La Cuaresma tiempo de oración

Mons. Eusebio Hernández    Queridos hermanos y amigos:

En este tercer domingo de Cuaresma, escuchamos en el Evangelio (Lucas, 13,1-9) la llamada a la conversión que Jesús lanza a propósito de la pregunta que un grupo de personas le hace sobre la suerte de algunos, que han muerto en situaciones dramáticas.

La respuesta de Jesús es la necesidad de conversión en todos: si no os convertís, todos pereceréis. Conversión que, a su vez, entra dentro de la paciencia de Dios con nosotros, como nos hace ver la parábola de la higuera que no da fruto.

Como ya hice el domingo pasado quiero ilustrar este aspecto de la conversión comentando con vosotros algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica.

La conversión don gratuito de Dios y respuesta del hombre.

En el número 1848 del Catecismo citando al beato Juan Pablo II en su encíclica Dominum et vivificanten  (31) nos explica lo que es la conversión para el cristiano: 

La conversión exige el reconocimiento del pecado, supone el juicio interior de la propia conciencia, y éste, puesto que es la comprobación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: “Recibid el Espíritu Santo”. Así, pues, en este “convencer en lo referente al pecado” descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito.

La iniciativa de la conversión del hombre es sobre todo de Dios mismo. Él no se cansa nunca de llamarnos y de facilitarnos la vuelta a Él. Lo hace además, como nos dice el Evangelio de hoy, con una gran paciencia que manifiesta su amor y la decisión de que no nos perdamos.

Esta paciencia de Dios queda clara en este mismo número del Catecismo: Como afirma san Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos “la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5, 20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su Palabra y su Espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado.

Pero, junto a esta iniciativa de Dios, debe darse también la respuesta del hombre. Comenzando con una frase de San Agustín el Catecismo (1847) nos expone la necesidad de nuestra apertura al don de la conversión: Dios, “que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín, Sermo 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia” (1 Jn 1,8-9).

El sacramento de la Penitencia nos da el don de la misericordia de Dios.

De los muchos nombre que recibe este sacramento el Catecismo (1423-1424) destaca el conversión: Se le denomina sacramento de conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión (cf Mc 1,15), la vuelta al Padre (cf Lc 15,18) del que el hombre se había alejado por el pecado.

Desde este aspecto central de la conversión es como debemos comprender siempre este sacramento. Los demás aspectos van perfeccionando lo que es su núcleo central.  Sacramento de la penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación por parte del cristiano pecador. Sacramento de la confesión porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo este sacramento es también una “confesión”, reconocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia para con el hombre pecador. Sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente “el perdón y la paz” . Sacramento de reconciliación porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia y nos ayuda a reconciliarnos siempre con nuestros hermanos.

Que esta Cuaresma sepamos cultivar este espíritu de conversión tan necesario en nuestra vida y acercarnos al sacramento de la penitencia para recibir el impulso de Dios hacia una nueva vida.

Oración por la elección del nuevo Papa

No quiero terminar esta reflexión sin dejar de invitaros a todos a la oración personal y comunitaria, en este tiempo especial para la Iglesia. Desde el pasado día 28, la Sede de Pedro está vacante y, junto a todos los cristianos, imploramos al Señor que ilumine, con la acción del Espíritu Santo, a los cardenales que deben elegir uno nuevo pastor de la Iglesia Católica.

Con todo afecto, os bendigo.
+ Eusebio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
Acerca de Mons. Eusebio Hernández Sola 202 Articles
Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.