Cuaresma: Camino para la verdadera liberación del corazón

Mons. Luis Quinteiro Fiuza     Queridos hermanos:

Con estas letras en la inminencia de la Cuaresma, quisiera convocaros a vivir
este tiempo de gracia como una oportunidad de crecimiento en la fe y de compromiso con nuestra condición  de bautizados.  Somos  Pueblo  de Dios en  camino y nos reconocemos necesitados de la ayuda del Señor para ir dando nuevos pasos en el seguimiento de Cristo.

EL CAMINO Y LA PROPUESTA DE LA CUARESMA 

Cada año, la peregrinación cuaresmal nos ofrece una ocasión providencial para rofundizar en el sentido y el valor de ser cristianos y nos estimula a descubrir de nuevo la isericordia de Dios. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos ompromisos específicos que acompañen a los fieles en este proceso de renovación interior.

En este Año Jubilar de la Fe que estamos viviendo, junto con los tradicionales compromisos e la oración, el ayuno y la limosna, me gustaría invitaros a una profunda vivencia renovada e los contenidos esenciales de nuestra Fe Católica.

El ayuno, la limosna y la oración que la Iglesia propone de modo especial en el
período  penitencial  de  Cuaresma,  son  una  ocasión  propicia  para  conformarnos  con  esa cción renovadora y así nos lo recuerda el hermoso sermón 43 de San Pedro Crisólogo: Tres on,  hermanos,  los  resortes  que  hacen  que  la  fe  se  mantenga  firme,  la  devoción  sea onstante y la virtud permanente. […] El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la
misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse.

Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno.

Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien e suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra os suyos al que le suplica.

Debemos  vivir la Cuaresma como  una verdadera liberación  del  corazón, un
éxodo que nos lleve a alejar de nosotros la tentación de sentirnos autosuficientes para llegar  la tierra prometida de la Justicia de Dios. No podemos solos, necesitamos de Dios que con u  amor  nos  libera  de  nuestras  falsas  seguridades.  Es  también  este  un  tiempo  para econocernos necesitados de los demás, nuestros hermanos y compañeros de camino, y así
ayudarnos y mutuamente sostenernos.  Con cada ciclo del Año Litúrgico, la Cuaresma nos frece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos.

Nos estimula a redescubrir la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser misericordiosos.

LA VIVENCIA CUARESMAL EN NUESTRO TIEMPO Y SOCIEDAD

Vivimos  tiempos  en  los  que  la  realidad  social  manifiesta  una  abundante
pluralidad en ideologías en formas de entender la vida, la familia, la educación, la religiosidad e incluso el Evangelio. En este aparente régimen de libertades, claramente incompleto y en ocasiones  deficiente,  cada  uno  debería  sentirse  autorizado  para  manifestar  los  propios criterios, costumbres y creencias. Sin embargo se va produciendo un fenómeno que nos
llama a la reflexión, a replanteamientos personales y a actitudes  verdaderamente coherentes y libres. Pero a la vez comprobamos que no es el respeto lo que domina. Ni siquiera abundan en determinados ámbitos sociales los planteamientos capaces de orientar la vida de muchas personas y colectivos.

A nadie se oculta la prevalencia de determinados criterios y comportamientos
ajenos de los que se inspiran en la Doctrina de la Iglesia, transmisora fiel del Evangelio. Se percibe  una  progresiva  uniformidad  o,  al  menos,  una  extensa  coincidencia  en manifestaciones de todo tipo, cuyo denominador común es un absoluto inmanentismo, una valoración puramente terrena de la verdad y del bien, que termina en el objetivo de un bienestar sin límites y capaz de satisfacer los deseos, sin más referencia de discernimiento
que la propia visión subjetiva,  o la impuesta por  fidelidades a ideologías  o  a presiones sociales. Junto a estos datos verdaderamente deficientes y hasta negativos para orientar la vida personal y social, existen formas de pensar, de vivir, de expresarse y de comportarse verdaderamente positivas y ejemplares. Pero corren el peligro de ser obstaculizadas. Se va
cultivando la idea de que la religiosidad es asunto anacrónico, descompasado respecto de la marcha de la sociedad, contrario al progreso y fundamentado en intereses irrespetuosos con la libertad de la persona. No nos extraña, pues, que estando así las cosas, la Cuaresma suene a algo desfasado, inútil, y hasta ridículamente perjudicial; sobre todo si se presenta desde la
perspectiva del ayuno, la limosna, de la abstinencia y de la práctica de la penitencia.

LA LIMOSNA: MODO DE IDENTIFICACIÓN CON CRISTO

La seducción de las riquezas materiales es muy fuerte en nuestra vida pero más fuerte tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas. La práctica de la limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta
finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial al igual que sucedía en la Iglesia primitiva.

Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que
poseemos,  sino  administradores:  por  tanto,  no  debemos  considerarlos  una  propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (n 2404).

