo, también él nos marcó el criterio para valorar el seguimiento del Señor: “todo lo considero pérdida con tal de ganar a Cristo” (Fl 3,8).

Me he extendido en daros algunos criterios de valoración del sacerdote porque considero que, tanto ahora que celebramos el día del Seminario, como siempre, los católicos hemos de recuperar la conciencia clara de lo que significa ser sacerdote con una valoración de fe. Llamo la atención especialmente de las familias cristianas y os invito con calor y profundo afecto al menos a no desdeñar el bien que puede suponer para vuestros hijos que quieran ser sacerdotes. No os olvidéis de esta posibilidad cuando les hagáis propuestas de futuro a vuestros hijos. Para quitar vuestros miedos, yo os diría: “Si tenéis un hijo sacerdote, no perdéis nada ganáis mucho y, sobre todo, gana él y ganan aquellos a los que va a servir”.

A lo niños y a los jóvenes os animo a interesaros por el sacerdocio como una posibilidad para vosotros. Es verdad que a ser sacerdotes el Señor sólo llama a algunos, aunque a todos os llama a ser buenos cristianos; pero todos deberíais haceros esta pregunta: ¿Seré yo uno de esos llamados? Y si lo fuerais, sed valientes, dejadlo todo y marcharos tras Jesús. El Seminario os ayudará a madurar la llamada que el Señor os haga.

A todos vosotros, los católicos de nuestra Diócesis, os animo a valorar el sacerdocio como un don de Dios, como un acto viviente de amor de Dios, como un gesto de confianza del Señor en nosotros. Por eso os animo a crecer en aprecio hacia los sacerdotes y hacia la vocación sacerdotal. Esa es la mejor ayuda que hoy le podéis prestar al Seminario. Naturalmente siempre después de la oración, que es el camino recomendado por Jesús para el fomento de vocaciones: “Rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies”.

En nuestra Diócesis de Plasencia, como sabéis, estamos haciendo un acto de confianza pública en el Señor que llama, por eso, auque no son muchos los chicos que en estos momentos están llamando a sus puertas, estamos haciendo futuro vocacional renovando nuestro seminario con la esperanza de que siempre hay un futuro mejor. ¡Confiamos en el Señor!

Con mi afecto y bendición. 

+ Amadeo Rodríguez Magro,

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.