La alegría de la conversión a Dios

Mons. Manuel Ureña   Estamos viviendo el IV Domingo de Cuaresma, conocido como “Dominica Laetare”.

En la liturgia de la Palabra de la Eucaristía de los dos primeros domingos de Cuaresma, los evangelios que se proclaman tienen como núcleo a Cristo tentado por el demonio (primer domingo) y a Cristo transfigurado (segundo domingo). En cambio, los evangelios de los tres domingos restantes nos preparan más directamente para la recepción del bautismo o para renovar las promesas bautismales en la noche de Pascua. El fin directo que persiguen es, pues, suscitar la conversión.

De este modo, en el ciclo A, los fragmentos del Evangelio que se proponen para su proclamación en la misa dominical anuncian los temas bautismales del antiguo Leccionario romano, como el encuentro del Señor con la Samaritana; la curación del ciego de nacimiento; y la resurrección de Lázaro. Por su parte, el ciclo litúrgico B nos ofrece una serie de textos para la lectura evangélica centrados en el misterio de la cruz gloriosa de Cristo según san Juan. Aparecen así la señal del templo destruido y reedificado; el amor de Dios Padre, quien da al mundo a su Hijo y lo entrega al sacrificio en la cruz por nosotros; y la “hora de Jesús”. Finalmente, el año C pone de relieve, con los textos del evangelista Lucas, la gran misericordia de Dios y la invitación consiguiente a recibirla. Esta misericordia se nos muestra, por ejemplo, en el padre de familia siempre pendiente del retorno de su hijo menor y pronto a salir a su encuentro para ofrecerle el ósculo de la paz; y en el perdón otorgado por Jesús a la mujer adúltera, condenada por la ley a ser lapidada.

Pues bien, en el presente año, año litúrgico C, el calendario litúrgico-pastoral nos ofrece como primer texto posible para el Evangelio de hoy el relato de la parábola del hijo pródigo (cf Lc 15, 1-3. 11-32). Es, por tanto, un fragmento del Evangelio que nos llama directamente a la conversión de la persona.

Guiado por la gran sabiduría del Papa Benedicto XVI, permitid os hable en este pequeño texto pastoral sobre el núcleo de la parábola.

¿En dónde descansa el centro de gravedad de la así conocida como “parábola del hijo pródigo? ¿En el hijo menor, que pide al padre la parte de la herencia que dice corresponderle y que, marchándose a un país lejano, dilapida aquélla viviendo disolutamente?. O ¿acaso en el hijo mayor, que regresa a casa tras el trabajo en el campo, oye la fiesta en la casa, se entera de que el motivo de ésta es la vuelta de su hermano y se enoja profundamente? Y, finalmente, ¿no podría ser que fuera el padre el verdadero centro del relato de la parábola?

Esto último es lo que piensa Joachim Jeremías y, con él, algunos exegetas más, quienes han propuesto llamar a esta narración de Lucas “parábola del padre bueno”, el cual pasaría a ser el verdadero centro del texto. Otros autores, como Pierre Grelot, destacan como elemento también esencial la figura del hijo mayor, del hijo que se quedó en casa y que fue siempre obediente a su padre. Y, por eso, Grelot propone llamar al relato “parábola de los dos hermanos”. De hecho, la parábola comienza así: “Un hombre tenía dos hijos” (cf Lc 15, 11). Por último, en la parábola, la figura del hijo pródigo está tan admirablemente descrita, y su desenlace – en lo bueno y en lo malo – nos toca de tal manera el corazón, que el hijo menor ocupa sin duda un lugar central en la narración.

En realidad, la parábola tiene tres protagonistas. Ciertamente, el núcleo de la parábola es el padre, quien representa al Padre Dios, el cual actúa por medio de Cristo, significado éste en el relato de Lucas en el acto del abrazo del padre al hijo pródigo arrepentido. Respecto de los dos hijos, el mayor y el menor, uno y otro se encuentran, desde el punto de vista religioso y moral, más cerca de lo que a primera vista podría parecer. En efecto, el hijo menor representa a los pecadores y a los publicanos, mientras que el hijo mayor, el bueno oficialmente, representa a los fariseos y a los letrados. Unos y otros están necesitados del perdón del padre, pues, si el pródigo ha vivido como un pagano, en contra de lo exigido por la ley, el mayor, esto es, el fariseo y el letrado, había cumplido ciertamente la ley, pero su corazón distaba mucho de haber encontrado la paz en el amor del padre. Por tanto, ambos necesitaban del perdón paterno. ¿Acaso al hijo mayor no le habría gustado también haber escapado hacia la gran libertad en cuyas redes quedó atrapado el hijo menor? ¿No actúa el hermano mayor movido por la envidia cuando juzga con tanta inclemencia a su hermano menor?