Frente a la muchedumbre que en esta etapa de crisis económica y social, está
privada de los medios fundamentales para desarrollar una vida digna, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia
en países como el nuestro en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

La  limosna  cristiana  tiene  que  hacerse  en  secreto.  Que  no  sepa  tu  mano
izquierda  lo  que  hace  la  derecha,  así  tu  limosna  quedará  en  secreto (Mt 6,3-4).  La preocupación del discípulo debe ser que todo sea para mayor gloria de Dios. Así nos lo enseña Jesucristo cuando afirma: Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16).

LA LIMOSNA: SIGNO DE LA CONVERSIÓN INTERIOR

Queridos hermanos y hermanas, que esta conciencia acompañe cada gesto de
ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros  hermanos,  sino  que  más  bien  aspiramos  a  satisfacer  un  interés  personal  o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la perspectiva
evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo
por nosotros.

¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si tan sólo provocan la vanagloria del corazón. Por este motivo, quien sabe que  Dios ve en lo secreto y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

La Escritura nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch
20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf.  2Cor 5,15).  Cada  vez  que  por  amor  compartimos  nuestros  bienes  con  el  prójimo  necesitado experimentamos  que  la  plenitud  de  vida  viene  del  amor  y  lo  recuperamos  todo  como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Papa Benedicto XVI, en
una audiencia general que tuvo lugar el 28 de diciembre de 2012, explicó que el Amor de Dios no es una realidad intimista que impulsa a encerrarse en sí mismos, sino, al contrario, pide salir de sí, porque el bien es difusivo, se difunde mediante la fuerza interior, como reconocía Platón, y san Agustín que afirmaba que  el amor de Dios dilata los confines de nuestra misma humanidad.

La caridad, como exhorta san Pedro, cubre multitud de pecados (1P 4,8). Como repite a menudo la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece a los pecadores la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a
los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad?

Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra  vocación  cristiana.  El  cristiano,  cuando  gratuitamente  se  ofrece  a  sí  mismo,  da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

Queridos  hermanos  y  hermanas,  la  Cuaresma  nos  invita  a  entrenarnos
espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y por ende en la fe reconociendo en los pobres a Cristo mismo. Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, este tiempo ha de caracterizarse por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos
de su amor.

Que Santa María, Madre nuestra y esclava del Señor, ayude a los creyentes a
proseguir la batalla espiritual de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de  la limosna,  para  llegar  a las  celebraciones  de  las  fiestas  de  Pascua  renovados  en  el espíritu.

Vuestro, afmo. en Jesucristo,

† Luis Quinteiro Fiuza
Obispo de Tui-Vigo

Mons. Luis Quinteiro
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Don Luis Quinteiro Fiuza, nace en Sabrexo (Vila de Cruces-Pontevedra) en el año 1947. Ingresa en el Seminario Menor de Belvís de Santiago de Compostela en 1958. Unos años después, en 1966, siendo seminarista mayor, comienza sus estudios teológicos en la Pontificia Universidad de Comillas (Santander) y, trasladada esta universidad a Madrid, obtiene el grado de Licenciado en Teología y realiza los cursos de doctorado.En Junio de 1971 es ordenado presbítero en Madrid, en la Iglesia de I.C.A.I. de los Padres Jesuitas.En 1978 va a Roma para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana. Durante esta estancia en la Ciudad Eterna, se especializa en Filosofía Contemporánea y realiza varios cursos y seminarios sobre el estudio y pensamiento de Karl MarxEn 1981 asiste en Alemania a unos cursos da Hochschule für Philosophie de Munich. Es Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidade Gregoriana de Roma, con una tesis sobre el Realismo Transcendental, en la que obtiene la cualificación de Summa cum laude.En su diócesis de origen ha desarrollado una intensa labor pastoral e intelectual: coadjutor de la Parroquia de San Juan, Director de la Residencia Universitaria “Burgo de las Naciones”, Formador y Profesor del Seminario Menor y Capellán de de la Residencia Universitaria “Padre Míguez” de las religiosas Calasancias de la Divina Pastora.En el año 1982 es nombrado Profesor del Instituto Teológico Compostelano y director del Centro de Formación Teológica de Seglares de la Archidiócesis. En el año 1992 será Director del Instituto Teológico Compostelano y en 1997, Rector del Seminario Mayor de Santiago de Compostela.En 1999 el Papa Juan Pablo II le nombra Obispo titular de Fuerteventura y Auxiliar de Santiago de Compostela, siendo ordenado el 19 de junio siguiente. Su lema episcopal “Beati Misericordes” (Mt 5,7), recoge una de las Bienaventuranzas, en la cual el Señor invita a sus discípulos a recorrer el camino de la misericordia que tiene su punto de partida en la misericordia de Dios manifestada en su Hijo Jesucristo.En el año 2002 se le designa Obispo de Ourense, diócesis en la que ha permanecido siete años. Pertenece en la Conferencia Episcopal Española a la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe y a la de Migraciones; siendo en esta última el Obispo Promotor del Apostolado del Mar. El 28 de enero del presente año se hizo público su nombramiento como Obispo de Tui-Vigo.En la Santa Iglesia Catedral de Tui, toma posesión el día 24 de abril de 2010; y en el día siguiente realiza la entrada en la Con-Catedral de Vigo.