El alma del Cónclave

Mons. Juan del Río     La entrada del Colegio Cardenalicio en la Capilla Sixtina va acompañada del canto del Himno Veni, CreatorSpiritus, cuya grandiosidad expresó Mahler magistralmente en su Sinfonía 8, “de los mil”. El simple espectador, hombre secularizado de la cultura dominante, verá o intuirá en él una manera de solemnizar una reunión secreta de personajes poderosos: el Cónclave. En ella se elegirá a aquél que ocupará el  puesto supremo de un minúsculo Estado. A la vez, será el Jefe espiritual de una religión con más de mil doscientos millones de personas y cargará con el peso moral que significa el catolicismo en el concurso de las naciones. Por supuesto, es inevitable en esta globalidad mediática la lectura del acontecimiento en clave de luchas políticas, como si fuera la elección al parlamento de  cualquier país. Claro está que esa visión es muy reduccionista y empobrecedora, porque carece de, u olvida, los elementos esenciales que configuran el Cónclave de la Iglesia Romana.

Los cardenales, que se sitúan bajo la bóveda decorada con la  pintura del Juicio Universal de Miguel Ángel, son ante todo hombres de conciencia recta, interpelados en ese momento decisivo por su fe en Jesucristo, su amor a la Iglesia y el bien de la humanidad. Por encima de su procedencia cultural y su preparación intelectual, está el sentirse pastores del pueblo de Dios, con una misión especialísima de elegir a un sucesor de San Pedro que conduzca en la caridad a los cristianos en estas “turbulentas aguas” del siglo XXI. Pueden sufrir algunas de las tentaciones que las especulaciones mediáticas dan como hechos comprobados. Para vencerlas piden la gracia de lo Alto, ya desde el principio, con el Himno, una de cuyas estrofas dice: “Enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y, con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra frágil carne.

En otras palabras, frente a la responsabilidad de la elección, no cabe sino recurrir fuertemente a la oración, a la súplica humilde de la ayuda divina. Los electores son seres humanos, no angélicos, y un error material puede traicionarles. De ahí que toda la Iglesia se una a ellos en la comunión y en la plegaria, para que penetre  la luz interior del Espíritu, ilumine sus mentes y corazones, con la confianza de que “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene, más el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,16).

Esta actuación del Espíritu no coarta la libertad que, como hombre, tiene todo cristiano, es decir, no le fuerza a algo que él no acepte positivamente. Quienes se abren a las mociones del Espíritu de Jesús descubren en sí mismos facultades apenas sospechadas anteriormente y miran con ojos nuevos y confiados lo que se da en los demás. El Espíritu concede la energía para no quedarse estancado en uno mismo y estar dispuesto a prestar el servicio que pida la Iglesia. A la vez, infunde la sabiduría y las gracias necesarias en el elegido para desempeñar el ministerio Petrino.

Lo que está en juego no es algo puramente organizativo o un cambio de mandatario, sino la salvación de las almas, el futuro del cristianismo. Para entender bien esto, no se debe ignorar que, detrás de la visibilidad eclesial y humana, está la realidad invisible y espiritual sostenida por el Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia y, por lo tanto, del Cónclave. Como dice san Ireneo: “allí donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, está la Iglesia y toda gracia”. Este Espíritu es el factor imprevisible que opera siempre en esa asamblea. Su presencia es como la de un viento que sopla donde quiere y como quiere (cf.Jn 3,8). Muchas veces entrará hasta en las estrategias humanas para sacar adelante el plan divino que Cristo quiere para su Iglesia en cada momento. Únicamente es el Señor quien elige, aunque se valga de débiles instrumentos como los cardenales. Por eso, al finalizar el Cónclave, toda la Iglesia exclamará: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Sal 118,26).

+Juan del Río Martin

Arzobispo Castrense de España

 

(N.B. publicado en el periódico La Razón el 10.3.2013, bajo el título El alma de la gran decisión).

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma. Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla. Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana. CARGOS PASTORALES En los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992). El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año. El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".