La Pascua del Señor, evangelización y misión

Mons. Mario Iceta    Queridos hermanos y hermanas: 

1. El mes de marzo nos conduce a las puertas del centro y fundamento de nuestra fe: la celebración de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Todo el tiempo cuaresmal ha constituido una preparación para sumergirnos en la Pascua, el Paso del Señor. Los Evangelios de estos cinco domingos cuaresmales son muy sugerentes: El Espíritu conduce al Señor al desierto para ser tentado; el episodio de la transfiguración; la higuera que no da fruto; el Padre del hijo pródigo y el hijo mayor; la misericordia de Jesús con la mujer que había sido sorprendida en adulterio. Estos evangelios nos hablan de un profundo contraste. Por una lado Jesús, el enviado, el Hijo amado del Padre que ha venido para que tengamos vida en abundancia; y es guiado por el Espíritu, y se transfigura para prevenir el escándalo que la pasión va a producir en sus discípulos; y nos enseña a leer los signos de los tiempos; y nos muestra la misericordia del Padre que acoge al hijo que se había marchado y trata de ablandar el corazón del hijo mayor; y cómo esa misericordia se refleja en Jesús que mira de un modo nuevo a la mujer que querían lapidar, y le confirma en su inviolable dignidad. 

2. Pero, por otro lado, vemos al tentador que acecha a Jesús en el desierto; a un Pedro que en la transfiguración prefiere el bienestar de las tiendas en el Tabor y se escandaliza ante la entrega ignominiosa de Jesús por amor a nosotros; y vemos nuestra incapacidad de leer los signos de los tiempos, nuestro exuberante follaje, como la higuera, pero carente de verdaderos frutos; la inconsciencia del hijo pequeño, el tedio de vivir en su hogar prefiriendo abandonar al Padre y al hermano seducido por bienes y placeres que lo llevaron a verse en soledad e inmundicia; y nos sorprende la tremenda dureza del corazón del hijo mayor, cerrado en orgullo y amor propio, incapaz de conmoverse ante la vuelta de su hermano, impasible ante la grandeza del perdón paterno, atrapado en su propia y fría autosuficiencia mortal; y contemplamos la dureza inmisericorde de quienes quisieron lapidar a la mujer, cuando en el fondo ni les importaba la mujer, ni la ley ni siquiera Dios. 

3. Estos contrastes también aparecen en el fondo de nuestro corazón. Todo lo que ha creado Dios es bueno. Así lo afirma repetidamente el comienzo del libro del Génesis: “Y vió Dios que era bueno,… y pasó una noche y un día…” Y culminó la obra de la creación con el hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza, llamados a una profunda comunión con Él y con los hermanos. Y nos predestinó en Cristo, plenitud de todo, de Quien todo toma su medida, su verdad, su hermosura. Pero junto a ello, somos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestras oscuridades y abismos, de nuestros sufrimientos y traiciones, de la frustración del pecado y de la muerte. Y ello suscita en nosotros la necesidad de una profunda renovación interior, de nacer de nuevo, como sugiere Jesús a Nicodemo. Y la celebración del Misterio Pascual de Jesús nos ofrece la capacidad de renacer con Él y en Él. 

4. La nueva creación  se realiza en el Misterio Pascual del Señor. El pecado, el sufrimiento, la oscuridad y la muerte son asumidos plenamente por Jesús como entrega total de su vida por amor al Padre y a nosotros. “Levantaos, vamos”, ha llegado la hora de las tinieblas, pero también la Hora del Hijo del Hombre, advierte a los discípulos cuando Él ya había entregado por amor plenamente su voluntad al Padre en el admirable y conmovedor diálogo y súplica en el Huerto de los olivos. Y no se reservó nada; todo nos lo entregó: su Cuerpo, Su Sangre, Su Espíritu, Su Vida, Su Existencia, Su Amor, Su Misericordia, Su Perdón, Su Eternidad. Y de esa entrega brota la Creación Nueva, inmortal, transida totalmente  por el Espíritu, a la que todos somos invitados a participar sumergiéndonos en la corriente salvadora que brota de la cruz y que en el sepulcro se expresa como Vida Resucitada, vencedora del desamor, del pecado y de la muerte. 

5. La resurrección de Cristo constituye el centro y fundamento de nuestra fe. Y los que participamos de esta muerte y resurrección, hemos sido constituidos testigos y anunciadores de esta noticia que devuelve la alegría y la esperanza a toda persona necesitada de amor y misericordia. Y así, la Iglesia se convierte toda ella en misionera siendo servidora de la caridad. Como nos recuerda el Santo Padre en el mensaje para esta Cuaresma: “la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización. Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo. La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre”. 

6. Os deseo un fructuoso tiempo cuaresmal de preparación y que en la Semana Santa volváis a experimentar el profundo y renovador encuentro con Jesucristo muerto y resucitado, que Vive para siempre e intercede por nosotros. Junto con María, nuestra Madre, pido al Señor que os bendiga. Con afecto. 

 + Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 93 Articles
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.