Preguntémonos, pues, en esta cuaresma dónde se encuentra actualmente apoyada la persona de cada uno de nosotros. Y convirtámonos a Dios, tanto si estamos en el abismo del pecado como si nos encontramos viviendo en la casa paterna, pero todavía no hemos dado el salto de la ley al amor. Pues no justifica la ley, sino la fe en el amor, cuando ésta, por tener como objeto el amor, suscita el amor y actúa por medio del amor.

† Manuel Ureña,

Arzobispo de Zaragoza

Mons. Manuel Ureña
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Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de Marzo de 1945. Realizó sus estudios de Enseñanza Primaria en las Escuelas Nacionales de su pueblo natal. En Septiembre de 1959 ingresó en el Seminario Metropolitano de Moncada (Valencia), en donde cursó el Bachillerato Elemental y el Bachillerato Superior, y, posteriormente, el quinquenio de Estudios Eclesiásticos, obteniendo en junio de 1970 el título de Bachiller en Teología. Entre los años 1968 y 1973, cursó Estudios Superiores de Historia y de Geografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Literaria de Valencia. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca con una tesina sobre “El tema de Dios en el joven Leibnitz”. El 14 de Julio de aquel mismo año, 1973, recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos del entonces Sr. Arzobispo Metropolitano, S.E. Rvdma., Mons. José María García Lahiguera. A partir de septiembre de aquel año ejerce el ministerio sacerdotal, como coadjutor, en la parroquia de Nuestra Señora del Olivar de Alacuás (Valencia) y, al mismo tiempo, imparte clases de Teología pastoral, de Teología Fundamental y de Teología de la fe en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia. En Septiembre de 1976 es enviado a Roma para cursar estudios superiores de Filosofía en la Pontificia Universidad de Santo Tomás. Allí obtendrá en abril de 1984 el grado de Doctor en Filosofía con una Tesis Doctoral sobre el pensamiento del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch titulada: “Ernst Bloch:una interpretación teleológica –inmanente de la realidad” que mereció la máxima calificación académica. En 1980, es nombrado Director del Colegio Mayor "San Juan de Ribera", de Burjasot (Valencia), y profesor de Metafísica y de Historia de la Filosofía Antigua en la Facultad de Teología de Valencia. Durante dos semestres impartiría también las asignaturas de Filosofía de la Religión y de Historia de la Filosofía medieval. En 1987 es nombrado miembro de la Blochsgesellschaft, en la entonces República Federal de Alemania. El 8 de Julio de 1988 el Papa Juan Pablo II lo nombró Obispo de la Diócesis de Ibiza, siendo consagrado el 11 de septiembre de aquel mismo año. Y, desde el 20 de abril de 1990, simultaneó su ministerio episcopal en Ibiza con el de Administrador Apostólico de la Diócesis de Menorca. En Julio de 1991, el Papa Juan Pablo II lo trasladó a la Diócesis, entonces recien creada, de Alcalá de Henares, nombrándolo, al mismo tiempo, Visitador Apostólico de los Seminarios Mayores de las provincias eclesiásticas de Andalucía y Administrador Apostólico de la Diócesis de Ibiza. En 1992, el entonces Presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Zaragoza, S. E. Rvdma., Mons. Elías Yanes Álvarez, lo nombró Consiliario Nacional de la Adoración Nocturna Española, cargo que sigue ejerciendo en la actualidad. En Julio de 1998 es nombrado Obispo de la Diócesis de Cartagena, Administrador Apostólico de la diócesis de Alcalá de Henares y Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. Promovido al Arzobispado de Zaragoza el 2 de abril de 2005, comenzó a ejercer aquí su ministerio de sucesión apostólica el 19 de junio del mismo año, al tiempo que era nombrado Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena y Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral Social, de Seminarios y Universidades, y del Comité Episcopal ‘Pro vita’. En la actualidad es miembro de la Comisión Episcopal de para la Doctrina de la Fe. Su investigación filosófica gira en torno al pensamiento marxista y al pensamiento postmoderno. En teología, ha trabajado bastante el pensamiento de los teólogos católicos Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar; y, en teología protestante, ha familiarizado mucho con los teólogos protestantes Karl Barth y Dietrich Bonhoeffer. Sus trabajos científicos son ya más de 60. Y su principal publicación es el libro Ernst Bloch, ¿un futuro sin Dios? (BAC MAIOR (Madrid) 1986). Reconocimientos: Hijo Predilecto de Albaida, Medalla de Oro de la ciudad de Murcia, Defensor de Zaragoza 2008, Premio IACOM (Instituto Aragonés de Comunicación). Premio Fundación Carlos Sanz 2010. Caballero de Honor de Ntra. Sra. del Pilar. Encargos pastorales: Miembro de la Comisión de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal, trienios (1993-1996; 1996-1999; 1999-2002; 2002-2005; 20005-2008; 2008-2011). Miembro de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (2011-2014). Gran Canciller de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica San Antonio de Murcia.