La clave de una renuncia

Mons. Juan del Río     El hecho insólito de que Benedicto XVI haya puesto día y hora a su renuncia como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro ha llenado de asombro a la cristiandad y a la sociedad mundial. Desde su anuncio, el pasado 11 de febrero, estamos viviendo un verdadero tsunami mediático. Lo curioso es que todo esto sucede en el escenario de la globalización, dominada por la cultura del relativismo secularizador, que trae como consecuencia una ceguera sobre la verdad y un vivir de espalda a Dios. Es más, en este ambiente, aun el mismo hecho religioso parece carecer de relevancia pública y la libertad religiosa es negada o cuestionada en muchos países.

Dentro de este espacio, la Iglesia católica ocupa de repente un primerísimo plano, porque el Papa ha alterado – con la legitimidad de supremo legislador de la Iglesia – la tradición de siete siglos renunciando al cargo de Romano Pontífice. Las cábalas se han disparado pronto: las historias de intrigas sobreabundan, el manto de la sospecha se abate sobre personas e instituciones que ponen en la picota, la caza y captura de las ocultas razones no cejan. Tampoco faltan mensajes y presiones para que la Iglesia se actualice según los principios infalibles de la modernidad liberal. ¡Todo es interpretado como mandan los cánones políticos de lucha por el poder!

¿Qué sucede? Sencillamente que hay un gran desconocimiento, posiblemente voluntario, de la persona, de la naturaleza de la Iglesia y del Papado. En cierta manera, se comprende que, para el simple espectador más o menos creyente, la estructura visible y la pura sociología sea lo que domine en sus valoraciones. Sin embargo, para entender el significado de la Iglesia católica y de lo que sucede en ella, hay que situarse en su doble realidad: humana y divina, visible y espiritual, santa y compuesta por miembros pecadores. El alma de esa organización no la configura el poder humano, sino el Espíritu Santo que prometió Jesucristo a los suyos hasta el final de los tiempos. La fe en Dios y el sentido de pertenencia a esa  comunidad de creyentes es la fuente originaria de la que todo se deriva. La Iglesia sólo pertenece a Jesucristo, que quiso edificarla sobre la “roca de Pedro” (Mt 16,18).

Sin estos elementos espirituales fundamentales difícilmente se podrá comprender el salto histórico en la tradición que ha dado Benedicto XVI. En su decisión no hay un atisbo de traición o huida de “los lobos”, sino todo lo contrario, alto discernimiento de espíritu, fidelidad evangélica a la voluntad del Señor y oblación por la Iglesia. El testimonio de vida y el alto magisterio teológico y pontifico avalan estas premisas. Por eso, el camino escogido no es fruto de un momento, ni viene determinado por modas pasajeras de este mundo, sino como dice él mismo,  es consecuencia de “haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia”. El Papa Ratzinger, renuncia en las coordenadas de la fe, con plena libertad, lucidez,  serenidad, y según la forma establecida por la normativa canónica vigente.

El texto de su declaración de renuncia es de una claridad meridiana y de una comprensión accesible a todo el mundo, salvo a los llenos de prejuicios, sean del tipo que sean, o bien a aquellos que se creen en el derecho y en el deber de dar patentes de catolicidad. Los llamados achaques de la edad y las elevadas exigencias de la misión eclesial en la actualidad, donde asistimos a un cambio de época, hacen imposible “ejercer bien el ministerio encomendado”. La renuncia es, pues, un acto tremendamente humano por su realismo, sublime por su desprendimiento total, por la coherencia de fe en su trayectoria vital, por el gran amor a la Iglesia y al futuro de la Sede de Pedro. ¡Éste es el quid de la renuncia!

La celebración del Año de la fe será recordada por este gesto de Benedicto XVI, que ha traído el aire fresco de Pentecostés para toda la Iglesia. Ha sido una llamada a mayor santidad de vida a todos los niveles del cuerpo eclesial. Porque sólo una fe como la del Papa, confiada absolutamente en Dios, vence al mundo (cf. 1Jn 5,4). El anciano de rostro resplandeciente de bondad  que se nos presentó, hace casi ocho años, como “humilde trabajador de la viña del Señor” se va sin hacer ruido, como lo más natural del mundo. Ha vivido el ministerio petrino con la elegancia espiritual de aquellos que han descubierto que la verdad de Cristo está en la humildad.  Al igual que Juan Pablo II, no se ha bajado de la cruz, ha tenido su Getsemaní y su Calvario particular. Imitando a María en el Gólgota, contempla a su Redentor y Salvador  “meditando todas las cosas en el secreto de su corazón” (Lc 2,19.51) ¡Qué gracia tan grande ha tenido el catolicismo  y la humanidad con estos grandes Pontífices, que son las dos caras de una misma cruz!

+ Juan del Río Martín

Arzobispo Castrense de España

Mons. Juan del Río
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Mons. D. Juan del Río Martín nació el 14 de octubre de 1947 en Ayamonte (Huelva). Fue ordenado sacerdote en el Seminario Menor de Pilas (Sevilla) el 2 de febrero de 1974. Obtuvo el Graduado Social por la Universidad de Granada en 1975, el mismo año en que inició los estudios de Filosofía en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, obteniendo el título de Bachiller en Teología en 1979 por la Universidad Gregoriana de Roma. Es doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1984). Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis de Sevilla. Comenzó en 1974 como profesor en el Seminario Menor de Pilas, labor que ejerció hasta 1979. De 1976 a 1979 regentó la Parroquia de Sta. María la Mayor de Pilas. En 1984, una vez finalizados los estudios en Roma, regresó a Sevilla como Vice-rector del Seminario Mayor, profesor de Teología en el Centro de Estudios Teológicos, profesor de Religión en el Instituto Nacional de Bachillerato Ramón Carande y Director espiritual de la Hermandad de los Estudiantes de la Universidad sevillana. CARGOS PASTORALES En los últimos años como sacerdote,continuó su trabajo con los jóvenes e inició su labor con los Medios de Comunicación Social. Así, desde 1987 a 2000 fue capellán de la Universidad Civil de Sevilla y Delegado Diocesano para la Pastoral Universitaria y fue, desde 1988 a 2000, el primer director de la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (ODISUR). Además, colaboró en la realización del Pabellón de la Santa Sede en la Expo´92 de Sevilla, con el cargo de Director Adjunto, durante el periodo de la Expo (1991-1992). El 29 de junio de 2000 fue nombrado obispo de Jerez de la Frontera y recibió la ordenación episcopal el 23 de septiembre de ese mismo año. El 30 de junio de 2008, recibe el nombramiento de Arzobispo Castrense de España y Administrador Apostólico de Asidonia-Jerez. Toma posesión como Arzobispo Castrense el 27 de septiembre de 2008. El 22 de abril de 2009 es nombrado miembro del Comité Ejecutivo de la CEE y el 1 de junio de 2009 del Consejo Central de los Ordinarios Militares. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2017. Ya había sido miembro de esta Comisión de 2002 a 2005 y su Presidente de 2005 a 2009, año en que fue elegido miembro del Comité Ejecutivo, cargo que desempeñó hasta marzo de 2017. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".