Fe-conversión: Giovanni Papini

Mons. Agustí Cortés      Uno se pregunta si es apropiado traer aquí, a la galería de testigos conversos a la fe católica, el testimonio de un personaje tan singular como Giovanni Papini. La duda se resuelve en un “sí” a condición de fijarnos solamente en lo esencial de su proceso, por lo demás tan sorprendente, paradójico y admirable.

Nació en Florencia (1881). Fue bautizado “clandestinamente”, a escondidas de su padre, ateo convencido. Papini contará cómo, de acuerdo con las órdenes familiares, en el colegio, cuando tocaba la asignatura de religión, él salía de la clase. Un compañero judío hacía lo mismo. Éste un día le preguntó: ¿qué es tu padre, un hereje protestante excomulgado? No, es ateo, respondió Giovanni. Y ¿qué quiere decir “ateo”? Un hombre que no cree en nada. Me miró, volvió la espalda, nunca más me hizo preguntas. Un día me pudo la curiosidad, me aproximé lentamente a la puerta cerrada de la clase. La voz del profesor recitaba los diez mandamientos: ‘honrarás a tu padre y a tu madre’. Y durante todo el día, estupefacto, pensé: ‘¿Por qué mi padre me prohibe aprender a honrarle?’. El caso es que Papini se convirtió en un auténtico devorador de libros y con su gran inteligencia y su memoria adquirió, él solo, una cultura extraordinaria. Con su habilidad para la escritura se entregó apasionadamente a la denuncia más radical de todo lo establecido y “políticamente correcto”, a través de revistas fundadas por él, obras y ensayos. Era un rebelde. Adoptó posturas siempre radicales, próximas, tanto al anarquismo como al fascismo. Le agradaba sorprender y escandalizar. En el ámbito de la religión se confesaba siempre agnóstico militante y anticlerical (Memorias de Dios).

Pero su inconformismo radical se debía a su insaciable sed de infinito y su negativa a conformarse con medias tintas. No soportaba el materialismo y reivindicaba el poder del espíritu humano, que aspira a ser dios: todo un programa de renacimiento de la cultura y sociedad. Era un apasionado buscador de la verdad, nostálgico de Dios, espíritu intransigente y amante de la belleza. Sincero y consecuente con sus ideas, nunca se resignó a permanecer quieto; así, vivió situaciones de fracaso, sufrientes y trágicas, que plasmó en su obra El hombre acabado, un título que podría traducirse por “el hombre en el límite de sus posibilidades humanas”.

La Verdad y la Belleza de Cristo, ese infinito que buscaba, se le acercó por caminos realmente sencillos: los de la amistad y el amor. Los campesinos de Bulciano le devolvieron el significado de la palabra “prójimo”: “Únicamente al lado de estos hombres del pueblo mínimo y pobre he vuelto a tener conciencia de mi naturaleza y de mi destino de hombre”. Una excursión a la montaña con su amigo Cefiso, la visita a La Verna y San Francisco, “el santo para nosotros”. Una procesión de Semana Santa (“la Pasión se me convertía en carne, sangre y dolor”)… Una señora del pueblo que le pide que bautice a su hija que está en peligro de muerte… Se enamora y se casa con la hija del campesino Giovanoli, quien le pedía leer de noche poemas y los evangelios, a cuyas veladas acudían otros… La amistad con el cristiano culto y admirado Domenico Giuliotti, (“Dios me ha dicho que no eres de los que pueden detenerse a mitad de camino”). La muerte del joven amigo Midio, con quien conversa en el día de Pascua:

“Midio, Jesús ha resucitado hoy, debemos estar todos contentos. Me miró fijamente, pero con una sonrisa más dulce, diciéndome ‘Jesús ha resucitado. También nosotros resucitaremos, ¿verdad?’ Me había llamado por primera vez por mi nombre, como amigo de igual a igual: ‘¡Oh, Giovanni!’. Desde ese día, mi corazón fue menos malo…”

Se convirtió en 1919 y en 1921 escribió La historia de Cristo, un canto entusiasta a la Verdad y la Belleza de Dios hecho hombre. Escribirá a su amigo Angelini: “Estoy a punto de hacer de mí mismo la teoría del amor. Pero del amor tal como fue ordenado por Jesús”. Se convirtió en un activista de la revolución de Cristo. Murió físicamente decrépito y acabado, pero escribió: “Espero que Dios me conceda la gracia, a pesar de todos mis errores, de llegar al último día con el alma entera”.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.