Cuaresma 2013

Mons. Julián López      El pasado día 13, miércoles de ceniza, se inauguró el tiempo de Cuaresma. La liturgia lo saluda con estas significativas palabras de S. Pablo que se proclaman el miércoles de Ceniza: “He aquí el tiempo favorable… el día de la salvación” (cf.  2 Cor 6, 2) .

La noticia, dada personalmente por el Papa Benedicto XVI dos días antes, de su renuncia con plena libertad y por el bien de la Iglesia, además de causar una gran conmoción en la Iglesia Católica y fuera de ella, incide sobre este tradicional tiempo en que los creyentes somos convocados a imitar a nuestro Redentor en su retiro de cuarenta días en el desierto. En efecto, la Cuaresma es un momento fuerte de la vida cristiana y comprende retiros y ejercicios espirituales, lectura más extensa de la palabra de Dios, oración más intensa, privaciones voluntarias como el ayuno y la abstinencia, comunicación de bienes como la limosna y otras obras de caridad.

Pero este tiempo saludable tiene este año la connotación añadida de la despedida del Santo Padre que delante de Dios en la oración y siguiendo el dictado de su conciencia deja el ministerio de obispo de Roma y Pastor de la Iglesia Universal para servirla desde la soledad y la plegaria. Él mismo ha dicho que le sostiene e ilumina la certeza de que la Iglesia es de Cristo que no dejará de guiarla y cuidarla. Este retiro de la vida pública se producirá el día28 alas 20 horas. En ese momento la Sede de Pedro quedará vacante y empezará el proceso para la elección de un nuevo Papa por el Colegio de Cardenales que, aunque proceden de diócesis de todo el mundo, pertenecen, en virtud del título cardenalicio de cada uno, a la Santa Iglesia Romana. Se ha anunciado que el cónclave tendrá lugar a mediados de marzo, por tanto en plena cuaresma todavía.

Esto quiere decir que habrá que intensificar la vivencia del espíritu cuaresmal. El motivo nos lo ha dado también Benedicto XVI. Sus palabras son especialmente valiosas en estos momentos. Suenan como la última voluntad del padre a sus hijos al partir de este mundo. Y esto es lo que ha dicho el Papa en el marco de la Misa del Miércoles de Ceniza: “Esta oración (del profeta en la I primera lectura) nos hace reflexionar sobre la importancia del testimonio de fe y de vida cristiana de cada uno de nosotros y de nuestras comunidades para manifestar el rostro de la Iglesia y cómo, algunas veces este rostro es desfigurado. Pienso, en particular, en las culpas contra la unidad de la iglesia, en las divisiones en el cuerpo eclesial. Vivir la Cuaresma en una comunión eclesial más intensa y evidente, superando individualismos y rivalidades, es un signo humilde y precioso para los que están alejados de la fe o los indiferentes”.

La palabra clave del tiempo de Cuaresma es la conversión, dimensión esencial de nuestra existencia de creyentes, es decir, de la fe como adhesión y confianza en Dios. Este es uno de los aspectos que nos propone y facilita el Año de la Fe en el que estamos inmersos. Lo señalaba expresamente Benedicto XVI al convocarlo, recordando también cómo la conversión es necesaria para la renovación de la Iglesia, ahora explícitamente invocada con motivo del anuncio de su renuncia al ministerio petrino. He aquí las palabras del Papa el 11 de octubre de 2011: “Mientras que Cristo, ‘santo, inocente, sin mancha’ (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Cor 5, 21), sino que vino a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación… En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el amor que salva, y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31)” (Carta Apost. Porta Fidei, n. 6).

Durante el tiempo de Cuaresma, preparándonos para celebrar la Pascua con gozo y alegría renovada, debemos tener fija la mirada en Jesucristo, “que inició y completa nuestra fe” (Hb 12, 2), poniendo en práctica las obras señaladas antes. No deja de ser significativo que Benedicto XVI  haya centrado su mensaje para la Cuaresma de este año en la fe y en la caridad. Como hizo en su primera encíclica “Deus caritas est” (Dios es amor), el Papa reitera que se es cristiano mediante el encuentro con una Persona que da a nuestra vida un horizonte y orientación decisiva. Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un mandamiento, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro. La fe y la caridad definen, por tanto, nuestra vida transformada por el amor de Dios de manera que con la fe entramos en la amistad con Él y con la caridad no solamente cultivamos esta amistad sino que la proyectamos en el amor y en el servicio a nuestros hermanos con el mismo amor de Dios.

Como ya apuntó en la Carta Porta Fidei, la fe precede a la caridad pero sólo se revela genuina y auténtica si culmina en ella, es decir, si se traduce en obras. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos. Ambas virtudes se necesitan mutuamente.  La Cuaresma nos invita precisamente a alimentar la fe con la palabra de Dios y la oración y a crecer en la caridad mediante la penitencia y la limosna. Os invito a entrar en ella con verdadero espíritu cristiano de conversión personal y comunitaria y profundo sentido de comunión eclesial. Con mi cordial saludo y bendición:

 +Julián López

Obispo de León

Mons. Julián López
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Mons. D. Julián López Martín nace en Toro (Zamora) el 21 de abril de l945. Estudió en el Seminario Diocesano de Zamora y en el P. Instituto de San Anselmo de Roma, donde obtuvo el doctorado en Teología Litúrgica en 1975, como alumno del P. Colegio Español y del Centro Español de Estudios Eclesiásticos anexo a la Iglesia Nacional Española de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Zamora el 30 de junio de 1.968. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor de Villarín de Campos y cura ecónomo de Otero de Sariegos (1968-1970), coadjutor de la parroquia de Cristo Rey en Zamora (1973-1989) y, desde 1978, canónigo Prefecto de Sagrada Liturgia de la Catedral de Zamora y delegado diocesano de Pastoral Litúrgica, miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores desde 1984. Ha sido también consiliario diocesano del Movimiento Familiar Cristiano (1976-1986) y consiliario de la Zona Noroeste de este Movimiento (1980-1983). Profesor de Religión en el Instituto "Claudio Moyano" (1975-1976) y en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado en Zamora (1981-1983). Ha sido director del Centro Teológico Diocesano "San Ildefonso" y de la Cátedra "Juan Pablo II" (1984-1992); delegado diocesano para el IV Centenario de la Muerte de Santa Teresa de Jesús (1980-1982); Año de la Redención (1983-1984); Año Mariano Universal (1987-1988); V Centenario (1992) y Congreso Eucarístico de Sevilla (1993). Profesor de Liturgia y Sacramentos de la Universidad Pontificia de Salamanca (1975-1981 y 1988-1994), ha sido también Presidente de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (1992-1995), habiendo impartido clases en las Facultades de Teología de Burgos (1977-1988) y de Barcelona (1984-1989). El 15 de julio de 1994 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo por el Papa Juan Pablo II, tomando posesión el 25 de agosto del mismo año. Cargo que desempeñó hasta su nombramiento como Obispo de León el día 19 de marzo de 2002, tomando posesión el 28 de abril. El 6 de julio de 2010 Benedicto XVI le nombró miembro de la congregación para el Culto Divino de la Santa Sede. En la CEE ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de 1996 a 1999. De 1993 a 2002 formó parte de la Comisión de Liturgia y desde 2002 a 2011 fue Presidente de dicha Comisión. Desde 2011 es miembro de ella