Manos Unidas en nueva campaña

Mons. Braulio Rodríguez    Desde 1988, en mi primer año como obispo, vengo escribiendo sobre esta ONG católica de voluntarios, que dedica todos sus esfuerzos para motivar a hombres y mujeres de la Iglesia Católica, y a cuantos quieren colaborar, en el desarrollo de los países más desfavorecidos, sobre todo en la lucha contra el hambre en el mundo y sus causas. ¿Quién no conoce la manera sencilla y eficaz de trabajar en cada parroquia de Manos Unidas, siempre con voluntarios, con proyectos concretos que llevan a cabo con las diferentes contrapartes en los lugares de origen? En estos 25 años siempre he exhortado a actuar, colaborar e implicarse en una tarea encomiable y que goza de buena salud, pues es una obra de la Iglesia, radicada en las comunidades parroquiales, en la que mucha gente colabora porque es organización católica fiable. Pero en todos estos años no he pensado sólo en que colaboren todos los demás, quedándome yo en la barrera sin entrar en la lidia de ese toro de la injusticia del hambre en el mundo, el subdesarrollo o la falta de posibilidades en tantos campos para los más pobres: salud, escuela, cooperación al desarrollo. Hay en mí un convencimiento personal de la validez de este trabajo por los más pobres, que habitan fuera de nuestra patria, sin olvidar a tantos que en nuestro entorno lo pasan mal y que son objeto de los cuidados de los católicos en otras organizaciones. Pienso en Cáritas pero también en otras iniciativas públicas o privadas en las que actúan católicos junto a otras personas sensibilizadas con la pobreza y las desigualdades. 

Cuando digo todo esto, no estoy pensando en que yo pueda dedicar más tiempo a insertarme en un grupo de Manos Unidas y dedique un tiempo de mis horas de trabajo o de ocio a las tareas que allí se llevan a cabo. Esto tal vez fuera posible, aunque no en las actuales circunstancias de mi vida y ministerio. Lo cual no significa que sólo me dedique a escribir asépticamente sobre este tema como pueda hacerlo sobre otro. No. Uno siente que es cristiano, discípulo de Cristo, pero además soy miembro de este mundo y vivo en esta sociedad; y no puedo quedarse cruzado de brazos ante lo que nos pasa a los hombres y mujeres. Hay que implicarse de esta o de aquella manera; todo menos encerrarse en sus problemas o mirar el panorama como si no fuera con nosotros. ¿Por qué os digo todo esto, cuando debía hablaros de Manos Unidas y su Campaña o los proyectos que vamos a emprender con los dineros que recaudemos? Sencillamente porque eso lo hacen otras personas de Manos Unidas mejor que yo. Y os digo que, al ir cumpliendo años y, tras algunos ya de considerar tantos males que aquejan a la humanidad, siento en mí una serie de convicciones que, a mi modo de ver, son reseñables y significativas. Una de ellas es que hay que colaborar con lo que está de nuestra mano –y tenemos una mano muy larga, cuando queremos– y dejarse de quejas. Hay muchos que, por afiliación o por gusto o por otras causas, protestan, pero no sé si se quedan sólo en la protesta; no es que yo considere que no sea necesaria la protesta, pero lo decisivo es lo que hay en mí y que yo me mueva y me cueste trabajar por el bien común. 

Otra convicción a la que he llegado es que hay muchísima gente sencilla, con sus debilidades, pero con un corazón sin complicaciones, que siempre actúa con su dinero, con sus sonrisas, con su apoyo, con su trabajo por Manos Unidas y que, al ofrecerse en lo que puede hacerlo, siente que sería bonito que algún día los más pequeños, los más heridos, sean los preferidos. Otra convicción es que, cuando uno se pone en marcha, a su alrededor otros se mueven y arrastra. Las cosas no las hace la masa, las hace la persona humana unida a otros, y a otros, que se van ayudando a sensibilizarse. Jesús no contaba con muchos cuando salió a predicar y anunciar el Reinado de Dios; nunca tuvo alrededor grandes muchedumbres. La Tierra donde nació Jesús era y es pequeña. Pero sí os digo que, junto a Él, nadie se sentía seguro o parado, porque su persona incitaba al bien, con la plena libertad que transmitía. Antes de hablar, Jesucristo era ejemplo, impulso, deseo de llevar a cabo «su bautismo», es decir, lo que tenía dentro de sí, que había recibido del Padre de los cielos. En su interior había y hay amor, deseo de amar, de salir de sí mismo, entusiasmo extender el amor de Dios. Y un conocimiento de la persona, del corazón humano como nadie, y al que llegaba directamente.

Hermanos, en la tarea de Manos Unidas, como en tantos empeños en los que debemos estar comprometidos, no se nos pide perfección, se nos pide amor, reflexión, oración y mirar con los ojos de Cristo a las personas a las que sabemos nos necesitan. Es el corazón lo que hay que cambiar…, aunque también es bueno que nuestro dinero cambie de lugar: de nuestro bolsillo o cuenta corriente a socorrer la necesidad de los que llevan muchos más años que nosotros en crisis. Dios os bendiga.. 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de Españ

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.